Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2015/11/28 09:52

Los dogmáticos de la paz

No es estigmatizando a los críticos que se llegará a un puerto seguro.

Alfonso Cuéllar.

Desde hace unos años, existe un “software” en Estados Unidos que permite evaluar el lenguaje de los candidatos para determinar el nivel educacional de su discurso público. Los rangos van desde kínder hasta universitario. Un reciente estudio encontró que Donald Trump le habla al pueblo estadounidense como si todos estuvieran en tercero de primaria. No es al azar; con su retórica simplista, el magnate de casinos y personalidad de televisión busca incitar los sentimientos más primitivos del elector. En el mundo de Trump, todo es blanco o negro, bueno o malo. Nada de gris. Como técnica de campaña, funciona.

Su estrategia disonante no sólo se nutre de la polarización sino depende de ella. Quienes se oponen a su propuesta de vigilar y restringir los derechos de musulmanes, de volver a la tortura (waterboarding), quienes quieren recibir a los refugiados sirios, son calificados como anti-patriotas. De permisivos con el terrorismo. No se ahorran epítetos. Los rótulos son utilizados para acorralar a sus críticos. En épocas de temor, es fácil enmarcar la discusión en la disyuntiva de nosotros contra ellos. Trump no es el único. En Colombia, durante los ochos años del gobierno del presidente Álvaro Uribe, también primó ese discurso excluyente. Quienes levantaron la voz, quienes se atrevían a salir del unanimismo que apoderó al país en la primera década del siglo, quienes denunciaban abusos, eran señalados como simpatizantes de la izquierda armada.

Fue un error acudir a la estigmatización. Empobreció el debate. Las democracias se fortalecen con discusiones profundas, donde florecen los diferentes matices.

Irónicamente, hoy se invirtieron los papeles. Los pájaros le disparan a las escopetas. Los nuevos dogmáticos de la verdad profesan una sola fe -La Habana nos hará libres- y los infieles que expresan escepticismo, que piden más claridad, son calificados de guerreristas, de amantes de la violencia. Paz o guerra, es la consigna de los primeros. No hay punto medio. Debatir sobre el proceso es una herejía, ser un “uribestia” y querer condenar a Colombia a 50 años más del infierno del conflicto.

Desde las elecciones, se ha incrementado la hipérbole. El gobierno y la Unidad Nacional asumieron los resultados de los comicios como un espaldarazo a las negociaciones con las FARC. No lo fue (como lo anticipé en mi columna de febrero 2015). La paz asomó como un asunto en contados municipios apartados, en particular los más azotados por las guerrillas. Y allí ganaron los que pregonaban más seguridad, no conciliación. El problema de apropiarse de triunfos ajenos, de sacar conclusiones prejuiciosas y parcializadas no sólo es poco ético –que en política es una consideración secundaria- sino más grave, puede desembocar en toma de decisiones erradas.

La correcta interpretación de las elecciones es un factor crítico para la futura gobernabilidad. Bill Clinton lo comprendió en 1994, cuando los demócratas perdieron la mayoría en la Cámara después de 58 años. Corrigió el rumbo –negoció con la oposición- y logró ser reelegido sin contratiempos en 1996. En cambio, George W. Bush ganó por pocos votos en 2004 y gobernó como si hubiera arrasado en las urnas. Nunca recuperó su popularidad y facilitó la llegada de Barack Obama en 2008.

El gobierno y sus aliados actúan más como Bush que Clinton. En vez de preocuparles que el apoyo a La Habana siga siendo contradictorio -sí al diálogo, pero con cárcel para las FARC-, mantienen el mismo sonsonete -paz, paz, paz- e igual respuesta a sus críticos: guerreristas, guerreristas, guerreristas.

Para hacer la guerra, puede ser útil mostrar un mundo sin matices. El enemigo es el enemigo y punto. El objetivo es la destrucción. Pero la paz es otro cuento. Se busca construir, reconciliar, reparar. Es una evangelización, no una inquisición. Sería conveniente que los defensores a ultranza de las negociaciones cambiaran de libreto y pusieran la otra mejilla. Menos Trumps, más Mandelas.

En Twitter fonzi65

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