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Opinión

  • | 2011/02/19 00:00

    Lo de Egipto

    La demostración más elocuente de que todo sigue igual es la satisfacción mostrada por el presidente Barack Obama, de los Estados Unidos

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La televisión del mundo mostró a los manifestantes egipcios en la plaza Tahrir de El Cairo bailando felices porque los militares se habían tomado el poder. Pero no se lo tomaron ahora. Lo tienen -por lo menos- desde cuando el general Naguib dio un golpe militar para derrocar al frívolo rey Faruq en 1952, y a continuación el coronel Nasser derrocó a su vez al general Naguib en 1953. Nasser murió en 1970, y el poder lo heredó su vicepresidente Anuar el Sadat, un general del Ejército. Cuando once años después fue asesinado Sadat, su sucesor fue un general de la Aviación, Hosni Mubarak. Ahora se retira Mubarak, y toma el mando un mariscal, Mohamed Hussein Tantawi, que preside el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (integrado por cinco generales) y a los 75 años de edad lleva veinte siendo ministro de Defensa: es un pilar del régimen. Del régimen militar, que manda en Egipto no desde hace treinta años, como dice la prensa, sino cerca de sesenta. Y ha convertido a Egipto en lo que es hoy: un país miserable, corrupto y oprimido, donde solo prospera la casta militar, alimentada por la corrupción y armada por los gobiernos de los Estados Unidos.
 
¿Y a eso llama la prensa mundial "revolución"? Tal vez lo sea, sí, pero solo en el sentido astronómico estricto: una revolución completa es la que, por ejemplo, cumple la tierra en un año en torno al sol para volver a quedar en donde estaba.
 
Que la prensa y la televisión occidentales muestren su satisfacción con lo ocurrido en Egipto es comprensible. El golpe militar -el autogolpe militar: solo pasa a retiro el general en jefe- garantiza la permanencia de un régimen militar, y laico (si es que un régimen militar es exactamente "laico"), que sirva de barrera contra el islamismo militante de los Hermanos Musulmanes, que a excepción del propio Ejército son la única fuerza política relativamente organizada en el país, pese a estar prohibida. Lo que no es comprensible es que se alegren también los egipcios -los cuales, para empezar, son en su inmensa mayoría musulmanes creyentes y practicantes, incluso dentro de las filas del Ejército: no desconfían del Islam.
 
A pesar de todo, la "revolución" egipcia despierta la inquietud de los gobiernos árabes de toda la región, desde Mauritania hasta Arabia Saudita. Para los gobernantes, los pueblos nunca son de fiar. No porque de verdad teman que vayan dichos pueblos a "tomar en sus propias manos su destino", como cantan las más líricas voces de la prensa de Occidente: eso no ha sucedido sino muy rara vez en la historia. Sino porque temen, en el tumulto, ser sustituidos por otros gobiernos. Después de Túnez, donde empezó todo hace un mes, se agitan Argelia (donde, como en Egipto, manda el Ejército: cuando hubo elecciones libres las ganaron los extremistas islamistas), la Libia del coronel Gadafi, Bahréin, Yemen, Arabia Saudita. Países todos ellos gobernados por ancianos dictadores que llevan décadas en el poder, o, en el caso de las monarquías, varias generaciones.
 
Pero la demostración más elocuente de que nada ha cambiado en Egipto con la muy escareada "revolución de los jóvenes", o "revolución blanca" (y, de paso, se están agotando los colores: se frustró la "revolución verde" de Irán, se marchitó la "revolución naranja" de Ucrania; en cuanto a los calificativos botánicos -la "revolución de los jazmines", la "de los juncos"-, son demasiado cursis para tomarlos en serio), la demostración más elocuente de que todo sigue igual, es la satisfacción manifestada por el presidente Barack Obama de los Estados Unidos. Siguiendo la costumbre inveterada de los gobernantes de su país, abandonó a Mubarak, su fiel aliado de treinta años, en cuanto tuvo problemas: y ni siquiera mencionó su nombre en el discurso con que saludó su caída. Pero en cambio no dudó en dejarse arrastrar por la más inflamada retórica, que es tal vez lo único que le queda de las esperanzas que despertó su propia elección a la presidencia. Y llamó al proceso sucesorio egipcio "un triunfo de la dignidad humana", y la prueba de lo que es capaz de lograr "un pueblo, no por la violencia, sino por la fuerza moral", y saludó el advenimiento de "una verdadera democracia". Y, tras afirmar que lo sucedido en ocho días en la plaza Tahrir (que significa "Liberación", y se refiere al golpe militar de 1952) es comparable con los veinticinco años de la "resistencia pacífica" de Gandhi en la India contra el Imperio británico y a la caída del muro de Berlín que marcó el fin del comunismo en Europa, concluyó diciendo:
 
—Los egipcios han cambiado su país, y al hacerlo han cambiado el mundo.

Si un presidente de los Estados Unidos creyera de veras eso, estaría preocupadísimo. 
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