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Opinión

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El más reciente es un multimillonario de origen saudí que vive en una cueva en las afueras de Kabul, con una estera en la que duerme abrazado a su fusil Kalachnikov y un computador portátil desde el que maneja por Internet su red terrorista mundial. Viste chilaba de seda y turbante de un blanco impoluto, y usa una barba rizada hasta el pecho que ha prometido no cortar hasta que su poderoso adversario haya mordido el polvo de la derrota. Se llama Osama bin Laden, y es, hasta la fecha, el último Enemigo Número Uno de Estados Unidos, que lo acusa de los recientes ataques con bombas contra sus embajadas y de otras muchas cosas, incluyendo un atentado contra el Papa.
Hace años, cuando el atentado se produjo, Estados Unidos habló de la "pista búlgara". Pero es que entonces existía todavía el bloque comunista, del cual formaba parte Bulgaria, y el Enemigo Número Uno era ese: "El Imperio del Mal", lo llamaba el presidente Reagan. Ya el Imperio no existe, y hace unas semanas Teodor Yikov, presidente vitalicio de la Bulgaria comunista, falleció por fin, de vejez, en su cama. Los Enemigos Número Uno de Estados Unidos tienen tendencia a morir en su cama, a diferencia de sus amigos, que suelen morir asesinados por los servicios secretos norteamericanos, como el Generalísimo Rafael Leonidas Trujillo.
Bin Laden, pues, es el más reciente. Pero antes hubo otros, todos ellos tan extravagantes como él o como los adversarios de los Super Héroes de los comics: El Sombrerero, o el Pingüino, o ese curioso gnomo de cubilete venido de la Cuarta Dimensión al que Superman sólo conseguía vencer cuando podía obligarlo a que dijera al revés su propio nombre impronunciable, compuesto únicamente de consonantes. Antes del millonario saudí hubo, por ejemplo, un dictador narcotraficante a sueldo de la CIA que se llamaba Car'e Piña Noriega. Antes, un 'Nuevo Hitler' (así lo llamaba el presidente Bush) que vivía en 99 palacios presidenciales subterráneos sacados de 'Las mil y una noches'. Antes, un anciano Imán vestido de negro que desde la ciudad santa de Qon lanzaba anatemas contra el Gran Satán. Antes, un coronel libio que dormía en el desierto en una tienda de pelo de camello rodeado por una guardia de mujeres hermosas armadas hasta los dientes. Antes, un barbudo caribeño a quien llamaban El Caballo. Antes, un ladrón de lápidas colombiano conocido como El Patrón. Antes, un venezolano gordito de gafas Ray-Ban oscuras: El Chacal. Antes, un guerrillero en bicicleta y con sombrero de paja picudo que se escondía en las junglas del sureste asiático: Vo Nguyen Giap...
También ha tenido Estados Unidos Enemigos Número Uno interiores: un ermitaño de las Montañas Rocosas que enviaba a las secciones de cartas del lector de los periódicos largos panfletos filosóficos firmados Unabomber; un negro musulmán que predicaba la guerra de razas bajo el curioso nombre de Malcolm X; un evasor de impuestos de Chicago apodado Scarface. En su momento, la actriz de cine Jane Fonda estuvo a punto de convertirse en la Enemiga Número Uno de Estados Unidos: el presidente Nixon la tenía en su lista de escuchas telefónicas clandestinas (¿la Mujer Murciélago?). Pero fue posible neutralizarla casándola a tiempo con el millonario Ted Turner, dueño de la CNN.
Porque los Enemigos Número Uno de Estados Unidos siempre han podido ser neutralizados a tiempo, como sucedía en los comics con los de Superman. A Unabomber lo delató su propio hermano a cambio de una recompensa de un millón de dólares. A Malcolm X lo asesinó otro agitador negro que de inmediato fue asesinado a su vez. A Car'e Piña lo entregó encadenado el Nuncio Apostólico en Panamá, tras resistir en la Nunciatura un asedio de ocho días y ocho noches con música de hard rock. El Imán Jomeini, ya se dijo, murió de viejo, y el Caballo caribeño está a punto de seguir su ejemplo: en todo caso, desde que se viste de hombre de negocios ya no constituye una amenaza grave. (Sería aún mejor, claro está, que se afeitara la barba; pero conseguir eso es casi tan difícil como hacer que el gnomo de la Cuarta Dimensión deletree su nombre al revés).
De manera que también el tenebroso Osama bin Laden acabará pasando al olvido. A lo mejor se casa, como Jane Fonda, o se afeita, como El Chacal, o lo meten preso por falsificar su declaración de renta, como Al Capone. Ya la prensa informó que el presidente Clinton firmó una Orden Ejecutiva para que los sabuesos del Departamento del Tesoro investiguen sus multimillonarios negocios de construcción, y lo persigan si encuentran alguna irregularidad.Pero surgirá entonces otro terrible Enemigo Número Uno de Estados Unidos. No olviden adquirir en su quiosco de revistas el próximo episodio.
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