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Opinión

  • | 1998/11/02 00:00

    LO DICHO

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El periódico El Tiempo, que sólo le dedica epígrafes velados, de cobardía santista, sigue sin publicar la carta de Héctor Osuna, con la que éste quiso replicar la impugnación de su artículo sobre Lucas Caballero. No importa que el mismo artículo hubiese sido pedido a su autor por el propio hijo del director del diario, el de la paz con secuestros de Maguncia, el mismísimo don Pacho Santos. Como el escrito solicitado apareció en 'Lecturas' de El Tiempo, debo suponer que don Pacho le dirige por encima del hombro ese cuadernillo dominical a D'Artagnan. Las alusiones, que a cada paso y con pretensiones ofensivas, le hace D'Artagnan a Osuna no sólo dejan asomar sus iracundias, sino que, como todo lo suyo, son inclusive divertidas. Que si ex jesuita, que si jurista sin título; ya había hablado del "caricaturista metido a politólogo" y otras pequeñeces, nacidas de su mente infantil y dañina. Finalmente le dice, en columna del pasado miércoles 30, que "hace gala de piedad cristiana". Al menos no dijo de Piedad Córdoba. Santos, por su parte, se acalora en su sillón capitoneado (una pierna cruzada y destripada por la otra), aunque por el momento nada hace ni manda hacer, para no crecer al enemigo. Le dedica, sí, sus felices logros en máximas y sentencias célebres, con las que encabeza diariamente la primera página y que son orgullo de su bagaje cultural. Osuna las da por recibidas, pues son al mismo tiempo un mensaje secreto, divertido también, en que se le dice hasta perro. Por ahí comenzaron los enojos gratuitos de Santos, hace algunos años, cuando para referirse al caricaturista, que simplemente había rechazado un premio intervenido por la oligarquía, dijo #de él que tenía "un humor de perros". La política de echar al cesto una carta de rectificación (y en este caso, de apoyo a lo publicado por encargo del mismo diario) exhibe un viejo criterio de dirección editorial, al cual no le tocan un ápice las recientes y vanidosas instancias de defensa de los lectores. El columnista de Torre (el señor Posada) ha abierto fuego, como todos los samperistas, en contra de quienes hicieron imposible la reelección del Elefante, con todos sus privilegios y contratos. En ello va a una con el Fiscal General, de la pura entraña lopista y samperista, el cual por ahora está repitiendo en una cuña noticiosa, que le depara Radionet, que él no es un fiscal de Samper, sino que fue nombrado por la Corte, aunque todos sabemos de la terna que presentó el anterior presidente. El poder, incluido el radial, es para eso.Continúa la peligrosa división del país. No ciertamente por estos mínimos roces, aunque también son indicativos de un sectarismo liberal renaciente e intolerante. La llegada de un gobierno conservador, así esté revestido de Gran Alianza, es asaz peligrosa, por cuanto pone en alerta a la fuerza más sectaria de las dos colectividades nacionales. De los conservadores podrán decirse otras bellezas, pero de los liberales el sectarismo es nota dominante. Sólo ellos y si no, que se acabe el país. Sería bueno investigarlo a fondo, y si la vida da tiempo, llevarlo a libro, pero estoy convencido de que la costumbre de hacer guerrilla la fomentó, si no fue que la creó, el viejo Partido Liberal, para desestabilizar a Ospina, en la década de los 40. Y Ospina era precisamente un buenazo, de conciliación nacional y de paridad milimétrica. Pero era godo. Echarle candela al monte constituyó un pecado gravísimo, que dañó irreparablemente la vida nacional. Cualesquiera fueran las razones que se tuvieran para hacerle oposición a un régimen, cuya grave falta era haber desbancado a los de la hegemonía liberal, que duró 16 años. Hoy no hay que incendiar el Llano, ni las montañas de Colombia. Esa parte ya está hecha. Claro que la guerrilla de hoy es tan antiliberal como anticonservadora. Y persigue y secuestra godos y liberales, como si podara cámbulos y gualandayes.No dudo que las habrá, pero aún escasean las razones que sustenten una oposición, con la garra y la saña, con las que se empeñan en hacerla _artificialmente_ algunas señoras del Senado. Día llegará, pero aún está lejano. Entre tanto, tomemos con calma las explosiones de D'Artagnan, para quien la historia se debe escribir sin mencionar, ni ejercer crítica alguna, a sus protagonistas desaparecidos. Chistoso. Sólo advierto que fue el ex presidente López quien trajo a cuento la memoria de don Roberto García Peña, el abuelo de D'Artagnan. Cuando éste me increpa por no respetar su memoria, toda vez que el aludido no se puede defender, estoy seguro de que no le dirá lo mismo a su amigo, el ex presidente, quien trató a Klim, también fallecido, como un personaje sin importancia. Los importantes son, pues, El Tiempo y su club de amigos, vivos y difuntos. Dales, Señor, el descanso eterno.
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