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Opinión

  • | 2011/05/10 00:00

    Los clientes de la educación

    Los estudiantes no pueden ser clientes de las universidades ni de los colegios; la educación no puede ser un negocio más que le hace juego a las reglas de oferta y demanda.

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En teoría, el mercado es el espacio comercial donde entran en relación la oferta y la demanda. Los oferentes: algunos productores, comerciantes y vendedores; y los demandantes: intermediarios, compradores y consumidores. Ésa es la dinámica que mueve el dinero a partir de la compra y venta de bienes y servicios en el mundo. Pero el tema y sus lógicas no aplican del todo cuando hablamos, en términos de mercado, de una de las necesidades más grandes que tiene nuestro país: la educación.

Sucede entonces, que los estudiantes no pueden ser clientes de las universidades ni de los colegios; la educación no puede ser un negocio más que le hace juego a las reglas de oferta y demanda. Las matrículas no pueden ser el indicador principal y determinante para una institución académica seria.

Pero sucede que algunas instituciones académicas privadas han capitalizado muy bien el problema de cobertura y acceso a la educación que se presenta en Colombia. Por eso existen todo tipo de centros, institutos, colegios y universidades que ofrecen la posibilidad de educarse, donde los “estándares” de calidad son irregulares y el tema del precio de la matrícula está por encima de la calidad académica.

En Colombia hay muchas universidades que no han sabido caminar bien por la delgada línea que separa a la educación del mercantilismo y han caído en una equivocada relación con sus estudiantes y profesores. Conciben un sistema educativo con una amplia oferta académica, carreras con alta demanda pensando en matrículas y poniendo en riesgo la calidad académica. Por eso en el mundo de la academia no podemos decir que “el estudiante siempre tiene la razón”, porque entraríamos en el juego de las universidades donde los estudiantes quitan y ponen profesores, y los procesos de selección son débiles, haciendo que los estudiantes sean admitidos mientras tengan dinero para matricularse.

Muchas de estas instituciones buscan tener un cliente cautivo por cinco años: hay planes agresivos para atraer nuevos estudiantes con criterios de ‘público objetivo’ y no de ‘perfil del aspirante’. Además se hace todo lo posible por disminuir su deserción, poniendo en riesgo la calidad académica. Pero también hay que tener en cuenta que es muy complicado para las instituciones académicas privadas que viven principalmente de las matrículas, poner requisitos exigentes para que sus estudiantes no entren a estudiar y lo peor, establecer niveles de calidad altos sabiendo que el insumo que llega de los colegios no es el mejor.

Pero aún así, el reto de las universidades privadas, por un lado es el de trabajar de la mano con el gobierno para mejorar los estándares de la educación básica primaria y secundaria, para que sus egresados tengan los niveles mínimos para acceder a la educación superior. Y por otro lado, y la tarea más complicada, es la de convencerse que en un largo plazo lo mejor es competir con calidad, porque el estudiante no es un cliente y sabe perfectamente lo que está recibiendo. Por eso los niveles de exigencia deben ser irremediablemente más altos si en realidad queremos tener unos buenos profesionales y mejor preparados. Este es el primer paso para que en Colombia se empiecen a dar importantes cambios.
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