Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2000/08/21 00:00

Los ‘curas’

Ya es muy difícil evitar que a los sacerdotes y religiosos se les denomine, un tanto peyorativamente, como ‘curas’.

Los ‘curas’

Ya es muy difícil evitar que a los sacerdotes y religiosos se les denomine, un tanto peyorativamente, como ‘curas’. El término se acepta y no pocos, entre los aludidos, lo asumen como un gracejo. Pero el curato es algo específico dentro de la clerecía, relativo a la llamada cura de almas, que se ejerce en un territorio limitado, conocido como parroquia.

En este sentido, curas en propiedad los hay, y muchos, en las distintas localidades, adscritos en nuestro país a bellas iglesias, levantadas con el trabajo de sus párrocos y mediante aquella vieja voluntad de alabar a Dios en la expresión de templos suntuosos.

Pero el tema es otro. Quiero referirme al contragolpe que sufren los eclesiásticos por los distintos hechos y noticias que se van presentando. Siempre que la oportunidad está servida la contracultura religiosa se deja notar en forma sutil o descarnada. La Iglesia molesta, su predicación escuece, su cantilena a favor de las virtudes cristianas y en contra del ‘pecado’ no es agradable ni está hecha para serlo. Aunque hay numerosos fieles devotos, otros se apartan con resentimientos que, por lo demás, no ocultan.

Hay actitudes conservadoras en la moral católica que generan una mayor tensión y este pontificado no se ha caracterizado por aperturas y puestas al día. De la expresión misma de los pontífices parece deducirse su rigor moralizador o acaso sus dubitaciones, como en el muy atormentado rostro de Paulo VI. Suyas son estas frases, de veras grandiosas e impresionantes: “La fuerza del error radica en la parte de verdad que lleva en sí”. Y viceversa, porque afirma que existen en lo que se tiene como cierto, contenidos erróneos. Esta dubitación me parece particularmente sabia, alejada de formulaciones dogmáticas.

Pero la reacción facilista en contra de los ‘curas’ merece otras reflexiones. Hay, por ejemplo, comentaristas que dan la impresión de haber vivido experiencias abominables. Es bien curioso que estos casos excepcionales hayan venido a dar a los medios escritos donde se los presenta como de ocurrencia general. Es lo que ha pasado recientemente con el tema gay y los comentarios a su repudio por la curia romana, la que, a su vez, se dejó desafiar por manifestantes que pusieron en ridículo al propio papado.

Se propende a rechazar al moralista, el peor papel que pueda alguien desempeñar en una sociedad libertaria, donde es natural que choque el fuero de las conciencias, igualmente proclamado en los concilios, con el juicio sobre conductas generales. Dictámenes y juicios que han demostrado ser variables con el paso del tiempo, en la medida en que éste, en su tránsito vertiginoso, aporta nuevos conocimientos de Dios.

La Iglesia, como piedra de contradicción, en ocasiones parece ir a contrapelo de fuerzas incontenibles como la vida, la ciencia y la historia, en su papel de dique necesario a los desbordamientos. Lo que hace inevitable que los papas vivos y los papas muertos padezcan la manifestación de los sentimientos negativos de muchas personas.

Quién iba a pensar, hace algunos años, que la santidad inmaculada de Pío XII fuera a ser puesta en tela de juicio —y su proceso de canonización perturbado— por los últimos analistas de la segunda guerra. ‘El Papa de Hitler’ llega a llamársele en reciente libro de John Cornwell, quien dice haber iniciado su investigación con el ánimo de salvar aquel nombre, para terminar socavando al pontífice, por sus omisiones en la Europa azotada por el nazismo. Aunque no niega el movimiento de sus nuncios en los países de ocupación —manejo diplomático muy propio de Pío XII— deja como subliminales las fotos de su estancia en Berlín, entre guardias parecidos a los nazis, donde fuera embajador pontificio hasta 1929.

La figura del papa Pacelli me sigue pareciendo la de un hombre limpio y majestuoso, símbolo de espiritualidad, al que es imposible asociar con el personaje más siniestro del siglo XX. Como jefe de un Estado espiritual, más que jurídico, y con más ejércitos de ángeles que de conscriptos, sus determinaciones en una guerra de aquellas características no podían ser muy efectivas, enfrentado al odio y al propio mal personificado.

No todos tienen de los ‘curas’ tan nefasta opinión, ni tan proclive intención en su contra. La experiencia les ha dado a conocer, y aun a convivir, con verdaderos ejemplos de virtud, con abnegaciones heroicas, con vidas ocultas a la luz del mundo. Tanto de curas, en el término vulgarizado, como de curas de parroquia, de mártires como el padre Pedro María Ramírez, cura de Armero, salvajemente asesinado en el atrio de su iglesia, en desarrollo de los acontecimientos del 9 de abril de 1948 o como la vida austera del popular padre Marianito Eusse, reconocido éste último en un turno de beatificaciones reciente. Para llegar a lo cual se necesitó un milagro.

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