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Opinión

  • | 2005/03/06 00:00

    Lo que dicen lo que hacen

    ¿Esos muchachos que salen con modelos tan bonitas habrán sido educados en la abstinencia que su padre predica para los jóvenes colombianos?

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Es inútil preguntarle a la gente lo que piensa; tampoco sirve de mucho fijarse en lo que dice; si uno quiere saber en realidad cómo es alguien, hay que observar con cuidado qué hace y cómo vive. Quién no ha conocido personas que dicen amar la lectura, pero que jamás leen ni compran un libro, aunque tengan plata. O personas a quienes les fascina (dicen) la música clá-

sica, pero que sólo tienen CD de salsa -o viceversa-. Es bobada decir mil veces 'te quiero' o 'te amo', pues son los actos queridos y amorosos los que de verdad demostrarán si te quieren o no. Hay odiadores teóricos de la televisión que lo primero que hacen al llegar a la casa es prenderla, y no la apagan hasta que vuelven a salir. Y 'enamorados del teatro' que llevan años sin pisar una sala.

No se puede confiar en quien declara 'soy generoso' o 'soy fiel' o 'me encanta hacer deporte'. Hay que mirar el tamaño de los regalos y de las limosnas, el comportamiento conyugal, la silueta y las horas que dedica cada día al ejercicio. Las palabras se hicieron -entre otras cosas- para mentir con ellas. Mentir, en cambio, con los hechos y de una manera continua y consistente es casi imposible. Si un rico dice 'me gusta ser austero', en vez de oír sus palabras hay que mirar qué carro tiene y dónde vive y qué compra. Puede pasar, sin embargo, que las personas en las que no coincide lo que dicen con lo que hacen no sean deliberadamente mentirosas. El problema en tal caso es más grave: ni siquiera se conocen.

Recordé esta distinción sicológica elemental al oír las recomendaciones del señor Presidente para los jóvenes, en el sentido de que deben abstenerse de tener relaciones sexuales prematrimoniales, o aplazar el "gustico", como él dice, para cuando haya familia. Aunque ya Daniel Samper Pizano analizó agudamente las implicaciones religiosas y políticas de su sermón, yo quisiera señalar al menos una inconsistencia entre sus palabras y los hechos. Por supuesto que muy pocos saben qué hacen en la intimidad los hijos del señor Presidente; además, como son mayores de edad, el papá, por muy presidente que sea, ya no los puede obligar a ser castos. Pero estos muchachos que salen, haciendo muy buen uso de su soltería, con modelos tan bonitas, ¿habrán sido de verdad educados en el tipo de conducta que su padre receta ahora para todos los jóvenes colombianos, es decir, en la abstinencia sexual hasta después del matrimonio? ¿Estaré pecando de muy malpensado si digo que lo dudo?

Algo parecido me pasa con tantos patriotas que resultan últimamente durante este régimen tan enamorados de la guerra. Decía Tolstoi: "¿Consideran ustedes que la guerra es indispensable? Muy bien. El que predica la guerra que vaya a una legión especial de vanguardia, al asalto, al ataque y a la cabeza de todos". ¿Cuántos de estos patricios patriotas que dicen que a la guerrilla se la extermina en seis meses habrán pagado sobornos para que sus hijos no presten servicio militar en el Ejército?

Sería bueno que a cada senador, a cada funcionario de esos que se les llena la boca con la política de guerra y mano dura se le preguntara sobre el reclutamiento de sus hijos varones, por no decir de ellos mismos. Sé que el hijo de Fernando Londoño Hoyos, por lo menos, y eso hay que abonárselo, es oficial de las Fuerzas Armadas. Pero ¿y los hijos de los altos funcionarios del Estado dónde prestaron o prestan su servicio militar?

Nunca estuve muy de acuerdo con que, antes, la Corte Constitucional y, ahora, el Consejo de Estado les otorgaran privilegios y protecciones especiales a los 'soldados bachilleres'. Es común que a los hijos de las familias más pudientes de Colombia, si por casualidad prestan servicio militar, les encomienden los trabajos más cómodos y seguros: cargos de oficinistas, choferes de generales y coroneles, mensajeros internos en los cuarteles. En los países donde la noción de patria no es retórica sino real, las clases altas no le sacan el cuerpo al peligro. El mismo Tolstoi, que era de familia noble, pidió ser enviado a la primera línea del ejército ruso en la guerra de Crimea. Y porque conoció de cerca la guerra podía hablar con fuerza en contra de ella.

Esa especie de esquizofrenia en la que el discurso va por un lado y la actuación por otro concuerda muy bien con la típica hipocresía de la clase dirigente colombiana. Muchos celebran la guerra, y la promueven, y hasta están dispuestos a pagar algo por ella (aunque no mucho), porque ni ellos ni sus hijos la conocen de cerca. "Dulce bellum inexpertis", decía Erasmo: "La guerra es dulce para el que no la ha vivido". En lugar de proteger un poco más a unos jóvenes que a otros, y en vez de permitir que las libretas militares se compren con fraude, deberían adelantarse dos acciones complementarias y opuestas: que quienes quieran la guerra vayan como voluntarios a ella; y que los pacifistas o no violentos puedan acogerse a una ley que aquí no existe y debería existir: la de objeción de conciencia.
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