Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2005/03/06 00:00

Los enredos del Polo

¿El Polo Democrático no debería ayudar a cambiar la costumbre política de legislar a cambio de beneficios particulares? Columna de Jorge Iván Cuervo.

Los enredos del Polo

Con ocasión del apoyo de una porción de la bancada del Polo Democrático a la presidencia del Concejo de Hipólito Moreno -lo que produjo una especie de cisma en esa colectividad-, un concejal que apoyó al curtido y cuestionado edil conservador comentó que ellos como izquierda democrática habían sido elegidos para poner en la agenda política de Bogotá el tema social y no para cambiar las costumbres políticas. Y argumentó, con algo de razón, que respetar los acuerdos adquiridos a principio de la legislatura era una forma de garantizar la gobernabilidad sin la cual era muy difícil materializar desde el gobierno la agenda social para la que fueron elegidos. Y entonces me quedé pensando.

Me quedé pensando en si la ética de los fines no debería ser la misma ética de los medios. En si el Polo Democrático, si quiere presentarse como alternativa al establecimiento político tradicional, no debería también contribuir en cambiar esas costumbres políticas en las que se negocia lo esencial, la agenda fundamental, a cambio de unos acuerdos de corto plazo que aseguran cuotas de poder pero que impiden la influencia en el contenido mismo de las políticas públicas.

Me quedé pensando también en que salir a 'darle palo' al Polo, por comportarse como tal vez el grueso de sus electores independientes no quisieran que se comportara, sería jugar el juego que quiere el establecimiento político que salió derrotado en Bogotá y el Valle, y que este incidente, un rifi rafe interno de la dinámica política, no debería trascender más allá de la anécdota. Pensé en que el error de cálculo estuvo en haber salido a lavar la ropa sucia fuera de casa.

Pensé en por qué Alejandro Martínez Caballero estuvo del lado de quienes apoyaron a Moreno, sobre todo porque en él habría que descartar cualquier intención torva, como lo sugerirían quienes consideran que los otros tres concejales que apoyaron a Hipólito lo habrían hecho por razones non sanctas. Pensé en si lo de De Roux no sería un exceso de fundamentalismo moral.

Con todas esas ideas en la cabeza, y con la ilusión viva sobre la importancia de que se consolide una fuerza progresista por fuera de los partidos tradicionales, se me vinieron a la cabeza estas otras ideas.

Primero, que una cosa es el Polo y otra cosa, Lucho Garzón, pero ninguno de los dos tiene futuro si no se tienen en cuenta. Que al Polo le ha costado mucho aprender a gobernar, y durante ese aprendizaje ha sido desbordado por la dinámica política partidista de Bogotá que había sido más o menos neutralizada con Mockus y Peñalosa, de suerte que al final de la Alcaldía de Lucho, los dinosaurios tendrán un segundo aire, y eso es un paso en la dirección equivocada. Que el Polo en Bogotá, salvo Lucho, no sabe para qué sirve el poder y están derrochando un inmenso capital político, para desilusión de sus seguidores.

El gobierno de Lucho puede que no sea tan malo como lo quieren hacer ver sus opositores políticos e ideológicos, pero sí puede sostenerse que no ha sido precisamente una revolución en términos de gestión y de conducción política. Es un gobierno al límite, ahí, sobreaguando y dejándose llevar por la inercia institucional que en el caso de Bogotá es un activo importante de la ciudad. Hay más alcalde que gobierno.

Pensé que la falta de claridad programática del Polo acentúa los proyectos y apetitos individuales de esa amalgama heterogénea de ideologías que aún está lejos de convertirse en partido político, lo que supone la necesidad de reforzar los esfuerzos para consolidar una estructura partidista moderna, atada por ideales y proyectos de sociedad, más que por la suma de pequeños feudos electorales.

También pensé que el apoyo de los concejales liberales y conservadores fue más decisivo de lo que parece para el triunfo de Lucho en Bogotá, y esa cuenta de cobro, que se entiende en la práctica política, es repudiada por buena parte de la ciudadanía, lo que constituye la piedra de escándalo de esta coyuntura. Pensé que de todos modos el Polo no puede 'dar papaya', porque cualquier error de cálculo político será magnificado por sus enemigos, aquellos que repudian la ampliación del espacio político.

Finalmente me quedé pensando en que si como elector me hubieran dicho que el Polo hubiera apoyado una presidencia de Hipólito Moreno al Concejo de Bogotá, con mi voto y con mis expectativas, tal vez ese domingo me hubiera quedado viendo televisión, con todo y lo mala que es.

*jicuervo@cable.net.co

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