27 abril 2013

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Llegué sigilosamente a Casa de Citas

Por León ValenciaVer más artículos de este autor

OPINIÓNNo sé cuál es la maravilla mayor: si tramar a tanto artista para que pase por el bar y entregue su voz y sus letras, o sobrevivir 20 años en un negocio al que asisten bohemios sin dinero.

Llegué sigilosamente a Casa de Citas .

Foto: Guillermo Torres

Me dijeron Carlos y Lina, los dueños de Casa de Citas, que escribiera un recuerdo sobre mis noches en el Café, para la celebración de los 20 años. No fue difícil. No  tuve que escarbar en la memoria. Estaba vivo el momento en que empecé a frecuentar el lugar. Fue a finales de 1992. 
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Había abierto sus puertas en Terraza Pasteur, un sitio tan extraño como su nombre. Un enorme edificio de ladrillo que hacía de centro comercial  y en las noches de los años noventa abrigaba una manga de bohemios y cinéfilos. Ahora el bar funciona en La Candelaria, historia de Bogotá. 

Estaba husmeando otra vez la ciudad. Venía del monte. Había dejado la guerrilla después de varios años de deambular por las montañas. Le tenía miedo a las noches de la ciudad y buscaba sitios donde pudiera ver caras conocidas. Quería encontrar bares frecuentados por viejos amigos para quitarme esa zozobra del hombre que está en trance de dejar la clandestinidad. 

Encontré a Carlos González  y a Juan Manuel Roca y su Casa de Citas. Los conocía de antes, de cuando, a principios de los años ochenta, asistía a las reuniones y eventos de las izquierdas, muchas de las cuales tenían a Roca y sus poemas. Conocía de ojo a buena parte de los clientes del bar. 

Fue un hallazgo salvador. Había pasado media hora de la primera noche cuando sonó algo de Cheo Feliciano y entonces evoqué un bar de Medellín, El Suave, que había frecuentado a finales de los setenta antes de meterme en la aventura armada. Había vuelto a la casa. 

Supe que harían del son, del puro son cubano, una noticia del bar. Supe que habría poesía y licor, mucho licor. Supe que intentarían lecturas de poemas de grandes poetas y que se propondrían llevar músicos bien nombrados.  Supe que se discutiría de arte y de política por igual, en cada rincón y en cada mesa, porque sus inspiradores y dueños se encargarían de que la clientela viniera siempre del mundo loco de las izquierdas y la cultura. Creo que lo han logrado. 

Y ahora no sé cuál es la maravilla mayor: si tramar a tanto artista para que pase por el bar y entregue su voz y sus letras o sobrevivir durante 20 años en un negocio al que asisten rumberos y bohemios sin mucho dinero en sus bolsillos. Allí hemos celebrado victorias que siempre son esquivas y escasas y llorado derrotas que son frecuentes y dolorosas.  Conjuramos las unas y las otras con cantos y abrazos que abundan en este bar-regalo de Carlos y Lina. 

Espantamos el frío de La Candelaria con el furor de la amistad o del amor y con el calor que traen el ron y el whisky de las bodegas centenarias del Caribe o de la lejana Escocia. Es así una noche en Casa de Citas. Ahora, en otra extraña mezcla, se consumen viandas del Perú y los sabores del sur entran a reverso en los sones de los mares del norte.

Tengo una deuda enorme con Casa de Citas. Los libros que he hecho en los últimos años pasan primero por el bar en un rito de iniciación para después ir a lanzamientos oficiales en otros lugares de la ciudad. Allí empezó su camino Con el Pucho de la Vida, una novela que se desenvuelve en El Suave y sus protagonistas son clientes un tris parecidos a los de Casa de Citas. 

En la presentación del libro empezó mi amistad con el Chiqui Tamayo, un cubano nostálgico que interpretaba boleros como si estuviera en un bar de La Habana, como si lo estuviera mirando Rolando La Serie, como si al final de cada canción lo estuviera esperando un ron habanero. Interpretaba Las Cuarenta, un tango que transformaron en bolero los cubanos y empieza con el verso que le dio el título a mi novela. La cantaba quizás mejor que Rolando La Serie, o eso me parecía a mí, que estaba encantado con la amistad del Chiqui y con la emoción de estrenarme como escritor de ficción. 

Termino esta nota y estoy oyendo Las Cuarenta, recordando al Chiqui, acariciando una edición del Pucho de la Vida, brindando por los 20 años de Casa de Citas. 
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