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Opinión

  • | 2003/11/24 00:00

    Lo cínico y lo hipócrita

    Es natural que el impuesto al patrimonio no les guste a los que tienen mucho. Pero que no saquen disculpas ni den rodeos

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Prefiero mil veces a los cínicos que a los hipócritas. Los cínicos, al menos, dicen la verdad. Y aceptan que defienden algo por motivos egoístas, sin fingirse altruistas. En los días del referendo, por ejemplo, le oí decir a un rico cínico algo que me encantó: "Este referendo consiste en que los asalariados paguen el déficit fiscal, y eso es mejor a que lo paguemos los capitalistas". Punto. Está bien, y así se habla. Porque el rico hipócrita lo que dice es que todos debemos poner de nuestra parte, que todos nos tenemos que amarrar el cinturón, que la solución al déficit fiscal nos interesa a todos por igual, bla, bla, bla.

Pues no, lo que se discute en política es qué parte del déficit lo van a pagar los pocos bolsillos de los ricos, y qué porción les corresponderá a los millones de hombros de los pobres. Eso es exactamente lo que se está discutiendo ahora en la reforma tributaria, y ese conflicto de intereses es el que se debe resolver en una democracia. Hay que llegar a acuerdos sin matar a los ricos con actos terroristas ni torturar a los pobres en los calabozos.

Leyendo las distintas propuestas de reforma tributaria, es curioso ver en qué coinciden y en qué difieren el gobierno, la Contraloría, el Partido Liberal, el Partido Conservador y el Polo Democrático. Primero señalo la diferencia más dramática: ni los conservadores, ni el gobierno, ni los liberales (que dizque se han vuelto tan de izquierda), ni la Contraloría mencionan un impuesto a los grandes terratenientes. Los únicos que hablan de impuestos a la tierra son el Polo Democrático y, para ser justos, personas cercanas al gobierno como Hernán Echavarría Olózoga (del sanedrín de Uribe), Rudolf Hommes (consejero presidencial), y Salomón Kalmanovitz (de la Junta del Banco de la República).

Pero es que en este país los mayores terratenientes están, primero, entre los mafiosos (que a veces son también paracos, sobre todo ahora que les conviene para limpiar su nombre en los juzgados). Segundo, entre los guerrilleros narcotraficantes, que también compran tierras así sea con testaferros. Y tercero, entre los senadores y demás políticos, que son los que durante decenios se han opuesto a que el campo y los ganados paguen impuestos justos. Por eso ni los capitalistas sinceros (como Hommes, Echavarría y Kalmanovitz) son escuchados por los políticos en o fuera del gobierno: ahí hay demasiadas personas con haciendas improductivas, interesadas en que Colombia siga siendo un país más feudal que capitalista.

Por qué no harán un referendo con una pregunta muy simple: ¿Aprueba usted que se duplique el impuesto predial a las haciendas de más de 500 hectáreas y que se triplique a las de más de 1.000? Tal vez porque esta pregunta se entiende y superaría el umbral. Además apuesto a que ganaría el sí.

Más diferencias. El gobierno y una parte del Partido Conservador se oponen al impuesto de patrimonio (al menos por debajo de los 1.000 millones). En este caso también hay que reconocer, para ser justos, que es gracias al gobierno Uribe que nos acordamos de que ese impuesto (el de patrimonio) existe en otras latitudes y aquí también se puede cobrar (como se cobraba en Colombia desde la revolución de López Pumarejo hasta la involución del César Gaviria). Es falso, como dicen algunos ricos, que ese es un impuesto regresivo y que en los países desarrollados no se cobra. Pregunten si se cobra o no en las democracias más avanzadas del mundo: Suecia, Holanda, Noruega, Canadá. Claro que se cobra, y muy alto, y no tienen economías en bancarrota ni multitudes en la miseria absoluta. El resto es retórica, no de cínicos, sino de hipócritas: las rentas se pueden esconder, los patrimonios no.

Es natural que el impuesto al patrimonio no les guste a los que tienen mucho patrimonio. Pero que no saquen disculpas ni den rodeos con argumentos económicos traídos de los cabellos, puras piruetas lógicas disfrazadas de altas matemáticas. Un impuesto de patrimonio proporcional y progresivo, que empiece con el 0,2 por ciento en 100 millones y vaya subiendo hasta llegar al 1,5 por ciento después de 5.000 millones, resolvería el problema fiscal. Lo injusto es el IVA, pues pagamos el mismo IVA usted, yo, Ardila Lülle, el barrendero y la empleada del servicio.

El cínico diría: los pobres pagan menos porque compran menos. Esto es en parte cierto. Hay, por ejemplo, un IVA que el barrendero no pagaría nunca: el IVA al whisky, por poner un caso. Pero resulta que los ricos del país tampoco lo pagan, porque se da el curioso caso de que el whisky en Colombia no tiene IVA. Me dirán que paga un impuesto de timbre muy alto, que se cobra según los grados de alcohol. Pues sí, pero con esa triquiñuela pagan el mismo impuesto los 40 grados del whisky Queen Anne, que vale 20.000 pesos, que el Etiqueta Azul, que vale 400.000. Así es muy fácil que cínicos e hipócritas sigan tomando whisky. Lo cual no es un pecado: que se sigan tomando todo el whisky que quieran; pero que al menos lo paguen más carito (y no de contrabando: con IVA).
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