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Opinión

  • | 2007/02/03 00:00

    Lo que refrenda el Ministro

    Para las auc, paz es matar a los líderes campesinos; libertad es libertad para apoderarse de los mejores predios; y justicia es ajusticiar a los que se opongan

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Más triste que el llamado 'Acuerdo de Ralito' redactado por los capos paramilitares, y firmado por congresistas, gobernadores, alcaldes, concejales, etc., es que el ministro del Interior, Carlos Holguín, diga que en ese Acuerdo "se relacionan una cantidad de buenos propósitos", y que "no contiene nada impropio y se podría refrendar." Refrendar es firmar. Es decir que la máxima autoridad del gobierno en materia de justicia, estaría dispuesto a firmar también el documento de los paramilitares.

Está bien, uno lee el documento divulgado por Mancuso y aparentemente "no tiene nada impropio", como dice el Ministro. En el documento se cita el preámbulo de la Constitución y uno que otro artículo desperdigado de la misma. Basados en ella, se proponen "la irrenunciable tarea de refundar nuestra Patria" (¿no le parece impropio al Ministro que "refunden" lo que él gobierna?). Los firmantes se obligan también a "trabajar por la Paz" y a "construir una nueva Colombia en un espacio donde 'toda persona tiene derecho a la Propiedad".

Las grandes palabras, Paz, Patria, Justicia, Libertad, Propiedad, etc., no tienen un significado unívoco, sino que cada uno las rellena con lo que más le conviene. Por eso, cuando uno lee palabras así, para entender lo que significan, no oye su dulce sonido, sino quién las dice. Una cosa es "Socialismo" en la boca de Hitler o "Democracia" en los labios de Fidel Castro, o "Libertad" en un documento de Milosevich, y otra cosa son esas mismas palabras en la boca de Gandhi, de Russell o de Lincoln. Cuando alguien oye o lee "trabajamos por la Justicia, la Paz y la Libertad", todo el mundo puede estar de acuerdo con la frase, hasta el momento en que sabemos quién la dijo.

Entonces, para firmar o no el acuerdo de Ralito, el Ministro tendría que saber lo que para las AUC han significado la Paz, la Libertad y la Justicia. Paz, por ejemplo, es matar a los líderes campesinos que reclaman tierra; Libertad es libertad de apoderarse de los mejores predios donde se pueden echar reses o cultivar coca; y Justicia es ajusticiar a los que se opongan a ese proyecto. Es en el emisor del mensaje en lo que uno se tiene que basar para saber si "refrenda" o no un documento, y no en sus palabras vacías. Y además si un documento "no tiene nada impropio" no se entiende por qué haya que encabezarlo con la advertencia de "Confidencial y Secreto". Algo impropio ha de haber en algo tan inocuo si había que mantenerlo oculto.

Hay algunas pistas que el ministro Holguín podría seguir para no mantener tanto entusiasmo por las palabras de Ralito. Tal vez se habrá enterado el ministro de que desde hace años han llegado decenas de miles de desplazados del campo a Montería (por no hablar ahora de Medellín, Cartagena o Bogotá). Esto se ve muy bien desde el aire. Cuando uno vuela en avioneta sobre Córdoba, ve las tierras más feraces del país. De un verde intenso, salpicadas de vacas y de árboles, recorridas por ríos caudalosos. Vacías de humanos, eso sí, y sin un rancho. En cambio se acerca a la ciudad y ve interminables cinturones de miseria. Muchos de los que vivían y trabajaban en esas tierras se han refugiado ahí y sobreviven entre la mugre, las moscas y el pantano. Expulsados de ese paraíso (por la guerrilla, pero también por los paramilitares) que acabamos de ver desde el aire, los campesinos se hacinan en la ciudad de los tugurios.

Una líder de esos campesinos desalojados de sus tierras y expropiados a sangre y fuego de sus parcelas, se llamaba Yolanda Izquierdo. En febrero y marzo del año 2000, hace siete años, fue la representante de 4.000 familias (eso aquí son como 20.000 personas) que habían sido obligadas a vender y abandonar sus tierras de Córdoba y no tenían dónde vivir en Montería. Invadieron predios; fueron reprimidos por la Policía y el Ejército; al fin concertaron y se conformaron las Organizaciones Populares de Vivienda (OPV) para darles siquiera un lote donde levantar un rancho. Se compraron legalmente, con ayuda de la Alcaldía, algunos predios. Les mataron o desaparecieron a varios líderes. Pero quedaba esta, Yolanda Izquierdo, una mujer del campo, capaz de oponer su voz a los capos más tenebrosos del país.

Dicen los congresistas que firmaron el Acuerdo de Ralito que lo hicieron por miedo. Esta mujer, Yolanda Izquierdo, no tuvo miedo. O lo tuvo, seguramente, pero lo dominó. Estuvo en Medellín durante las declaraciones de Mancuso, como una de las víctimas. Reclamando las tierras que les quitaron a ella y a sus representados. La amenazaron. Lo denunció a la prensa y a la Fiscalía. Temía por su vida. Y a las 3:30 de la tarde del 31 de enero la mataron. Dos sicarios; seis tiros; a la salida de su humilde casa en Montería.

Supongo que a Yolanda Izquierdo la mataron por grandes motivos, por hermosas palabras que les llenan la boca a los bandidos: para afianzar la Paz; para asegurar el derecho de Propiedad; para poder refundar libremente la Patria. Eso es lo que han firmado los que firman. Los que firmaron antes; y lo que el Ministro refrenda porque no ve "nada impropio" en el documento "confidencial y secreto" de Ralito.
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