Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2009/05/09 00:00

Lo malo no es Uribe

Lo grave no es Uribe, sino el uribismo. Su rimbombante "cuerpo de doctrina", que consiste en pasarle al jefe del Ejecutivo todas las competencias estatales.

Lo malo no es Uribe

El ex magistrado de la Corte Constitucional Jaime Araújo Rentería anda recolectando firmas para lanzar su candidatura a la Presidencia. Ya tiene el tic presidencial de referirse a sí mismo en plural mayestático -"vamos a ser candidatos independientes"-, pero fuera de eso es hombre serio. Lo demostró en la Corte, tanto en sus fallos como en sus salvamentos y aclaraciones de voto. Sería el mejor candidato posible por el Partido Liberal, si aquí esa pobre cosa todavía existiera. La corrompieron, la vendieron, y es una lástima: se perdió una bella palabra. Pero sin entrar en vanas especulaciones, y mientras Araújo recoge firmas, quiero comentar una opinión suya sobre la reelección que es la más esclarecedora que he leído al respecto.

Entrevista El Espectador al ex magistrado, y el periodista le suelta:

— Por lo visto su campaña será de total oposición al Presidente...

Y Araújo responde:

— No, y hay que decirlo claramente: no nos preocupa el presidente Uribe como persona, lo que nos preocupa son las propuestas de su gobierno y su concepción del Estado.

Estoy de acuerdo: por una vez comparto el "nosotros" de majestad. Y no soy el único: lo comparte inclusive el propio presidente Álvaro Uribe. O por lo menos finge compartirlo cuando asegura que no tiene la ambición personal de perpetuarse en el poder, sino la intención de que en él se perpetúen sus principios, sus fines y sus métodos, a través de sus amigos. Que se mantengan su "cohesión social" que divide a los colombianos en buenos y malos, en terroristas y ciudadanos de bien. Su "seguridad democrática" que se traduce en cientos de miles de desplazados y millares de asesinatos de Estado púdicamente llamados "falsos positivos": una seguridad que no tiene nada de democrática, y por lo visto tan poco de seguridad que no protege ni siquiera a los que disponen de helicóptero artillado para ir a la finca, como lo acaba de mostrar el plan de las Farc para matar en Anapoima al Ministro de Defensa y a sus hermanos. Y su "confianza inversionista" basada en la extensión desaforada de la corrupción, en la renegociación de los contratos, en la garantía de subvenciones y de exenciones de impuestos, en la entrega al mejor postor de los recursos naturales de la Nación, desde el agua hasta el petróleo, en la firma de tratados leoninos de "libre" comercio con los Estados Unidos y con la Unión Europea.

El mejor ejemplo de en qué consiste la "confianza inversionista" como la practica el gobierno de Uribe acabamos de verlo con el caso de la mina de oro en tierras de protección ecológica que le dio a la Anglo Gold Ashanti, saltándose la prohibición del Ministerio de Medio Ambiente con la firma de un funcionario subalterno provisionalmente encargado. Cobardemente, tal como hace las cosas este gobierno "frentero": a escondidas, a sus propias espaldas, por la puerta del garaje del sótano.

Tiene razón el ex magistrado Araújo: lo grave de Uribe no es él, sino el uribismo. Su "cuerpo de doctrina", para usar las palabras rimbombantes de uno de sus rimbombantes consejeros. Que consiste en pasarle al poder ejecutivo, y a su jefe, todas las competencias del Estado. Mediante la destrucción de las instituciones -empezando por la reforma de un par de articulitos de la Constitución-, la toma del Congreso y de las Cortes. De la Procuraduría, de la Fiscalía, de la Junta del Banco de la República y de la de la Televisión gracias al soborno y al amedrentamiento, al espionaje, a la falsificación y al abuso de poder.

De acuerdo: nada de eso empezó con Álvaro Uribe. Todo viene de atrás, y ha venido agravándose con el paso de los sucesivos gobiernos y de los sucesivos parlamentos. Lo que Uribe pretende es, habiéndolo llevado a su máxima expresión, dejarlo "atado y bien atado", como decía de su régimen el Caudillo español Francisco Franco al cabo de cuarenta años de dictadura. A Uribe le faltan todavía treinta y tres. Pero somos muchos los ciudadanos (vuelvo a usar el plural) que no queremos esperar tanto.

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