Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2004/05/09 00:00

Los colados

Asesinar no es grave. Proveer a la sana juventud norteamericana del polvo blanco sin el cual no puede vivir es un crimen de leso Imperio

Los colados

Y resulta que lo que les preocupa de la ley de alternatividad penal, o como se llame en su nueva versión, no es que perdone a los paras, sino el peligro de que se puedan colar en ese perdón los narcos. Hace casi 20 años, cuando la erupción de lodo del nevado del Ruiz sepultó el pueblo de Armero, lo que preocupó a las autoridades y a los comentaristas bienpen- santes de la época no fue que hubiera habido 20.000 muertos en una población de 25.000 habitantes, sino que los damnificados que a continuación reclamaron casa nueva fueran 40.000. Tenía que haber muchos colados. El mismo extraño fenómeno aritmético se había presentado poco antes, cuando el terremoto de Popayán: había más damnificados que popayanejos. Y sí, claro, eran colados, por la sencilla razón de que este es un país de damnificados. Cuando por algún milagro -una erupción volcánica, un terremoto- las autoridades dan algo, en vez de quitarlo, todo el mundo se apunta. Es natural. También es natural, o por lo menos comprensible, la preocupación de las autoridades cuando se cuela la gente en tales casos: porque un damnificado cuesta más que un muerto. Pero en el caso actual, el de los paras perdonados y los colados narcos, no es así. Por el contrario: cuesta muchísimo más un para que un narco. Y por añadidura, aunque se puede aceptar en gracia de discusión la hipótesis de que no todos los narcos de este país sean paras, y en consecuencia pueda haber narcos avispados que se cuelen disfrazados de paras (como en la reciente entrega de paras en Medellín se colaron unos cuantos centenares de desechables uniformados: seudo-narco-para-militares: se nos están acabando los prefijos), lo que sí sabe todo el mundo es que todos los paras son narcos. Desde el principio: el MAS, aquel 'Muerte a Secuestradores' que montaron los Ochoa y Pablo Escobar cuando el M-19 secuestró a Blanca Nieves Ochoa y pidió rescate, era un grupo narco-para-militar. Hasta hoy: este recién aparecido Vicente Castaño que al parecer mandó matar a su hermano Carlos -aunque a lo mejor no- financia su grupo armado para con los recursos que le dan sus actividades de narco. Como lo hacía su hermano Carlos, aunque verbalmente criticara el negocio. Y como lo hacía también antes el también misteriosamente desaparecido y a lo mejor muerto y a lo mejor no hermano de los dos, Fidel Castaño, que en su momento se hizo célebre por repartir tierras entre los campesinos a quienes había despojado de sus tierras. O sea. Que al perdonar paras se está perdonando narcos: para-narcos. Pero lo que las autoridades del gobierno, y los parlamentarios levemente críticos del gobierno, y los editorialistas y los columnista de prensa consideran intolerable es el delito narco, y no el delito para. Lo de masacrar pueblos enteros y descuartizar gente con motosierra, lo de expulsar a miles de campesinos de sus parcelas para quedarse con ellas, lo de asesinar "selectivamente" (para poner un solo caso) a los periodistas irrespetuosos, como el humorista Jaime Garzón, no es cosa grave. Peccata minuta, como dicen los cardenales del Vaticano. Cosa que se puede no solo perdonar y olvidar, sino incluso premiar con la exoneración de la posible extradición y con la entrega en firme, para que sirva de "casa por cárcel", de las fincas robadas a los expulsados: en algunos casos un municipio entero, y hasta medio departamento por "cárcel". Pues los paras son, como dice con involuntario humor negro el ex ministro contratista Fernando Londoño en la columna de prensa con que le premiaron su pirueta de Invercolsa, gente de bien que quiere contribuir a la pacificación del país entregando las armas. Hay que ayudarles. Hay que garantizarles que no perderán sus bienes ni sus derechos, por si acaso en el futuro quieren ser, o quieren volver a ser, alcaldes de sus pueblos, representantes o senadores de sus departamentos, presidentes de la República. Es buena gente. Son patriotas. Lo que no se puede perdonar, en cambio, es el delito de narcotráfico. Para decirlo más exactamente: el delito de contrabando de drogas prohibidas por el gobierno de los Estados Unidos. Asesinar no es grave. Proveer a la sana juventud norteamericana del polvo blanco sin el cual es incapaz de vivir es un crimen de leso Imperio. Y nuestras autoridades y nuestros comentaristas se inclinan, reverentes: que no se cuelen los narcos.

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