Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/04/28 00:00

Los camaleones

Hay políticos que se camuflaron con el color del poder para o guerrillero de turno para sobrevivir. Pero hay los que además sacaron tajada. Son éstos los que deben ser castigados por la justicia.

Los camaleones

No se sabe muy bien cuándo fue que el Estado comenzó a desaparecer en regiones donde siempre había sido palpable, o por qué nunca llegó a otras. Quizá cuando se acumuló la desidia de los gobernantes nacionales. O tal vez fue por la ingratitud de los líderes locales que abandonaron las regiones donde se hicieron ricos y no les devolvieron nada a cambio. En todo caso, el vacío de poder lo llenaron los grupos armados ilegales.

En el sur de Colombia, en Caquetá y Putumayo, la guerrilla se erigió como un ‘estado’ en formación que impartía justicia (injusticia, se debería decir). Además controlaban el único negocio verdaderamente próspero de la región: el narcotráfico.

Muchos políticos locales, concejales, miembros de juntas de acción comunal, no tuvieron otra que subordinarse a ese poder y sobrevivir. Seguramente también fue lo que tuvieron que hacer bodegueros, transportistas, lancheros, pequeños empresarios: pagar boleteo, hacer favores, lidiar con el poder reinante, para seguir adelante. Digamos que esos fueron camaleones obligados.

Pero hubo otros camaleones utilitarios, cuyos emporios políticos prosperaron a la sombra de las Farc. Habría que hacer el debate público de quiénes cosecharon triunfos electorales para el Congreso y consiguieron las mejores tajadas clientelistas en los años del imperio guerrillero en esas tierras, porque, por más que hoy estén camuflados del color del uribismo, tendrían mucho qué explicar.

En el Caribe colombiano, Norte de Santander y Antioquia, en reacción al acoso y el saqueo guerrillero, pero también con el interés de quedarse con el negocio del narcotráfico y de adueñarse de hermosas fincas, los paramilitares se convirtieron en los dueños y señores. Impusieron un ‘orden’ sepulcral de silencio y miedo. Mercados, sanandresitos, comercios, barrios, buses. Todos pagaban, y el que no, se moría. Juzgaban y condenaban a quienes les parecía, sin fórmula de juicio.

No era fácil para políticos, hacendados y empresarios de estas regiones sobrevivir sin jugar el juego de las AUC. Como en los territorios de la guerrilla, hubo miles de personas que no tuvieron alternativa más que obedecer al poder ilegal de turno. Muchos políticos locales tuvieron que camuflarse de paramilitares a la fuerza, si no, no habrían contado el cuento. Quizás incluso tuvieron que firmar proclamas, asistir a reuniones y participar de encuentros con las AUC.
Pero hubo otros que fueron mucho más allá. Fueron los camaleones oportunistas. Los que vieron río revuelto e hicieron ganancia de pescadores. Entre ellos están los que financiaron y auparon a los paras para que le cuidaran sus negocios y sus intereses; o los que ampliaron sus territorios valiéndose del desplazamiento forzado; o los que aceptaron pactos de sangre, según los cuales, los paramilitares amedrentaban o asesinaban electores y opositores, y ellos se aseguraban sus curules en el Congreso. Luego, por supuesto, votaron a favor de los intereses de las AUC en el Parlamento. Si las acusaciones que hoy tienen en su contra resultan comprobadas por la Corte y la Fiscalía, eso fue lo que hicieron Álvaro García, Muriel Benito, Mauricio Pimiento, entre otros: acordaron que otros se ensuciaran las manos para que ellos salieran triunfantes.
Por eso es crucial que la justicia haga la diferencia entre camaleones. Los dirigentes políticos, como los empresarios o finqueros, tienen derecho a ser cobardes en tiempos del horror. Más cuando no había Estado a quién recurrir. Ellos no pueden terminar tras las rejas.

Pero lo otros, los que se lucraron políticamente con ese horror, sí. Los congresistas, que deben saber más sobre el Estado de derecho que cualquiera, que representan al pueblo, que custodian su confianza, deben ser castigados ejemplarmente cuando traicionan a los ciudadanos y socavan la democracia que dicen representar.

¿Por qué un castigo ejemplar? Porque la sociedad necesita que quede claro a las futuras generaciones de políticos que eso no es permitido. Que no se valen los atajos, como diría el ex alcalde bogotano Mockus. O que el fin no justifica los medios, como no se cansa de decir el alcalde de Medellín, Sergio Fajardo. No se pueden construir democracias con representantes políticos que a la luz pública fungen de demócratas y en la oscuridad hacen pactos con el diablo de turno para eliminar a competidores y ganar elecciones. Por eso es de interés de todos nosotros que la Corte le deje al país bien clara esa lección.

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