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Opinión

  • | 1997/09/15 00:00

    LITERATURA

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La semana pasada el nombre sonoro y remoto de Mapiripán salió publicado en todos los periódicos de Colombia y del mundo. Antes, sólo una vez había merecido los honores de la letra impresa. Figuraba al comienzo de uno de los espléndidos relatos de la violencia colombiana publicados por Alfredo Molano en su libro Los años del tropel: en ese que se abre con una desenfrenada matanza de cerdos salvajes hecha en los años 60 por colonos que están abriendo selva "en el salado de Mapiripán". El propio narrador _no Molano, simple transcriptor de lo que le cuentan, sino uno de esos prodigiosos narradores orales que Molano sabe encontrar cuando se pone a buscarlos_ acaba sintiendo náuseas ante la sangre derramada de tantos jabalíes muertos. Inútilmente muertos: eran muchos más que los que hubieran podido comerse los cazadores en meses. Ahora acaba de pasar en Mapiripán lo mismo, pero con gente en vez de jabalíes. O acaba de pasar al revés: ya no son los colonos los que masacran cerdos salvajes, sino los cerdos salvajes los que masacran colonos. Aunque bueno: también pasaba eso en aquel entonces. Seguimos viviendo años de tropel, y los tropeles de ahora son la continuación, y la herencia, de los de aquellos tiempos. La matanza de gente en el Mapiripán de hoy es la repetición en un espejo de aquella matanza de jabalíes que le contaron a Molano. Norman Mailer tiene una novela titulada Por qué estamos en Vietnam que es también un espejo literario de la política criminal adelantada en el sureste asiático, en los años 60, por los gobiernos de Estados Unidos. La acción de la novela no sucede en Vietnam, sino en Alaska, y en ella, salvo en el título, no hay ninguna referencia a la política. Se trata de una cacería de osos organizada por una partida de amigotes de Nueva York que ojean en avionetas armados de rifles de mira telescópica. Pero entiende Mailer, y con él el lector, que se trataba de lo mismo. Los soldados norteamericanos estaban haciendo la guerra en Vietnam por las mismas razones que llevaban a los cazadores de Mailer a matar osos en Alaska: las ganas de matar, disfrazadas de deporte o disfrazadas de política. Del mismo modo, y así como en Mapiripán y en las selvas del sur de Colombia ya fueron exterminados todos los jabalíes, en las Grandes Praderas de Estados Unidos habían sido un siglo antes exterminados todos los bisontes: muchos más que los que se podían comer los trabajadores que tendían las líneas de los ferrocarriles, para los cuales, en teoría, los cazaba Buffalo Bill, que justamente por cazarlos en exceso iba a llamarse así y a convertirse en un famoso empresario de circo. Y del Vietnam de Norman Mailer y el Salvaje Oeste de Buffalo Bill es posible saltar más atrás, hasta Herman Melville y la obsesión (¿deportiva?, ¿política?, ¿ideológica?, ¿religiosa?) de cazar a Moby Dick, la gran ballena blanca. Y de las historias de Molano se puede uno remontar a La vorágine de José Eustasio Rivera, o mucho más atrás, a los Varones ilustres de Juan de Castellanos. O venir río abajo hasta el presente de los paramilitares salvajes de Mapiripán: es siempre el mismo río.El de la Historia, que ha sido siempre un río de sangre. No sólo la nuestra, local, remota, como es local y remoto lo que sucede en ese antiguo salado de cerdos salvajes llamado Mapiripán. El mismo olor dulzón de la sangre derramada lo podemos rastrear en todas las literaturas de la Historia, desde aquel cuento local de una matanza remota que se llama La Ilíada. La Historia es esa, sin duda. Pero la civilización comienza sólo en el momento en que el olor de la sangre empieza a provocar náuseas. Y eso, en Colombia, sólo le ha sucedido hasta ahora al narrador anónimo transcrito por Alfredo Molano en su libro: literatura.
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