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Opinión

  • | 2007/03/10 00:00

    Los analistas y el pueblo

    Jorge Iván Cuervo R., dice que parece todo un misterio el hecho de que al pueblo en su gran mayoría le guste la gestión del presidente Uribe, y a los analistas, en general, no.

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El llamado efecto teflón del que goza el Presidente indica que su capital político no se ve menguado ante ninguna circunstancia adversa de su gobierno o de la coalición partidista que lo acompaña. El ciudadano del común ha decidido extenderle un margen de confianza que no conoce techo, y que otorga al poder presidencial un rasgo de infalibilidad y de irresponsabilidad inéditos en nuestra democracia. La mayoría de analistas se quejan de ello, y señalan el riesgo que para la salud de la propia democracia significa este plebiscito permanente por un liderazgo.

Seguramente los analistas se han hecho las preguntas equivocadas y ven la realidad a través de unos modelos teóricos que nada tienen que ver con nuestra historia y, especialmente, con nuestra cotidianidad, con la cual se ha logrado comunicar el presidente Uribe por su estilo austero y frentero, muy propio de la cultura rural antioqueña. Las categorías ideales en las que suelen moverse los analistas dicen muy poco acerca del sentimiento mayoritario que respalda un proyecto político con una puesta en escena sintonizada con la necesidad más primaria y básica de un país como lo es la seguridad, acompañada de una histórica necesidad de liderazgo y de conducción políticas, cualquiera que sea el contenido que las sustente.

¿Cómo entender que las capturas de miembros de la coalición de partidos cercana al gobierno y de altos funcionarios, como el ex director del DAS, por su cercanía con proyectos políticos de naturaleza mafiosa y criminal, no minen la popularidad del Presidente y, por el contrario, la potencien y consoliden? La explicación no es fácil, y en honor a la verdad, los analistas, teniendo como referente a Habermas o Rawls, por decir algo, están en otra dimensión.

Lo primero en lo que hay que detenerse es en quienes son los analistas. La opinión pública en Colombia es bastante diversa y desarticulada. A juzgar por quienes publican en los distintos medios de comunicación –periódicos y revistas– muy pocos son lo que pueden llamarse analistas, es decir, personas con una formación académica sólida cuyos puntos de vista reflejan un marco teórico consistente. La mayoría se trata de opinadores que poco aportan al entendimiento de lo que está pasando, por la forma superficial y emocional con que dan a conocer sus puntos de vista. Los analistas serios, si no se han convertido al uribismo –por comodidad o por convicción– están refugiados en sus cuarteles de invierno –¿hasta 2019?– tratando de entender este modelo de gobernabilidad que ha propuesto Uribe para un país en medio de un conflicto armado donde las opciones de innovación gubernamental son pocas.

Porque esa es la primera clave por entender, que el presidente Uribe sabe que no puede resolver los grandes problemas –ni el de la violencia, ni el de la pobreza, ni el de la competitividad, por sólo nombrar algunos– pero hace como si lo estuviera haciendo, concentrándose en lo micro, en los detalles y desprovisto de cualquier fundamento teórico, a pesar de las cabriolas retóricas de José Obdulio Gaviria por demostrar lo contrario. Es un gobierno para el día a día, con serias dudas sobre la sostenibilidad de sus políticas, de ahí la necesidad de la reelección. Esa precisión en los detalles: las cifras, el nombre de la señora, el abrazo a los niños damnificados en el momento justo, constituye una estrategia de comunicación para amplificar la efectividad del gobierno y contrastarlo con el imaginario predominante en la sociedad colombiana de incapacidad, indolencia y falta de integridad de los gobernantes y de los políticos. Uribe, siendo político ha logrado vender con éxito la idea de no serlo, y eso la mayoría de la gente valora y aprecia.

Un Presidente que está donde debe estar, a toda hora, esa omnipresencia que aseguran los medios de comunicación –los consejos comunales en RCN y Caracol ya son célebres–, esa visibilidad comunicativa, es la clave para entender por qué la mayoría de la gente del común apoya una gestión sustentada en una coyuntura económica favorable que ha permitido que el sector económico acompañe y refuerce ese sentimiento de éxito colectivo, en un país que se siente constantemente derrotado. El de Uribe es un gobierno de opinión que impone la agenda informativa con la complacencia acrítica de los medios embelesados en un estilo de comunicación franco, directo y controversial como el del presidente, que garantiza altos ratings de audiencia.

Analistas que estén tratando de descifrar y desenmascarar esto en los medios de comunicación, hay muy pocos. En El Tiempo no son más de cuatro, en El Espectador no son más de dos, en las revistas esporádicamente aparecen algunos. El programa de opinión Hora 20 de Caracol, que intentó perfilarse como un espacio calificado para la crítica y la defensa sustentadas, se ha transformado en un tinglado previsible entre uribistas y antiuribistas donde predomina más la emoción y la afiliación ideológica que las buenas razones. Las grandes revistas del pensamiento político, nacionales y regionales, aún nos deben una explicación de lo que está pasando.

Los analistas no han entendido que se han dado una serie de circunstancias – cansancio de la guerra y del discurso de las Farc, transformaciones en los imaginarios sociales y en las formas de representación política, declive del poder del Estado como escenario de derechos y garantías e instrumento para procurar equilibrios cooperativos– que explican ese sentimiento de aprobación irrestricta a la gestión del Presidente, que si no fuera por la solidez institucional con que contamos, debería producirnos escalofrío.

Lo cierto es que a partir de etiquetas frágiles en lo conceptual, y con el poco o nulo trabajo de campo de nuestros analistas –¡cuánto hace de falta más sociología para entender el país en toda su diversidad cultural y regional!– no es posible entender el fenómeno de la aceptación de un gobierno con una simbología que parece ir a contracorriente de la Constitución de 1991, pero que para el ciudadano común es la apuesta más importante de seriedad y responsabilidad ética y política en la que se ha embarcado el país, desde hace mucho tiempo. Cuando el debate se dirige a la insustancialidad o a las dudas sobre la integridad democrática de ese proyecto, el presidente cambia las reglas del debate, descalifica al interlocutor e impide la constitución de una masa crítica alrededor.

Es necesario entender que en política importan las representaciones que de la realidad hacen quienes detentan el poder. En ese orden de ideas, Uribe encarna el hombre paisa, trabajador incansable, machista, frentero, pleitero, católico, conservador y pragmático que predomina en el imaginario social colombiano, y sobre quien convergen viejas frustraciones de autoritarismo, acaso por el hecho de no haber tenido una verdadera experiencia de dictadura y de populismo institucionalizado. Su reinado va para largo mientras perduren las circunstancias que lo hicieron posible, y los analistas en su torre de marfil no lo han entendido por andar leyendo más libros que realidades.

jicuervo@cable.net.co

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