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Opinión

  • | 2012/05/19 00:00

    Los atentados y la ilusión de la paz

    Las crisis en las negociaciones entre las guerrillas y el Estado siempre han estado asociadas a golpes dolorosos contra dirigentes de uno y otro lado del conflicto.

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Mientras se aclara -si es que algún día se aclara- quiénes atentaron contra la vida de Fernando Londoño Hoyos y dejaron en su escabrosa acción un tendal de muertos y de heridos, es necesario volver sobre nuestra historia reciente para ver los efectos que tienen hechos similares sobre el rumbo de la seguridad y la paz del país.

Las crisis en las negociaciones entre las guerrillas y el Estado siempre han estado asociadas a golpes dolorosos contra dirigentes de uno y otro lado del conflicto. Ejemplos al canto. El asesinato de Carlos Pizarro Leóngomez; la muerte en cautiverio de Argelino Durán Quintero; la muerte sin fórmula de juicio de Enrique Buendía y Ricardo González, negociadores de la Corriente de Renovación Socialista; el secuestro de Eduardo Géchem Turbay.

El 26 de abril de 1990, día en que en pleno vuelo de un avión comercial acribillaron a Carlos Pizarro, estaba en su apogeo el proceso de paz con el M-19. Mes y medio antes, Pizarro había estampado la firma en un acuerdo para la desmovilización y el desarme de esta guerrilla y se había venido a encabezar una incierta y apasionante campaña política. Los autores querían hacer retroceder el M-19 a la guerra. No lo lograron por la serenidad y la valentía de Antonio Navarro Wolff quien, en una intrépida fuga hacia adelante, se encargó de mantener en firme el ingreso a la vida civil de una de las guerrillas más emblemáticas del final del siglo XX.

Corría marzo de 1992 y Argelino Durán Quintero, un dirigente político de Norte de Santander, moría en manos del Ejército Popular de Liberación. Su salud era precaria y un agobiante y doloroso secuestro aceleró su muerte. Las negociaciones de paz que intentaban las guerrillas de las Farc, el ELN y el EPL en Tlaxcala, México, no resistieron el hecho. El gobierno dio por terminadas las conversaciones.

Enrique Buendía y Ricardo González, en cumplimiento de un acuerdo con el gobierno nacional, habían salido del campamento de Flor del Monte en el departamento de Sucre, donde se adelantaban las negociaciones de paz de la Corriente, para ir hasta Urabá a recoger a los integrantes de un frente guerrillero y llevarlos al sitio de las conversaciones.

No pudieron cumplir la tarea. Cuando ya habían reunido el grupo fueron atacados por una patrulla del Ejército. Los guerrilleros rasos se dispersaron y empezaron a defenderse. Buendía y González, confiados en los compromisos del gobierno, levantaron pañuelos blancos y se entregaron a los soldados. Murieron de rodillas atravesados por las balas oficiales. Querían truncar el proceso. Pero los dirigentes de la fracción del ELN que habían decidido terminar la confrontación armada enterraron a los muertos, se limpiaron las lágrimas y se aprestaron a firmar la paz.

No ocurrió así con el secuestro de Géchem Turbay. La temeraria acción de las Farc fue la gota que rebosó la taza donde anidaban las mil irregularidades de las negociaciones del Caguán. El presidente Pastrana no pudo conjurar las presiones de líderes políticos y formadores de opinión y en una dramática alocución rompió las conversaciones que por más de dos años había sostenido con la guerrilla más vieja del país.

Ahora nada ha empezado de verdad. Solo la decisión de entregar los secuestrados y abolir el secuestro por parte de las Farc. Solo la determinación del gobierno de Santos de discutir y aprobar un nuevo marco jurídico para la paz. Dos actos apenas, dos símbolos apenas; y ya se produjo un atentado de un enorme impacto y empezó la cascada de declaraciones de los de siempre, de los que se apoyan en los actos de barbarie para continuar en la barbarie.

Saben muy bien que la guerrilla, cuando está decidida a ir a la paz, puede aguantar la muerte de un negociador o un dirigente propio y continuar en la tarea de buscar la vida civil. Saben de sobra que, en cambio, el Estado no puede soportar el secuestro o el asesinato de un dirigente de la derecha. Saben a dónde apuntar para acabar con cualquier ilusión de paz.
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