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Opinión

  • | 2005/01/23 00:00

    Los hombres duplicados

    Carlos Cortés dice que los políticos jóvenes sólo son la versión renovada de los políticos de siempre. Foro con los lectores.

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Los políticos jóvenes creen que representan a la juventud por el sólo hecho de ser jóvenes. Esta equivocada percepción la alimentan los medios con sus generalizaciones, y claro, las revistas de farándula con las fotos de fiestas y eventos en donde estos hombres y mujeres desfilan. Pero ninguno de ellos seduce a las nuevas generaciones, ninguno inspira, todos son fríos y acartonados.

Nosotros tenemos ídolos de toda clase: en la música, en el deporte, en la literatura, en el arte. Puede ser imposible poner de acuerdo a 100 jóvenes sobre cuál cantante es el mejor, qué futbolista podrá desplazar del trono al Pibe o qué escritor alcanzará a García Márquez. Pero siempre será posible encender pasiones en estos temas.

En cambio, ¿dónde están los nuevos símbolos de la política? (En el sentido literal de mi pregunta, pueden estar en la plaza de toros de Bogotá en una corrida, en las fiestas de Andrés o en Balzac tomando vino y comiendo ostras. Pero no es eso lo que quiero decir). ¿Existen ídolos jóvenes en política? ¿Hay un 'Tino' Asprilla congresista? ¿Un Efraín Medina concejal? ¿Una Shakira gobernadora?

Veo a la mayoría de los políticos jóvenes (digamos que entre los 20 y los 39 años, o algo así) y me aburro. Pienso que quieren verse muy grandes, muy veteranos -viejos no, claro-, muy experimentados; quieren apretarse la corbata, engominarse y amarrarse el pelo o ponerse unas gafas gruesas y sentirse invencibles; quieren hablar como un cacique político y tener la destreza de un ex presidente; quieren ir a desayunos en Palacio y hablar por La W. Pero ninguno de ellos quiere que los jóvenes los entiendan, que se sientan orgullosos y los sigan desde la distancia. No quieren, o no pueden.

Conozco personas que han seguido la trayectoria de Juan Pablo Montoya carrera por carrera, año por año. Pueden recitar las estadísticas al derecho y al revés, y hacer una gráfica de su rendimiento en cuestión de segundos. Ni hablar de los que siguen a Shakira o Juanes, o los que estudian con disciplina de monje la trayectoria de un novelista. ¿Existirá alguien que haya seguido de cerca la carrera política de Armando Benedetti? ¿Alguien que se inspire con los discursos de la ex reina Catalina Acosta en la Asamblea departamental de Cundinamarca? ¿Alguien que quiera aprender de administración pública con la gestión del gobernador Pablo Ardila?

Los nuevos políticos están cortados por el mismo molde, son clichés andantes que no emocionan a nadie. Son los hombres duplicados que se repiten, desaparecen unos y llegan otros, pero que en definitiva perpetúan los modelos de los viejos políticos, con las mismas dinámicas y los mismos discursos emperifollados. Son ellos en su época esbelta, con pelo en la cabeza y abdomen plano. Son fotos en sepia ahora en color.

Pueden ser más honestos ahora, o más estudiados, pero definitivamente no están interesados en atraer a las nuevas generaciones. No son tréboles de cuatro hojas, no son personas extraordinarias que puedan leer los desafíos de los nuevos años, que entiendan la insatisfacción y el desasosiego que se apodera de estas generaciones y los canalicen de alguna forma.

Si bien la apatía en política no es nueva, tanto en jóvenes como en adultos, tiene formas de combatirse. Decir que los jóvenes no participan en política porque no entienden o porque no les afecta comienza a parecer absurdo. Los jóvenes se identifican con causas concretas -así parezcan románticas- que instintivamente consideran justas o necesarias para tener un mejor futuro, como la disminución del hambre, la abolición de la caza de ballenas y de otras especies en vías de extinción, la protección de la selva o la promoción del software libre.

Muchos jóvenes -y ya no tan jóvenes- entienden qué quiere decir Bono de U2 cuando les piden a los gobiernos poderosos que condonen las deudas externas de los países pobres; a qué se opone la organización Greenpeace de manera vehemente y en ocasiones violenta; qué dicen las letras de grupos musicales como Molotov o Doctor Krápula.

A falta de políticos auténticos y renovados, los músicos y los deportistas aprovechan los réditos de su fama y asumen el rol de la nueva política. Son los encargados de atraer a los niños y a los jóvenes para que den nuevas peleas (y así lo han entendido organizaciones como Unicef y Unesco). Son quienes asumen el papel de fomentar en ellos un interés por el bien común.

Esta nueva política se salió del Congreso y de las urnas, y mueve masas, aunque para ello cuente con la necesaria complicidad de la publicidad y del mercadeo. Necesita de muchos genios dispuestos a tener creatividad, romper esquemas y, sobre todo, ser originales. El único problema es que afuera la corbata sobra. Y el viento despeluca.

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