Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2006/02/12 00:00

Lo de Francia

No hay que confundir las dos cosas. El terrorismo islámico de Madrid o Londres tiene origen político, y la revuelta de París tiene un origen social

Lo de Francia

Durante varios siglos, desde CUANDO pudo hacerse y hubo a dónde hacerlo, Europa fue una tierra de donde emigraba la gente. Por motivos de conquista -los imperios: el español, el inglés, el holandés, el portugués, el francés-, o por razones de huida: de la guerra, o del hambre, o de la persecución religiosa. La gente se iba a América, a Australia -continentes teóricamente 'vacíos'-, o a los continentes sometidos de Asia y África: a las colonias. Esa expansión demográfica e imperial de los países europeos de Occidente, Rusia incluida, es en buena medida la historia universal del último milenio. Pero en el último medio siglo el sentido migratorio se ha invertido. Europa se ha convertido en tierra de destino de inmigrantes para gentes provenientes del mundo entero. Para ser más exactos: de las antiguas colonias. Gente expulsada de allá por el fracaso económico de sus países -la miseria-, y por su fracaso político -la tiranía-. Y atraída a las antiguas metrópolis por el milagro económico de la prosperidad de la posguerra europea y su tranquilidad política, que parecía que fueran a durar para siempre. (Y lo parece todavía: por eso continúa la inmigración, incesante, de todos los continentes, con la excepción de América del Norte y de Australia). Por un tiempo (una generación entera) eso funcionó bien. Los inmigrantes hacían los trabajos más subalternos y duros, los que los nativos europeos no estaban ya dispuestos a hacer; y se acomodaban sin crear demasiados problemas en sus países de adopción: Alemania para los turcos, Gran Bretaña para los indios y los paquistaníes, Francia para los marroquíes y los argelinos, o más recientemente la recién enriquecida España para los suramericanos. El problema empezó a revelarse como tal cuando, una tras otro, los países de Europa descubrieron que no habían podido, o querido, integrar y asimilar a esas ya numerosísimas comunidades extranjeras, o no lo habían querido ellas. Hace unos meses lo descubrieron España y Gran Bretaña con los atentados terroristas de los trenes y el metro. Ahora lo está descubriendo Francia con la revuelta de los muchachos árabes y negros de las grandes ciudades. No hay que confundir las dos cosas. El terrorismo islámico de Madrid o de Londres tiene un origen político (y religioso), y la revuelta juvenil de los suburbios de las ciudades francesas tiene un origen social: la marginación y el desempleo (el índice de desempleo juvenil entre los hijos y nietos de inmigrantes africanos en Francia es el triple del nacional). No hay que confundirlas, digo, pero las dos cosas se suman en la conciencia colectiva, y esa suma es atizada por la prensa popular, y populista. Así empieza el fascismo. La respuesta al fascismo no es fácil, claro está, porque va en contra de la facilidad. La naturaleza, como lo muestra la evolución darwiniana, está a favor del fuerte y contra el débil; y lo propio de la civilización es lo contrario: la defensa del débil contra el abuso del fuerte. En el caso específico de la revuelta juvenil antifrancesa de los hijos o nietos de inmigrantes, ya franceses, la respuesta debería consistir en algo parecido a lo que en los Estados Unidos se ha hecho en los últimos treinta o cuarenta años con respecto a los negros: la 'discriminación positiva', que es la ayuda al débil. Que es el que la necesita. Hace un mes murió Rosa Parks. Una negra de Alabama que hace casi medio siglo provocó una revolución, sin saberlo, porque se sentó en un asiento de bus reservado para los blancos. De ahí vino la semilla de la 'discriminación positiva'. Gracias a la cual otra negra de Alabama, Condoleezza Rice, es hoy secretaria de Estado de los Estados Unidos. ¿Y quién fue su predecesor en ese asombroso cargo? Un negro de Jamaica, Colin Powell. Pues eso. Porque que ellos, a su vez, se hayan vuelto fascistas, es otra historia. Lo que importa es que se les dio por fin la posibilidad y la oportunidad de serlo.

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