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Opinión

  • | 2017/03/06 15:39

    8 de marzo para reconocer lo invisible

    Al quitar el calificativo que la caracteriza, "trabajadora", la mujer del 8 de marzo se volvió difusa y sobre ella se permite todo tipo de interpretaciones y adaptaciones a lo que la otra mitad de la humanidad, familia y sociedad, quieren ver en ella.

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Para que suene inofensivo y cualquier persona pueda celebrarlo sin sentirse de izquierda, socialista, laboralista o feminista, en algún momento del siglo XX el 8 de marzo perdió su apellido y dejó de llamarse Día de la Mujer Trabajadora. Tal vez con el argumento de que era innecesaria la caracterización y que incluso resultaba excluyente, se le quitó la condición al sujeto; no todas las mujeres son trabajadoras, debió explicar algún genio.

Al quitar el calificativo que la caracteriza, la mujer del 8 de marzo se volvió difusa y sobre ella se permite todo tipo de infortunadas interpretaciones y adaptaciones a lo que la otra mitad de la humanidad, familia y sociedad, quieren ver en ella.

Se olvida el origen de la fecha, la conmemoración por las 130 obreras en huelga que murieron incineradas en el interior de la fábrica de camisas donde trabajaban en jornadas de 10 horas sin descanso por un salario de hambre. Era Nueva York en 1908, las cosas ahora son distintas, dirán. Pero no es así, porque al quitarle el apellido a la fecha, el machismo, que deforma todo lo que toca, convirtió un motivo para la reivindicación de derechos en un revuelto de emocionalidades cargadas de sutiles venenos.

El primero y principal, la equiparación de la mujer a la madre, como si tener o no hijos hiciera más o menos mujer a la mujer, y como si su único aporte real a la sociedad fuera la reproducción de la especie. Ese discurso sensiblero y moralista que sólo reconoce la grandeza de las mujeres por generadoras de vida nos recuerda a las mujeres los sacrificios que hemos hecho por los siglos de los siglos y, de paso, espera que quedemos agradecidísimas por la gentileza de haberlo reconocido.

Mientras se hacen discursos sobre las grandes capacidades y habilidades de las mujeres, se les obliga a asumir responsabilidades más allá de los límites de su salud y su bienestar, como por ejemplo, llevar a término embarazos no deseados. Que se haya despenalizado el aborto en Colombia es para los misóginos una afrenta: según esta gente, la mujer tiene que asumir su responsabilidad porque quién la manda si “abre las piernas”, el aborto es un pecado y la expectativa de lo que aun no existe es más importante que ella y su realización personal. Nada más incoherente que hablar de igualdad el 8 de marzo, mientras se boicotea el acceso a servicios de salud sexual y reproductiva; jamás va a existir igualdad laboral efectiva mientras no se respeten las decisiones de las mujeres sobre su cuerpo y su destino; lo demás son halagos peligrosos, flores y chocolates para que nos sintamos agradecidas de seguir sometidas a la voluntad de otros.

Nada indica que se pueda bajar la guardia en la lucha por los derechos cuando, por ejemplo, un eurodiputado puede decir que las mujeres deben ganar menores salarios porque son débiles, menos inteligentes e inferiores a los hombres. Que esto se pueda decir en voz alta en un discurso político en el recinto de la democracia europea alerta sobre la terca condición discriminadora de la especie. Una vergüenza.

Otro ejemplo. En Colombia, como en el mundo, a los hombres les pagan en promedio 20 % más que a las mujeres por desempeñar idéntica labor. Pero además, las mujeres trabajamos más tiempo durante toda la vida, si se cuenta como trabajo no remunerado las horas destinadas a arreglar la casa, hacer el mercado, preparar las comidas o cuidar a los enfermos. Nos dicen con benevolencia que “está en la naturaleza femenina” ser la cuidadora de la sociedad, y por cuenta de estas supuestas “habilidades naturales” se espera que trabajemos hasta cuando estamos de descanso.

En general, en nuestro entorno occidental y pseudoigualitario se considera políticamente incorrecto hablar de una menor valía de las mujeres, por eso el 8 de marzo se les dan aplausos a ellas que todo lo hacen y todo lo pueden, que “son unas berracas”, que se duplican y triplican como superwomen. Todos quedan divinamente hablando de igualdad laboral, profesional y salarial, mientras mantienen la esencia de una cultura misógina que busca a como dé lugar preservar roles establecidos.

La invitación a todas las mujeres es a tomarnos en serio el 8 de marzo y hacer conciencia de cuánto de nuestros días se invierte en labores no remuneradas que contribuyen a sostener la economía de las familias y, de paso, la de la sociedad. Que sea esta la ocasión para reconocer el valor de lo invisible, de lo que pasa inadvertido, el mayor aporte que hace la mitad de la humanidad para el bienestar de la humanidad entera.

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