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Opinión

  • | 2008/02/23 00:00

    Los árbitros

    Es inadmisible que el entorno del fútbol se ensañe con los árbitros para responsabilizarlos de sus derrotas.

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En este país sin ley el más fuerte impone sus condiciones. Aquel que intimida o golpea se gana el respeto y la veneración. Si un bárbaro grita en una estación de TransMilenio a un policía bachiller los demás pasajeros callan. Violar las normas es lo cotidiano, ofender a quienes las deben aplicar es lo usual. Por eso, en esta sociedad las personas que ejercen estas profesiones son los más humillados: además de los policías, están los agentes de tránsito, los celadores de los edificios, las recepcionistas de las oficinas, los soldados y, claro, los árbitros. Basta estar en cualquier estadio en el instante previo a un partido para ahogarse con el coro de insultos que se alterna contra los agentes y los jueces.

Estos siempre son los culpables de los resultados. “Los árbitros de ahora son un desastre”. “El árbitro le metió la mano al partido”. “Es un ladrón”. Y de este círculo no salimos. En el imaginario colectivo, al Nacional del año pasado se le adjudicaron sus triunfos más por las decisiones de los jueces que por la virtud de los jugadores y las capacidades de su técnico. Y en este torneo que recién arranca ya hay más árbitros que familiares de Piedad Córdoba amenazados.

Paradójicamente, el entorno de los expertos, quienes deberían ser los más prudentes, suele exacerbar ese acoso a los árbitros. Los periodistas -especialmente los de radio- se dan gusto descalificando al juez por el error en una jugada armados del poderoso argumento del video. “Aquí estoy viendo en cámara lenta la jugada y se nota con claridad el monumental fallo”. Pues por supuesto. Lo está detallando en cámara lenta. Así ¿qué árbitro falla?. Nadie recuerda la calidad de los jueces de los tiempos en que no había televisión porque en ese entonces no existía ese poderoso instrumento de escrutinio. Ahora un estadio moderno puede tener en promedio 12 cámaras que no dejan nada al azar. El poder del fútbol es tal que ya hay canales que ofrecen seguimiento en directo a un jugador determinado durante todo el encuentro. La tecnología puso en evidencia lo que el ojo no alcanza a ver en una jugada de vértigo.

Pero, lo más grave es que además de los críticos profesionales están los protagonistas de los encuentros. En Colombia ha hecho carrera que se confunda la pasión de un directivo o un técnico o un jugador con el insulto al árbitro. Jorge Luis Pinto, el técnico de la Selección Colombia, era un experto en fajarse a luchas verbales con los jueces cuando dirigía clubes como el Cúcuta. Carlos Valderrama, probablemente el mejor jugador de la historia del país, sacó un billete como lo había hecho en su tiempo el extraditado Hernán Botero Moreno, para ofender al juez.
 
En este caso Óscar Julián Ruiz, el más emblemático juez colombiano. Como cualquier jefe paramilitar, el presidente del Pasto, Óscar Casabón, entró hace unos días a la cancha a amenazar al árbitro valluno Luis Sánchez: “No volverá a pitar más”, sentenció; y Eduardo Pimentel – el otrora glorioso gladiador de Millonarios — se destaca ahora por lanzar su artillería cotidiana a través de los micrófonos contra el juez de turno que pite en partidos donde participe el Chicó Fútbol Club.

En ese entorno, la ira se multiplica. El jugador que discute todo, que manotea, es aplaudido como héroe. No importa que no cumpla con su oficio que es el de jugar bien. En las tribunas es natural que le griten al juez de línea “sapo, sapo”, como si cumplir con la tarea que le encomienda el reglamento mereciera insultos.

Es muy difícil que el fútbol colombiano evolucione en este clima. Es urgente que el entorno del balompié recurra a la autocrítica para averiguar dónde están las falencias y mejorar el rendimiento deportivo. No es fácil porque en este país de señalamientos es más fácil buscar la paja en el ojo ajeno. En especial si son los vulnerables árbitros. Por el sólo hecho de salir a la cancha ya tienen un coro asegurado recordándole a su madre.



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