Jueves, 23 de febrero de 2017

| 1992/07/06 00:00

Llanto por el Viejo Orden

La política internacional se ha vuelto incomprensible desde que existe el Nuevo Orden Mundial, que es como llama George Bush, hombre chapado a la antigua, a este inmenso desorden.

Llanto por el Viejo Orden

BOSNIA O HERZEGOVINA? NO SE SABE. NO lo sabe nadie. Hay serbios y croatas en la región, y en los últimos tiempos hemos sabido que hay hasta bosnios. Pero herzegovinos no. De modo que tomar partido en el conflicto de Bosnia-Herzegovina resulta dificílisimo. La última vez que alguien lo hizo -en el verano de 1914- el enredo fue tal que hubo que llamarlo Primera Guerra Mundial.
Lo de los inencontrables herzegovinos es apenas un ejemplo entre muchos. Todo el mundo está igual. La política internacional, que era tan clara antes, se ha vuelto incomprensible desde que existe el Nuevo Orden Mundial, que es como llama George Bush, hombre chapado a la antigua, a este inmenso desorden. Nadie entiende lo de Kosovo, ni sabe exactamente en dónde queda ni quién se mata allí; nadie entiende lo de Maastricht, ni siquiera los que lo firmaron, por lo visto sin leerlo; nadie entiende lo de la minoría tamil en Sri Lanka, que es esa isla que antes llevaba el fácil nombre de Ceilán. Estados Unidos intenta tadavía restablecer disciplina dando palos de ciego acá y acullá, pero tiene las cosas tan confusas hasta en su propia casa que cuando se sublevan los pobladores de Los Angeles no saben si lo hicieron porque son negros, o porque son pobres, o porque cobran el seguro de desempleo, que por lo visto es tan dañino para quien lo recibe.
Se dirá que lo de Los Angeles no pertenece al Nuevo Orden Mundial, sino que es cosa local. Es cierto, pero hay está el problema: en el Nuevo Orden Mundial todas las cosas son locales.
Y las cosas locales son de una confusión tremenda, porque en cada sitio obedecen a distintas razones. Antes todo pasaba por una de dos: porque unos eran comunistas o porque otros eran anticomunistas. Y ya podían los implicados locales desgañitarse clamando que no, que ellos no eran anticomunistas sino, digamos, fundamentalistas islámicos: o que no eran comunistas sino irredentistas puertorriqueños, o simplemente pobres: nadie les hacía el menor caso. El mundo estaba límpiamente partido en dos, como una manzana: con esa rotunda simplicidad de las manzanas que tanto impresionaba a Hegel, a Cezanne y a Wiston Churchill. Ya no. Desde que, hace un par de años, la guerrilla independentista Eritrea, que era a la vez comunista y anticomunista, se proclamó "liberal" y tomó el poder en Etiopía, nada ha vuelto a ser lo mismo. (Para empezar, de Etiopía no se ha vuelto a oír hablar. Ni de Eritrea).
Nada es igual. Los trabajadores hacen huelga en Alemania, por ejemplo, como no sucedía desde los tiempos de Rosa Luxemburgo: pero a nadie se le ocurre ya que la hagan porque sean comunistas, como sería lo normal. Y hay un golpe de Estado en el Perú, pero en vez de ser anticomunista, como toda la vida, resulta que es un golpe neoliberal. En cambio, todas las guerrillas que florecen en el mundo son resueltamente anticomunistas, ellas sí, lo cual parece casi inconcebible. Sólo las de Colombia se siguen llamando comunistas, y los anticomunistas locales -que no son de los nuevos, sino de los de siempre- les reprochan su arcaísmo. Y cuando a un militar tan despistado que parece lector de los editoriales de El Tiempo de Bogotá se le ocurre justificar la sangrienta represión en Tailandia con el argumento de que los estudiantes estaban manipulados por "agitadores comunistas", argumento que siempre fue tan respetable, sale un rey feudal a regañarlo y tiene que pedir perdón de rodillas. El pobre general, que se llama Suchinda, todavía no sale de su asombro.
Sólo quedan dos islotes de normalidad en este mundo nuevo e incomprensible. Cuba, donde sigue mandando Fidel Castro, como siempre, y es denunciado por comunista, como siempre, por los espías norteamericanos. Y Haití, cuyos habitantes huyen a nado, como siempre, para no morirse de hambre, y son rechazados a golpes de remo en los nudillos por los guardacostas norteamericanos, como siempre.
Una advertencia final: Teng siao ping (que ahora se llama Deng Xiaoping, pero sigue teniendo mil años) se va a morir: y haber quién entiende entonces lo de la China.

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