Lunes, 1 de septiembre de 2014

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| 2013/01/08 00:00

Lo equivocado es compararse

por Ximena Sanz de Santamaria C.*

Las comparaciones no solamente son odiosas: también son injustas.

Pararse frente al mar y observar las olas ir y venir es un placer para muchas personas. No sólo por el sonido del agua, sino también por la forma como las olas llegan y se devuelven fluyendo una detrás de la otra con facilidad. Y lo más fascinante es que sin importar si son más o menos grandes, si llegan con más o menos fuerza, todas tienen algo en común: son agua.

Desafortunadamente, debido a la sociedad tan competitiva en que vivimos, desde muy temprano tanto niñas como niños empiezan a caer en un error al que induce la competencia: compararse con otros. Desde el colegio empiezan las comparaciones por infinidad de cosas: la diferencia en las notas, la cantidad de amigos que tienen unos versus otros, si tienen o no pareja, el desempeño en las actividades académicas y deportivas, entre otras. Y estas comparaciones, en lugar de disminuir, van aumentando a medida que los niños van creciendo. La comparación por el rendimiento académico es constante y se mantiene y promueve en el colegio, la universidad, y después en el área laboral, pues siempre se está atento a identificar quién tiene el mejor empleo, cuál es su salario, qué cargo ocupan los otros, etc. De igual manera empieza la comparación con los amigos frente a si ya tiene o no pareja estable, si ya han tenido relaciones sexuales, y más adelante la comparación empieza en torno al matrimonio. No sólo en cuanto a si ya se han casado o no, ahora es también en torno a la magnitud, el esplendor y las innovaciones en la fiesta del matrimonio: cuántos invitados fueron, cuántas orquestas, cuántos espectáculos, en dónde tuvo lugar, etc. Y así la comparación se va propagando como un virus a todas las dimensiones de la vida de una persona porque siempre estará presente la preocupación sobre quienes puedan haber hecho ‘más’ o ‘mejor’ -que produce insatisfacción- y quienes no han hecho tanto y no tienen tanto –que produce satisfacción-. Independientemente del motivo, lo equivocado es compararse.

Actualmente llegan a consulta cada vez más personas frustradas consigo mismas porque no se sienten a la altura de los demás. Llegan angustiados y muchas veces con rabia –tanto consigo mismos como con otros-, porque no han logrado tanto como otras personas y eso empieza a generar envidia. “Todas mis amigas se están casando y yo ni siquiera tengo novio”, me decía una mujer de 32 años anegada en llanto, angustiada y con rabia de ver que no tenía una pareja. “No quiero sonar envidiosa pero cada vez que me entero de otro matrimonio, ya me da rabia y no quiero ir a ver cómo todos tienen pareja, novios, esposos y yo como siempre, llego sola”.

Al empezar a indagar por la rabia y el dolor que estaba sintiendo, se fue poniendo en evidencia que aunque sí quería tener una pareja y muchas veces le hacía falta, realmente estaba muy contenta y tranquila con su vida. Se sentía a gusto en su trabajo, se había podido independizar económicamente de sus padres, tenía un grupo de amigos del colegio y de la universidad con quienes hacía todo tipo de actividades y pasaba contenta. En resumen, se sentía muy bien consigo misma. El problema empezaba a surgir cuando alguien le preguntaba por qué no tenía una pareja, o cuando ella empezaba a pensar y a compararse con sus amigas: “¿Será que son más bonitas que yo? ¿Será que son más inteligentes? ¿Qué será lo que me falta para que alguien se fije en mí?” Bastaba una de esas preguntas para desatar una cadena infinita de más preguntas que acababan minando su autoestima, haciéndola sentir menos bonita, menos inteligente y menos capaz, hasta llegar a sentir rabia consigo misma, con la vida y con las personas a su alrededor. “A veces siento tanta rabia y tanta ansiedad, que dejo de salir con mis amigos porque me siento insegura, frustrada. Es horrible”.

Las comparaciones no solamente son odiosas: también son injustas. La vida de cada persona es diferente por diversos motivos, como pueden ser las circunstancias, los contextos, las oportunidades, las escogencias, las capacidades y características de cada una, todo lo cual influye sobre la manera cómo cada persona va construyendo su vida. Pero cuando una persona se compara, termina necesariamente dejando de lado e ignorando todos los aspectos de su vida que no sean aquellos en los que se está comparando. Siempre habrá, necesariamente,  personas que hayan tenido más oportunidades, que ganen más dinero en su trabajo, que tengan ‘el trabajo soñado’, que tengan una pareja ‘mejor’, que tenga mejor salud, que sea más delgada, etc. Lo esencial no está en compararse con otras personas: está en el compromiso consigo mismo de hacer siempre los mejores y mayores esfuerzos por hacer las cosas bien y mantenerse a sí misma como el punto de referencia fundamental para evaluar su propia satisfacción.

Si cada persona es su propio “centro de gravedad”, la comparación puede ser útil en la medida que le permita ver qué cosas de sí misma puede trabajar. Pero no en el contexto de una comparación competitiva que genere envidia con quienes lo hacen mejor, sino en el de admirarlos y convertirlos en un estímulo sano y generoso para mejorar lo propio. Eso puede ser un buen propósito para empezar el año. Cuando se empieza una etapa diferente puede ser estimulante y positivo ponerse nuevas metas o propósitos. Dejar de compararse con los demás puede ser una de esas metas para comenzar a darle un sentido a la vida propia con libertad y autonomía.

A medida que las personas crecen van cambiando. Muchas veces dejan de lado cosas importantes como ser amables con otros, ser pacientes, evitar hablar mal de otros, pasar más tiempo con la familia, disfrutar de los pequeños placeres de la vida, evitar estar siempre preocupados por las cosas externas, etc. No se trata de mantenerse siendo ‘el mismo’ –porque como reza el dicho popular “nunca pasa la misma agua bajo el puente”-. Se trata de mantenerse en todo momento atento a mejorar en las falencias y debilidades que todos tenemos, sin olvidar que, como las olas del mar, independientemente del tamaño o de la fuerza con la que llegan a la playa, todas están formadas por lo mismo: agua. En nuestro caso, todos somos seres humanos. Por esto, el marco de referencia principal para auto-evaluarnos debe ser siempre el progreso que nosotros mismos nos exijamos, que nada tiene que ver con lo que son o no son los demás.

*Psicóloga – Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com                                                               

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