Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/09/11 00:00

Los 'héroes' que no se han reinsertado

A raíz del rechazo de Juan Manuel Santos y de Germán Vargas a las congresistas Eleonora Pineda y Rocío Arias, Claudia López se pregunta hasta cuándo seguiremos con esta farsa de cinismo colectivo.

Los 'héroes' que no se han reinsertado

Ahora resulta que la penetración política paramilitar en Colombia se reduce a las representantes Rocío Arias y Eleonora Pineda. Que los señores Juan Manuel Santos y Germán Vargas se volvieron notarios de la moral política. Que los frentes paras se "reinsertan" rebautizados como "Héroes": de Tolova, de Granada, etc. Y que las "pobrecitas" Eleonora y Rocío están "estigmatizadas" por ser "amigas del proceso de paz". Hasta cuándo seguiremos con esta farsa de cinismo colectivo. Lo que falta es que el "proceso de paz" en vez de tapar, tapar y tapar, reconozca los hechos y las consecuencias del conflicto armado interno, sin eufemismos. Que la reinserción sea completa, es decir, que incluya a los políticos y los financiadores del fenómeno paramilitar en Colombia. Y que la militar cumpla al menos con el requisito, un hombre con un arma, y no que nos digan, como hasta ahora, que ¡cerca de la mitad de los reinsertados enfrentaban a la guerrilla con radio y cachucha!

Empecemos por dejarnos de eufemismos y, de paso, de cinismos. Ni Rocío, ni Eleonora, ni muchos otros políticos que están pasando de agache bajo sus faldas están estigmatizados. Ni son "perseguidos" por conocer a unos paras, ni por haber visitado Santa Fe de Ralito, ni mucho menos por ser amigos del proceso de paz. Ellos pueden ser amigos de lo que quieran y su vida privada es privada y nos tiene sin cuidado. Están en la picota porque su elección y su influencia política coinciden, y por eso se puede deber, en parte, a la toma previa a sangre, coca y fuego de sus regiones, por parte de los paramilitares, y a presuntos acuerdos políticos establecidos con ellos en los procesos electorales.

Basado en las estadísticas del Observatorio de Derechos Humanos de la Vicepresidencia, se observa que entre 1998 y el 2000-2001 en los mismos Departamentos donde se presentaron votaciones atípicas para Congreso y mandatarios locales, en las que un candidato arrasó en promedio con el 70% de los votos en un municipio, se incrementaron las masacres en 140% y las presuntamente cometidas por los paramilitares en 664%. Los homicidios crecieron en 33% y se registran homicidios selectivos, es decir aquellos que superan el doble del promedio nacional, en 52 municipios en 1998 creciendo hasta 63 municipios en el 2002. Es decir, la consolidación política atípica del 2002 y 2003 en los Departamentos de la Costa Atlántica, en particular, César, Magdalena, Córdoba y Sucre, y otros como los Santanderes, Antioquia y zonas de Boyacá estuvo precedida por una ola de matanzas e intimidación ocurrida entre 1998 y el 2001. (Ver presentaciones adjuntas)

Un análisis de las elecciones de Congreso en el 2002, con base en la información de la Registraduría Nacional, parece indicar la conformación de distritos electorales, ilegales por supuesto, en los que se promovió una pareja de candidatos, uno para la Cámara y otro para el Senado, que arrasaron en los distritos que pareciera haberles correspondido. El caso del Magdalena es el más atípico, pero el patrón se repite en los demás departamentos ya mencionados. Al menos 20 congresistas encajan en ese patrón.

En conclusión, la consolidación política no se hizo impartiendo amables consejos para que la gente decidiera "libremente" como cínicamente lo afirmó Mancuso ante la Corte y los medios. El consejo no se dio a las buenas. No desalojaron a la guerrilla, como lo proclaman orgullosamente, con discursos y palomas, sino equiparando su demencial barbarie. El patrón que parece repetirse es el de entrar con masacres, realizar homicidios selectivos, afianzar control militar, penetrar la política y la economía locales y consolidar su hegemonía política en elecciones, y la económica en múltiples negocios que van desde los recursos de la administración pública, pasando por el chance, la palma, el contrabando de gasolina y el tráfico de narcóticos, como lo han investigado y señalado múltiples informes periodísticos.

Todos esos hechos constituyen el fenómeno paramilitar. Y es todo eso lo que se debe desmontar y reinsertar. No creo que Rocío y alias 'don Berna' sean lo mismo. Pero tampoco creo que sean dos cosas independientes y no relacionadas. Los políticos, los financiadores y demás auspiciadores deberían acogerse a la Ley 782, aceptar que por presión y por negociación terminaron siendo parte del fenómeno paramilitar, solicitar el indulto y ajustarse a las reglas de la democracia legalmente establecida. No tiene sentido que los Mancusos, los Bernas y compañía queden limpios y reinsertados, mientras que los políticos, los militares y los ciudadanos que los auspiciaron queden sujetos al chantaje, la sospecha y la "justicia ejemplar". El sapo es grande y si queremos la paz, hay que comérselo completo. Es decir, reconociendo, desarmando, desmontando y reinsertando.

Es preferible usar los mecanismos jurídicos generales para lograr la paz que quedar sujetos a los señalamientos y las soluciones individuales. Ahora resulta que el mismo Juan Manuel Santos que hace cuatro meses le propuso al Presidente sumar a todos los congresistas que apoyan al gobierno en una lista única, incluidas Rocío y Eleonora, ahora las rechaza porque se acordó que huelen a paraco. Y que Germán Vargas que se apropió de Cambio Radical y avaló y avala las candidaturas de varios políticos que pueden ser producto de la toma y la influencia paramilitar, también les hace el feo. Razón tienen las congresistas cuando los señalan de hipócritas y oportunistas. Lo que también es oportunista, hipócrita e inaceptable es que el primo del Presidente, su mano política visible, las acoja como heroínas en el partido 'Colombia Democrática', haciendo caso omiso del fenómeno paramilitar del que pueden ser producto y sin que medien su reconocimiento, indulto y reinserción. Esa es justamente una de las diferencias entre impunidad y reconciliación. Y los colombianos estamos dispuestos a comernos el sapo de la reconciliación, no el de la impunidad.

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