Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1990/12/24 00:00

Lo que se nos viene

Por una serie de extraordinarias coincidencias, Navarro se quedó con toda la oposición.

Lo que se nos viene

El pánico que ha producido en algunos sectores la "disparada" electoral de Navarro Wolf ha sido indudablemente alimentado por el hecho de que la gente no entiende qué lo detonó.
¿Es que acaso Colombia se volvió comunista? ¿O guerrillera? ¿O navarrista? ¿O del M-19? ¿O revolucionaria? ¿O rara?
Respuesta: ninguna de las anteriores. Y para demostrarlo, nada más diciente que la última encuesta del Centro de Consultoría sobre cómo se ubican los colombianos en los diferentes partidos o tendencias políticas.
La semana pasada, el 42.9 por ciento de los colombianos encuestados aceptó pertenecer al partido liberal de siempre. El 24.8 al partido conservador. Y el 14.5 al M-19, cifra ésta que aunque no impresiona mucho a primera vista, es considerada por los encuestadores como la militancia más alta de la historia, registrada por un movimiento de izquierda en el país.
Sin embargo, la intención de voto para la Asamblea Constituyente resulta totalmente contradictoria. El M-19 salta al primer lugar, con el 48 po ciento, y el partido liberal al último con el 14 por ciento. Si Colombia no es navarrista, ¿por qué va a votar por Navarro? Y más extraño aún: si Colombia es liberal, ¿por qué no va a votar por el liberalismo?
Es casi inverosímil lo que está sucediendo. La coyuntura histórica más trascendental del siglo, enfrentada hasta tal punto con la distorsión electoral más dramática del siglo ...Y no es fácil entender por qué.
Por primera vez en muchos años el establecimiento político participará en unas elecciones en las que no tiene nada que ofrecer. Como no se está haciendo campaña para quedarse con el gobierno sino para participar en el cambio constitucional, no existen los incentivos tradicionales de la becas, los puestos, las camisetas y la fritanga. Sus candidatos sólo pueden defenderse con la promesa de "un país mejor", lo que en provincia suena peligrosamente abstracto.
Por tradición, la oposición en Colombia, para comenzar con la época en que López Michelsen se volvió oposicionista con el MRL, ha sido hecha por hombres que en el fondo son de confianza del establecimiento. Han sido candidatos tranquilizantemente "locales" que juegan temporalmente de "visitantes". El opositor por excelencia de la última década, Luis Carlos Galán, jamás detentó el poder dentro del sistema y por el contrario, lo combatió ferozmente, sin que nunca hubiera salido de él. Antes de eso aquel poderoso oposicionista que fue Belisario Betancur había derrotado a Turbay, que encarnaba el establecimiento, para terminar siendo lo mismo como presidente. Hasta Gaviria, el más clásico militante del sistema, jugó de opositor. E inclusive Alvaro Gómez, con éxito indudable, asumió coherentemente en las elecciones pasadas la bandera oposicionista contra el clientelismo, la burocracia y la anarquía.
Pero por una serie de extraordinarias coincidencias, Antonio Navarro Wolf se quedó con la oposición. Con toda la oposición. Este hombre, que ha estado por fuera del sistema, y que la gente continúa identificando por fuera de él aunque haga todos los esfuerzos por demostrar lo contrario, está canalizando el sentimiento de protesta del 50 por ciento de la población que hasta ahora el sistema había logrado hábilmente canalizar hacia alguno de los suyos.
En otras palabras, mientras Navarro Wolf se apoderó de todos los votos "en contra,", que están resultando ser muchos, los votos "a favor" son los únicos que favorecerán a los candidatos del sistema.
La culpa la tiene un accidente histórico que reunió, en el mismo escenario, a un movimiento que hasta hace poco era radical y marginal, con un pueblo cansado de la monotonía política y de la falta de líderes renovadores. Y para completar, se encontraron a la misma hora y en el mismo lugar en el que está a punto de "cometerse" la reforma constitucional más importante del siglo.
El resultado es que el voto popular que escogerá a las 70 personas con pasaporte para revolcar el marco institucional del país, en forma soberana y autónoma, y para diseñar las estructuras del siglo XXI, está a punto de colocarnos una cuota del M-19 que va a acercarse a la mitad de los constituyentes.
Debo confesar que eso no sé qué tan peligroso resulte, si tenemos en cuenta que pueden suceder dos cosas. O la fuerza dominante del M-19 se porta con moderación -como Navarro se esfuerza por parecer- para coquetearle a las posibilidades electorales del 94, o nos remueven hasta los tuétanos porque, como la historia de la humanidad tiende a demostrarlo, toda constituyente libre y abierta adquiere dinámica propia, sin que nadie sepa dónde puede acabar.
Podemos ponernos de acuerdo en que el sistema merecía una paliza. Pero lo que imaginábamos que sería una dura paliza electoral, está al borde de convertirse en la pesadilla de una paliza constitucional.-

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