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Opinión

  • | 2012/07/10 00:00

    Los animales tienen derechos: ¿cuáles animales?, ¿cuáles derechos?

    Mientras Petro suspendía las corridas de toros, una decisión del Consejo de Estado concedió derechos a todas las especies animales y los equiparó con los discapacitados. ¿Cuáles son las implicaciones de este fallo?

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En vías de extinción

Las corridas de toros parecen inexorablemente condenadas a desaparecer en Colombia:

- En Bogotá fueron proscritas por el alcalde Gustavo Petro, quien suspendió la vigencia del contrato con la Corporación Taurina para el alquiler de la Plaza La Santamaría.

-En Medellín, Aníbal Gaviria ha pedido a los taurinos que consideren la supresión de la muerte del animal, pero no ha prohibido la fiesta brava porque La Macarena no es propiedad exclusiva de la ciudad.

-El senador Camilo Sánchez Ortega anunció un proyecto de ley que prohibiría la entrada de menores de edad a las corridas de toros.

-Pero el puntillazo definitivo podría derivarse de un reciente fallo del Consejo de Estado sobre la muerte de Jesús Antonio Hincapié García, en la corraleja del matadero de Anserma (Caldas) en marzo de 1999. Aunque Hincapié no era matador de traje de luces, sino asistente de los matarifes locales, este fallo podría poner en riesgo a la fiesta brava y abrir una controversia sin precedentes sobre la relación entre los humanos y los otros animales.

Fallo y polémica

AnimaNaturalis ha calificado la decisión como un hito histórico de la causa animalista. En efecto, la ponencia del magistrado Enrique Gil Botero consigna que “es pertinente reconocer valor propio en los animales y otros seres vivos, y si bien resulta válido que el hombre en ocasiones emplee aquéllos para garantizar o mejorar su bienestar, o realizar actividades laborales o de recreación, lo cierto es que esta circunstancia no impide ni supone la negación de (…) reconocimiento de que son seres vivos dotados de valor propio y, por lo tanto, titulares de algunos derechos” como “ el derecho a no ser maltratado (…) a una muerte digna sin sufrimiento, entre otros” (énfasis añadidos).

El magistrado Gil va más allá y anota que “el principio de dignidad implícito en estos seres vivos haría que toda institución jurídica (…) tuviera en cuenta esta condición”. Es la concreción jurídica del ‘giro ecológico’ del que habló el filósofo Leonardo González  en Razón Pública hace un par de semanas. Si las corridas de toros son el símbolo del maltrato animal, ese símbolo está herido de muerte.

César Rincón, el matador colombiano que hace 15 años recibía tratamiento de héroe cuando salía en hombros de la plaza Las Ventas, en Madrid, aceptó resignado: “si no existen otros mecanismos para que nuestra fiesta continúe, nos tendríamos que amoldar a las circunstancias que vengan”.

Son cada vez menos numerosos – y menos jóvenes – quienes defienden esta práctica que unos llaman arte y otros tachan de barbarie. Los argumentos de sus defensores, desdeñados olímpicamente por González, van desde lo estético (Antonio Caballero dice que el toreo cultiva el “arte de la crianza, el arte del combate y el arte del juego con la muerte”), el placer hedonista (“una actividad del espíritu” la definió Belmonte) y lo ético (no hay muerte más digna para el animal que la lucha: “¿A cuántos animales se les da la oportunidad de que hagan el ejercicio propio de lo que son, animales?”, intenta razonar Rincón).

Desde otro ángulo — la supervivencia de un vestigio cultural ancestral — Álvaro Botero construye una argumentación alternativa en torno a la libertad de culto en su análisis de la semana pasada para Razón Pública.

No seré quien defienda esta práctica, pero la verdad monda y lironda es que la prohibición de las corridas de toros en Bogotá y el fallo del Consejo de Estado no tienen el menor efecto práctico sobre la realidad del maltrato a los animales: más bien son triunfos simbólicos de una corriente ideológica radical, una interpretación fundamentalista de la conciencia ecológica. Quienes promueven esta ideología llegaron por fin al poder y los efectos de sus decisiones están por verse.

Populismo en vez de toros

Es pertinente abrir un debate serio sobre si los animales tienen o no derechos y cuáles son las implicaciones políticas y económicas de esa decisión. Pero esa discusión no se puede centrar exclusivamente en los toros de lidia y el espectáculo taurino, porque se tiende a caer en el populismo y en la demagogia.

