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Opinión

  • | 2012/04/14 00:00

    Lo que hay que decir

    El del intelectual es un oficio necesario. Tanto en el caso de Israel como en el de Irán, también armado con bombas atómicas y cuyos dirigentes, tan locos como los israelíes, anuncian destruir a Israel.

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El título de este artículo es el del poema reciente y ya célebre, aunque bastante malo, de
Günter Grass sobre la amenaza atómica de Israel contra Irán y, más en general, contra la paz mundial, “ya de por sí quebradiza”. Es un poema malo, digo. De ‘poético’ no tiene más que la forma: la presentación tipográfica en renglones arbitrariamente rotos para que tengan aspecto de versos libres. El fondo es periodístico: se trata de un artículo de opinión sobre la actualidad política internacional. Y sin embargo, es esa forma toscamente poética la que le da al fondo del texto un peso que no tendría si Grass lo hubiera publicado como simple columna de prensa. Hubiera sido solo banal. Pero es un poema, o así lo llama su autor; y por serlo dice con más fuerza que cualquier otra forma literaria. Dice, justamente, lo que hay que decir: que el armamento nuclear secreto, aunque de sobra publicitado, de Israel, en manos de los locos que hoy manejan ese país, es un peligro para todo el mundo.

Se le vinieron encima a Günter Grass por escribir semejante obviedad, que probablemente no hubiera rebasado el ámbito de la prensa alemana si no hubiera tenido el autor la ocurrencia de presentarla en verso. Los dirigentes israelíes le echaron en cara su origen y su pasado: alemán, y, en su adolescencia, miembro de las SS hitlerianas. Y, por consiguiente, antisemita. Ya suponía él que lo iban a acusar de serlo, y así lo advierte en su texto, para negarlo. Da igual: aunque Grass fuera antisemita, lo que dice sobre el peligro que representa Israel para Irán y para la paz del mundo sigue siendo cierto. “La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”, afirma Juan de Mairena, heterónimo de Antonio Machado.

(A lo cual, sin embargo, no responden de igual modo Agamenón y el porquero. El primero aprueba, generoso: “Conforme”. El segundo, realista, niega: “No me convence”).
Pero lo que importa no es si el poema es bueno o malo. Lo que importa es que con él, y con su resonancia (debida entre otras cosas a que Grass es Grass, y no un ignoto porquero), el escritor está cumpliendo su tarea de intelectual, como en su tiempo la cumplió el propio Machado. Tarea que consiste, precisamente, en decir lo que hay que decir sobre la realidad circundante. La palabra ‘intelectual’ usada en este sentido data de finales del siglo XIX: de los tiempos del famoso panfleto J’accuse de Émile Zola en denuncia del antisemitismo del ejército francés; pero el oficio viene de muy atrás: tal vez de los profetas de la Biblia, para no salirnos del ámbito semita. Aunque también cabe citar a un antisemita como Francisco de Quevedo:

“No he de callar por más que con el dedo,

ya tocando la boca o ya la frente,

silencio avises o amenaces miedo”.

Es un oficio necesario. Tanto en el caso de Israel a que Grass se refiere, porque está “harto de la hipocresía de Occidente”, como en el de Irán, por supuesto, que también se está armando con bombas atómicas y cuyos dirigentes, tan locos como los israelíes, anuncian que van a destruir a Israel. También a eso se refiere Grass en un par de versos bastante enigmáticos sobre el pueblo iraní

“subyugado y conducido al júbilo organizado
por un fanfarrón”.

Y concluye con una petición de tono más burocrático que poético:

“que los gobiernos de ambos países permitan
el control permanente y sin trabas
por una instancia internacional
del potencial nuclear israelí
y de las instalaciones nucleares iraníes”.

No le harán el menor caso a Günter Grass. Pero está dicho lo que había que decir.

 
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