Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2003/03/24 00:00

Lo que hay detrás

La política norteamericana está resumida en una declaración de Bush: hay que talar los bosques para evitar que los quemen

Lo que hay detrás

Detrás de la retorica de Bush -en la que no cree nadie, ni siquiera el desventurado Tony Blair- lo que hay es un intento de conquista del universo. Se trata de imponer por la fuerza el "Siglo Norteamericano" sobre el cual viene hablando desde hace diez años, desde los tiempos de Bush padre, la extrema derecha norteamericana que hoy tiene las riendas del país: Cheney, Rumsfeld, Ashcroft, Wolfowitz, Perle, Condoleezza. (A Colin Powell lo retirarán pronto, por incapaz).

Detrás del ataque a Irak hay varias guerras más: la de Irán, la de Arabia, la de Libia. Detrás de esas guerras está el petróleo. Cuando tengan en sus manos todas las reservas del Oriente Medio, más las de México que ya controlan en la práctica, más las de Venezuela, para lo cual sólo les falta descogotar al coronel Chávez, los Estados Unidos tendrán suficiente petróleo para ellos mismos y podrán por añadidura vendérselo o negárselo a sus posibles rivales económicos. La Unión Europea, el Japón, la China. Rusia no, pues es exportadora. ¿Pero habrá entonces también una guerra contra Rusia? No: ella sí tiene armas de destrucción masiva.

Pero la guerra de conquista no es sólo por el petróleo. La civilización basada en él no durará sino lo que duren las reservas, que en el mejor de los casos (Alaska, la Antártida) no dan sino para cincuenta años. Después vendrá la guerra por el agua, que también ha empezado ya en Irak: el Eufrates y el Tigris. Más tarde necesitarán el Nilo y el Ganges, el Dnieper y el Don. Ya se ha iniciado la conquista del Amazonas, con el pretexto de combatir la droga (y, de paso, la conquista de la droga: hasta la extrema derecha norteamericana sabe que su país no puede vivir sin droga). Para empezar, sabotearán la Conferencia Mundial del Agua que acaba de abrirse en Kioto, del mismo modo que 'desfirmaron' el Protocolo de Kioto sobre la conservación del medio ambiente. No quieren nada que los ate al ahorro: que ahorren los demás, los vasallos. La política norteamericana está resumida en la declaración de Bush sobre sus propios bosques: hay que entregárselos a las grandes madereras para que los talen, y así impedir que se incendien.

Y después de la guerra del agua? etc.

Pues se trata de imponer el Imperio. No es un mero ejercicio de imperialismo más o menos local, como los que vienen denunciándose desde hace un siglo. Es el Imperio universal. "Global", lo llaman ellos: el control directo de todos los recursos y los pueblos del planeta.

No importa si para eso hay que destruir los principios sobre los cuales se fundaron en 1776 los Estados Unidos: la libertad, la democracia, los derechos de los pueblos. Al contrario, esa destrucción forma parte del proyecto imperial, no sólo en el mundo entero, sino para empezar en el propio territorio de la metrópoli. La declaratoria del estado de excepción permanente, la creación del superministerio patriótico de seguridad interior, la negación de la justicia, la práctica de la tortura con el pretexto de la lucha antiterrorista. Y también, por supuesto, la voladura calculada de las instancias internacionales del derecho, de la Corte de Justicia a la propia ONU. Ese no fue un fracaso diplomático, como cree todavía ingenuamente The New York Times, que lo lamenta. Era un plan deliberado, y exitoso, para acabar con la diplomacia. Por definición, un Imperio universal no necesita diplomacia: está solo.

Pero se equivocan. No lo digo por razones éticas, que no cuentan mucho en política cuando se hace política a esta escala. Sino por razones prácticas. El poderío militar, por descomunal que sea -y el de los Estados Unidos es hoy superior al de todo el resto del mundo-, no basta para cimentar un Imperio universal y mantenerlo en pie. Como dijo Napoleón, que intentó algo parecido en su momento, con las bayonetas se puede hacer de todo, salvo sentarse en ellas. Porque también existen otras fuerzas, que la propia amenaza del Imperio está despertando en todo el mundo. La oposición de muchos gobiernos, de muchas maneras: el de Corea del Norte con sus pequeñas -pero esas sí reales- amenazas atómicas; el de lo que queda de Rusia con las suyas -que no son tan pequeñas-; el de la desdeñosamente llamada "Vieja Europa" representada por Francia y Alemania; el de la inmensa China. La protesta de las religiones establecidas: no sólo los ulemas de El Cairo, tradicionalmente moderados, han llamado a la yihad, la "guerra santa" de los musulmanes, uniéndose así a los radicales ayatolas de Teherán, sino que por su parte el Papa de Roma ha emplazado a Bush y los suyos a "responder ante Dios y ante la Historia". Y la resistencia de los pueblos, expresada de muchas formas: desde las multitudinarias manifestaciones contra la guerra en docenas de ciudades (incluyendo las norteamericanas) hasta el terrorismo suicida, como el que se ve a diario en Palestina contra la ocupación israelí.

Imponer un Imperio universal no es cosa fácil, y sostenerlo es imposible. Pero el intento será espantoso, mientras dura.

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