Ya sucede. Basta con leer la propaganda de la Alcaldía sobre las actividades artísticas que se realizan en La Santamaría para “resignificar este escenario como un espacio de vida”. He aquí el menú de la primera semana:

* Álbum, “historia de una familia a partir de fotos vivas”;
* La Gata Cirko, “un homenaje a la vida”;
* Huellas y África, un “montaje por la vida”;
* El árbol de las palabras, un espacio para “escribir breves mensajes alrededor de las víctimas y la violencia contra la mujer”, pero que solo recibirá a aquéllos que “celebran la vida” y así…

El exceso retórico con la palabra “vida” en estos pronunciamientos públicos devela la idea bienpensante de que la muerte no es parte de la vida y un sesgo ideológico “pro vida”, similar al del Procurador Ordóñez.

Ojalá que el criterio del alcalde —en el sentido de que no es “conveniente que en la ciudad se desarrollen espectáculos alrededor de la muerte”— no se traduzca en limitaciones al uso de la Plaza para exponer la obra de Goya, la poesía trágica griega, el teatro de Lorca o la película basada en Crónica de una muerte anunciada.

Alimentación y derechos de los animales

Esta neblina obscurece una discusión en realidad compleja: ¿Tienen derechos los animales? Para quienes estamos familiarizados con ellos, no hay duda de que se trata de seres sensibles, que sienten dolor, hambre, alegría, angustia y que expresan cariño, pueden seguir instrucciones y hasta realizar actos heroicos.

Cadenas de televisión como Animal Planet y Discovery Channel proveen pruebas contundentes del carácter singular de muchos animales y de su capacidad de producir gestos que sorprenden hasta al más antiecológico de los seres humanos.

Maltratar a un animal, sin ningún propósito distinto del disfrute estético, puede resultar repugnante para muchas personas. Los taurinos reivindican su práctica como una lucha y la explican a partir de la naturaleza territorial del animal que suponen disfruta del combate.

Realmente casi todos los animales ejercen un control territorial instintivo y luchan por él contra sus pares y contra otras especies. El combate entre toro y torero no me parece simétrico, como tampoco lo es el del rey de España armado de un rifle contra un elefante africano. Pero tampoco el del león contra la gacela. Aceptémoslo: la lidia, el combate, la caza y la pesca son parte de la selección natural y en algunos casos, son fuente legítima de alimento y abrigo.

¿Podemos renunciar a nuestro lugar privilegiado en la cadena alimentaria en aras de los derechos de los animales? Algunos vegetarianos totales y el veganismo plantean ese dilema y aducen la extrema crueldad de la industria alimenticia como argumento para renunciar a comer a expensas de un ser ‘sintiente’.

Para disfrutar de un delicioso caldo de costilla es preciso que muera una res. Unas jugosas costillitas de cerdo en su mesa implican la ejecución brutal de un animal, que comparte con la especie humana el 98 por ciento de lainformación genética. Los huevos revueltos de esta mañana, si hubieran estado fecundados y de no ser por usted, podrían haber empollado un gallo. Muchos otros peces murieron para producir su sánduche de atún. Quienquiera que consuma carne es cómplice de una ejecución, a veces en condiciones que distan mucho de la dignidad que exige el magistrado Gil. Para darse una idea más completa recomiendo la película Fast Food Nation (2006) dirigida por Richard Linklater o el libro “Eating Animals” de Jonathan Safran Foer.


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La gran diferencia entre el toreo y estas faenas de sacrificio utilitario que nos garantizan la carne nuestra de todos los días radica en que éstas no suceden en el marco de una fiesta ritual cargada de tradiciones que perdieron su significado, como en La Santamaría.

El rechazo al uso de los animales para nuestra alimentación es la última frontera de la crítica al antropocentrismo. Los animales ya casi no se usan en las guerras, está muy mal visto vestirse con sus pieles, a los circos les prohíben exponer animales, los zoológicos se reinventan como refugios para especies amenazadas y Medellín fue la primera ciudad del país en erradicar los vehículos de tracción animal de sus calles.

¿Deberíamos dejar de comer carne también? El impacto ecológico de la ganadería es casi tan alto como el de los automóviles con motor a gasolina. Muchas especies como los tiburones blancos están amenazadas por su demanda para fines alimenticios. A ciencia cierta, los que menos sufren son los toros de lidia, sometidos a tortura durante los últimos 40 minutos de sus largos y placenteros cuatro años de vida.

