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Opinión

  • | 2014/06/18 00:00

    Lo extraordinario depende de la manera como vemos la realidad

    “No hagas que tu felicidad dependa de lo que no depende de ti”, Epicteto.

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Ver la cara de un niño chiquito cuando coge una flor con las manos, cuando se acerca a tocar un perro, cuando ve una fuente de agua, entre otras cosas, es increíble. Y es increíble porque con cosas tan sencillas, tan simples, tan aparentemente banales, el niño sonríe y disfruta sin estar esperando nada más extraordinario. Por el contrario: los niños tienen la capacidad de sorprenderse con todo lo que ven, con lo que tienen en frente, sin estar esperando nada más grande. Por eso, entre otras cosas, sonríen y están alegres a diario: porque lo que hay es más que suficiente. 

A medida que van creciendo, los adultos empiezan a encargarse de quitarles esa capacidad de ser felices y de sorprenderse con las cosas más sencillas. Empiezan a generarles necesidades que no tienen a través de regalos cada vez más grandes, de una enorme cantidad de juguetes y ropa que satisface más los deseos de los padres que de los niños. Los llevan de viaje cuando ellos ni siquiera se pueden dar cuenta de la diferencia entre una ciudad y otra y así, poco a poco, con las mejores intenciones terminan generando los peores resultados (Wilde, O., tomado en Nardone, 2009). 

“Una de las cosas que más me hace sufrir a diario es que siempre que me levanto estoy pensando que ese día me va a pasar algo extraordinario. Y he empezado a darme cuenta que lo extraordinario no depende de lo externo, sino de la manera como yo defino qué es extraordinario. Es ahí donde está mi problema”, me decía una mujer que a sus 50 años se estaba empezando a replantear la manera como había vivido su vida hasta el momento. Decía sentirse deprimida por momentos porque le costaba trabajo levantarse, y muchas veces al acostarse también sentía una tristeza profunda al constatar que, una vez más, no había pasado nada extraordinario en su vida. Todo seguía siendo parte de la misma rutina y eso la hacía sentirse sola y desencantada con el mundo. 

La sociedad de consumo que todos nos hemos encargado de construir se ha estructurado sobre una creencia: la felicidad radica en que a diario nos debe ocurrir algo ‘extraordinario’ que nos produzca una gran satisfacción. Y el significado de lo ‘extraordinario’ generalmente va atado a la acumulación de cosas materiales, de riqueza, de viajes, de hacer algo que se salga de la rutina, estar en planes constantes cada vez más excitantes, etc. Pero si todo lo ‘nuevo’ tiene que ser en grande, y además estar relacionado con algo externo, de naturaleza material, necesariamente se va perdiendo –hasta desaparecer-, la posibilidad de disfrutar y sorprendernos con las cosas sencillas de la vida. Es ahí cuando todo nos empieza a parecer aburrido, obvio, cuando dejamos de ver lo extraordinario que es levantarse todos los días, poder respirar con los propios pulmones, tener salud, ser autosuficientes para comer, para ir al baño, para todo. Todos estos beneficios nos comienzan a parecer ‘lo normal’, y por eso dejamos de dar las gracias porque tenemos un lugar donde dormir, comida en el plato, familia, amigos, y muchísimas otras cosas que son extraordinarias. Pero dejan de serlo a medida que vamos abandonando los lentes con los cuales los niños viven su cotidianidad y vamos adoptando los de los adultos, desde los cuales nada es extraordinario. 

“Es la primera vez en la vida que me doy cuenta que yo soy la que define lo que es extraordinario. Y claro, desde mi visión, nada de la vida diaria es extraordinario. Por eso siempre voy a estar esperando algo más, lo que necesariamente conlleva a sentir siempre un vacío al levantarme y al acostarme”. Aunque el trabajo con ella hasta ahora comienza, este ya es un primer paso, y el primer paso es la mitad del camino (Nardone, 2010). 

Ver la vida diaria como una rutina aburrida, sin sentido, en la que la única manera de gozarla es buscando lo ‘extraordinario’, entendiendo como ‘lo extraordinario’ ganarse la lotería, irse a recorrer el mundo, comprar un carro más grande o más lujoso, montar en globo, acumular riqueza, etc., es una manera de vivirla. Como también es opcional empezar a ver lo extraordinario en la vida diaria, en los detalles más simples y sencillos que, por fortuna, ocurren todos los días. Depende de cada persona empezar a verlos como lo extraordinario. En resumen, como lo dijo el filósofo griego Epicteto, “no hagas que tu felicidad dependa de lo que no depende de ti”. Y hacerlo, ¡puede comenzar ya mismo!

En Twitter: @menasanzdesanta
Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com
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