Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2000/02/14 00:00

Y lo llaman ayuda...

El tema de la ayuda militar es aún más grotesco y cargado de oportunismo, hipocresía e imbecilidad que el del balserito cubano

Y lo llaman ayuda...

En el caso del balserito cubano no se sabe cuál de los dos lados es más grotesco: si el lado norteamericano, con el senador Dan Burton citando a un niño de seis años a rendir declaración juramentada ante el Congreso de Estados Unidos, o el lado cubano, con el presidente Fidel Castro anunciando que cuando el niño de seis años vuelva será proclamado héroe socialista. El tema da para una reflexión burlona y amarga sobre la frivolidad, el oportunismo, la hipocresía y la imbecilidad de los políticos. Pobre niño. Eso se llama pedofilia, y se castiga con cárcel tanto en Estados Unidos como en Cuba. Pero se interpone otro tema más grotesco aún, y con mayores dosis de frivolidad, oportunismo, hipocresía e imbecilidad, y por añadidura cargado de amenazas de desastres: el de la ‘ayuda militar’ norteamericana al gobierno de Colombia. Esta vez ya no se trata de un simple rumor, de inmediato negado por las autoridades de los dos países. Sino de un anuncio formal que confirma el rumor tantas veces negado. Lo hizo, “con urgencia”, el presidente Bill Clinton. Y lo celebró, radiante, el presidente Andrés Pastrana: “¡Es una buena nueva! ¡Estoy muy satisfecho! ¡Los colombianos nos debemos sentir muy contentos!”. ¿Para qué esa ‘ayuda’ de casi 1.700 millones de dólares? Dice Clinton que para “preservar la democracia y apoyar los derechos humanos en ese país (Colombia)”. Su zar antidrogas, el general Barry McCaffrey, es más directo: “Para recuperar el sur del país, actualmente bajo control de la guerrilla”. Como la mayor parte del dinero (1.274 millones) viene en forma de armamento para las Fuerzas Militares (aviones, helicópteros, sistemas de ametralladoras), y sólo una pequeña suma (238 millones) se destina a “programas de desarrollo alternativo” o a “política de derechos humanos, fortalecimiento de la justicia y del sistema democrático”, es evidente que Clinton no ha mirado las cifras, y en cambio el general sí. Es una ayuda para la guerra. ¿Para que el gobierno la gane? No, puesto que en ese sentido resulta claramente insuficiente. A precios sin actualizar de la guerra del Vietnam de hace 30 años, cuando cada guerrillero vietcong muerto costaba un millón de dólares, el paquete prometido a Colombia sólo alcanzaría para ‘dar de baja’ a 1.574 guerrilleros. Y, sobre todo, no es para ganar la guerra por la sencilla razón de que ésta no tiene su origen en que falte armamento en Colombia (por el contrario, eso es lo que sobra), sino en que falta todo lo demás: derechos humanos, justicia y sistema democrático. De manera que la ‘ayuda’ norteamericana no es para que se acabe la guerra colombiana, sino sólo para que se agrave. Así ocurrió, en su momento, con la guerra civil de Angola, donde Estados Unidos armó a la Unita de Jonas Savimbi contra las guerrillas marxistas del FNLA. Explicaba el entonces secretario de Estado Henry Kissinger que no lo hacían para que la Unita ganara la guerra, sino sólo para que al FNLA le costara ganarla. El resultado fue doble: la destrucción de Angola, y la eternización del conflicto armado: casi 30 años después de la ingeniosa frase de Kissinger el desventurado país africano sigue en guerra, y se endeuda (con Estados Unidos) para financiarla. Ese es también el futuro de Colombia, como tal vez no le haya dicho al presidente Pastrana la actual secretaria de Estado de Estados Unidos, Madeleine Albright: ese Kissinger con faldas que hace dudar de que tengan buen ojo los que creen que si las mujeres mandaran el mundo viviría en paz. Un futuro de destrucción, de guerra indefinida, y de endeudamiento. (Esto último lo explicó otro secretario de Estado, John Foster Dulles: “Cuando Estados Unidos dona armas, está comprando un cliente”). ¿Y es la visión de ese futuro la que, en opinión de Pastrana, debe hacernos sentir muy contentos a los colombianos? Ya dije que iba a hablar en este artículo del oportunismo y la hipocresía de los políticos, de su frivolidad y de su imbecilidad. Los dos primeros rasgos describen a Clinton, MacCaffrey y Albright. Los otros dos, a nuestro entusiasta presidente

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