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Opinión

  • | 2012/10/19 00:00

    Los discursos de la guerra y de la paz

    Resulta importante cuidar el lenguaje o, por lo menos, saber qué hay detrás del mismo y buscar alimentar acciones pedagógicas que permitan construir un sistema de creencias orientado a incorporar discursos y prácticas pacíficas.

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Diversas investigaciones han mostrado el papel que juegan los discursos difundidos por los medios de comunicación y las redes sociales en la construcción de las creencias, las emociones y los comportamientos que tenemos frente a un tema o a un grupo.

Sabucedo, Barreto, Borja, Serrano, Álzate y López hemos investigado las características de los discursos en contextos de conflicto violento y, en especial, el caso colombiano encontrando las diversas formas en que estos se han orientado a legitimar la guerra.

El discurso guerrero usa palabras, frases, textos, imágenes que repiten, destacan y generan creencias que legitiman las acciones violentas, algunas de ellas se reconocen como por ejemplo:

- Hay un líder emocionalmente comprometido que legitima dichas acciones con su leguaje, y que puede conducirnos a la victoria, por vía de la violencia;

- La destrucción que el enemigo ha hecho, en especial, la destrucción material;

- Enfatizan en las víctimas propias y, las del adversario se hacen invisibles;

- Buscan un responsable que por lo general es alguien que es deshumanizado o estigmatizado con características que son negativas, por ejemplo, “son unos animales” o, “son unos salvajes”;

- También son demonizados o proscritos, es decir incluidos en un grupo al que se le asignan acciones que son socialmente rechazadas: ladrones, asesinos, terroristas.

- Adicionalmente, cuando las acciones tienen connotaciones legales, se les califica como delincuentes y, cuando tienen connotaciones políticas se denominan: “peligrosos”;

- Se usan estereotipos, rótulos como idiotas, violentos o que tienen marcas ideológicas, políticas o religiosas con historias censurables socialmente como nazis, fascistas, talibanes o imperialistas (este último cambia de país y de cultura) y,

- Por último, también se compara y polariza con relación a otros grupos, por ejemplo, “el eje del mal” contra se supone un “eje del bien”.

Es claro que si estamos frente a estos enemigos podemos emprender acciones violentas legitimadas contra ellos. No es lo mismo matar a una persona que a un animal, aun cuando ambas acciones sean censurables; creemos que son sufrimientos de magnitudes distintas, tampoco es lo mismo, agredir a alguien que hemos calificado como asesino, que a un amigo, o si creemos que el otro puede hacernos daño y lo que hacemos es defendernos.

Por otro lado, Kempf y Galtun estudiando la prensa del mundo encontraron datos similares a los nuestros. Evidenciaron que cuando se busca escalar un conflicto en términos violentos suelen utilizarse estrategias como: es posible ganar a cualquier costo y la victoria se logra por vía del exterminio del contrario; se asume que la verdad es siempre relativa y puede usarse en forma conveniente de acuerdo con las circunstancias, donde tenemos unos héroes y unos innombrables, villanos. La guerra se presenta como una alternativa necesaria y suficiente para alcanzar los objetivos, es más, la misma es vista como una inversión a futuro. La violencia, por tanto, está plenamente justificada y cualquier discurso que busque mostrar lo contrario es objeto de deslegitimación.

Parece claro que este lenguaje polarizante que hemos descrito ha legitimado no sólo la guerra para todos los grupos que han participado en ella sino que nos han comprometido emocionalmente con ella y con sus actores, esto contribuye a asumir posturas cargadas de sentimientos de ira, venganza o frustración.

Entonces, resulta importante cuidar el lenguaje o, por lo menos, saber qué hay detrás del mismo y buscar alimentar acciones pedagógicas que permitan construir un sistema de creencias orientado a incorporar discursos y prácticas pacíficas.

Pero veamos qué caracteriza un discurso pacífico. En primer lugar, lo que busca no es eliminar a los actores del conflicto sino transformar la forma de gestionarlo; de lo que se trata, es de abandonar las prácticas violentas como recurso para afrontarlo, de entender la paz como un proceso y no como un punto de llegada.

En segunda instancia, en los discursos pacíficos, el énfasis está en humanizar todas las partes, de reconocer a todas las víctimas, de mostrar el sufrimiento de todos los involucrados, de sus familias y amigos, de mostrar las atrocidades y sufrimientos que han causado. Es además mostrar no sólo los costos económicos y políticos de la guerra sino los costos humanos y sociales; poner en evidencia las consecuencias no visibles de la guerra, se trata pues de indignarse contra la guerra como recurso; es inaceptable el costo de la vida como condición para conseguir objetivos y, por tanto, es inadmisible pensar en “todo vale” y es necesario, por tanto, abrirle una puerta a un discurso del cuidado y el amor por los otros.

Ahora bien, entender las retóricas y los discursos asociados a la guerra y la paz resulta una tarea central, ya que necesita de una evaluación permanente que debe acompañar los procesos de paz donde se están negociando las realidades socioeconómicas, sociojurídicas y sociopolíticas y sobre todo, requiere de acciones de transformación psicosocial sobre nuestros discursos y prácticas de guerra y de paz.

*Profesor asociado Pontificia Universidad Javeriana.
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