Las prácticas de reproducción, sostenimiento, sacrificio y procesamiento de los animales que llegan a nuestra mesa requieren mayor atención: ¿Cuánto vale una libra de carne de res? ¿Están incorporados en su precio todos los pasivos ambientales? Los consumidores que se preguntan cómo y de dónde llegan los alimentos a su mesa, son quienes se llaman a sí mismos prosumidores. Y su número es creciente.

Dónde trazar los límites

Resulta fácil presumir de ambientalista y de defensor de los animales protestando contra una minoría que asiste a la fiesta brava o despojar de su entretenimiento a una generación declinante, para la cual esos ritos son importantes. Y de pasó creer que se salva el mundo.

En realidad muy pocos antitaurinos tienen un compromiso ambiental serio. Muchos se subieron a ese bus de la victoria, como Petro, quien en su Plan de Gobierno no dedicó una palabra a los animales en general ni a los toros, en particular. Otros simplemente disfrutan matoneando a una minoría y exponiéndola al escarnio público. ¿Cuántos de estos preocupados antitaurinos comen hamburguesas doble carne en un restaurante a donde llegan conduciendo solos una camioneta cuatro por cuatro?

Por eso puede resultar irresponsable o impracticable consignar en un fallo de una alta corte que los animales tienen derechos. ¿Cuáles animales? ¿Los salvajes, los domésticos? ¿Los que tienen un complejo sistema nervioso o aquellos que son esenciales para el sostenimiento de un ecosistema? ¿Los símbolos nacionales, como el cóndor ya casi extinto de los Andes?

Obviamente en el ambicioso fallo del Consejo de Estado no se ahonda en ello. Simplemente se equipara a los animales con los “discapacitados” (ver página 32). Y entonces vienen las preguntas capciosas, que espero no ofendan: ¿Tiene los mismos derechos un adulto con síndrome de Down que un mosquito anopheles? ¿Se puede equiparar en términos de derechos a un menor con parálisis cerebral con un ratón?

Cuándo el magistrado Gil defiende el derecho a morir dignamente de los animales, ¿se está refiriendo también a las pulgas, a los ratones y a los zancudos? ¿Será en adelante crimen de lesa animalidad usar trampas para ratones o ‘voliar’ bayetilla en Melgar para quitarse a los mosquitos de encima?

¿Es digno con los animales mantenerlos, por ejemplo, encerrados 30 años como a los chimpancés de este vídeo, sometidos a infecciones y tratamientos inciertos para producir un medicamento que podría curar el VIH, padecido hoy por 33 millones de personas en el mundo?

Con la palabra dignidad también se hace mucha politiquería, como explica en este magnífico ensayo, Steven Pinker, profesor de Psicología en Harvard.

Muchas de las personas que profesan su amor por los animales y se unen de buena fe a la causa animalista, paradójicamente ignoran que su comportamiento como consumidores tiene un efecto más grave sobre las casi 8,7 millones de especies con las que compartimos el planeta y cómo sus hábitos más arraigados – conducir auto particular, comer comidas rápidas, usar plástico – contribuyen más a la desaparición de las especies, que la anacrónica fiesta brava que critican con tanto ahínco.

En un debate tan complejo es fácil caer en el maniqueísmo, la doble moral, la hipocresía y los prejuicios irracionales. La discusión cubre temas tan variados como la economía campesina, la industria de alimentos, la construcción de infraestructura, la seguridad alimentaria, la tenencia de mascotas, la gastronomía, la cultura, los recursos para la conservación…

Ojalá la muerte del matarife Hincapié de Anserma, Caldas sirva para abrir la discusión, pero a un nivel más alto que una sentencia por responsabilidad civil o la caprichosa decisión de un caudillo local.

En Barcelona, tuvieron la delicadeza de convocar al pueblo a las urnas para decidir sobre la prohibición de las corridas. Cualquier decisión sobre los derechos de los animales debe conllevar una profunda reflexión sobre lo que somos y nuestras prioridades como especie. Ninguna otra respuesta es tan acuciante, mientas cada día desaparecen del mundo 150 especies animales, casi todas por culpa nuestra.

Por Rodrigo Hurtado, periodista y profesor universitario (Columna publicada en www.razonpublica.com)

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