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Opinión

  • | 2011/08/10 00:00

    Los hombres no denuncian el maltrato

    Condenable desde todo punto de vista lo hecho por el técnico de la Selección Colombia contra una mujer, pero en ánimo de equilibrar la discusión, a los hombres también los agreden las mujeres, lo que pasa es que no denuncian.

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¿Se imaginan a un hombre cualquiera en una Inspección de Policía o en una Unidad de Reacción Inmediata de la Fiscalía denunciando a su esposa o a su novia porque le infringieron maltrato físico y sicológico? Lo menos que le puede pasar es que los funcionarios de turno se burlen de él por su falta de hombría, le digan que es un marica y a lo mejor ni le tomen declaración, total no hay una legislación especial para atender este tipo de violencia, que también es de género.

Con esta reflexión no quiero justificar la agresión cometida por el técnico Hernán Darío Gómez Jaramillo contra una mujer, que desde cualquier punto de vista es condenable, lo que quiero advertir es que el tema derivó en una discusión social que sólo mira el problema desde una óptica, la mujer como víctima, dejando de lado que ellas también pueden llegar a ser victimarias y agredir a los hombres, tanto física como sicológicamente.

No pretendo solidarizarme con el técnico Gómez Jaramillo, ni más faltaba, pero sí quiero llamar la atención sobre un fenómeno que por culpa de la cultura machista que impera en este país es tan oculto, y a mi juicio con mayores subregistros, que el que se presenta en relación con el maltrato contra las mujeres. Veamos algunas circunstancias.

La violencia intrafamiliar no sólo tiene la figura de un hombre agresor y una mujer indefensa sometida a la brutalidad masculina. En los conflictos domésticos también existe la mujer maltratadora, que abusa, en muchas ocasiones, de su esposo y recurre a la manipulación de sus hijos e hijas para hacerle más daño.

Las agresiones que propina la mujer en algunas circunstancias no tienen que ver con una actitud vengativa en reacción a los golpes que recibe. No, no es eso. La agresividad femenina puede tener muchas causas. En ocasiones surge ante la incapacidad de su esposo o compañero permanente de satisfacerla en sus gustos suntuosos y en sus deseos arribistas, producto de una exacerbada cultura consumista que bombardea con intensidad a las mujeres.

También es posible que determinadas violencias, no siempre físicas, estén ligadas a una especie de explotación económica de la cual es hombre es víctima. Permítanme explicarlo con un ejemplo: una vez una amiga me dijo que en la relación con su esposo ella practicaba el Mantra – Yoga. Yo sinceramente pensé que hacía referencia a una combinación de filosofías de origen oriental, pero resulta que no. Su intención era demostrarme cómo abusaba del hombre de turno: “Manta – Yoga quiere decir el Man Trabaja y Yo Gasto”.

Hay casos que van más allá del dinero. Las parejas modernas se enfrentan hoy a tensiones derivadas de la competencia profesional. Ambos se preparan, van a las mejores universidades, estudian en el extranjero y se convierten en personas muy cualificadas en sus áreas de trabajo. Conozco matrimonios que han hecho ese recorrido, pero por aquello de la suerte al hombre le va mejor que a la mujer en sus actividades laborales. Esos logros le generan tantas frustraciones a la mujer que no encuentra otra vía de expresión que la constante agresión física y verbal hacia su esposo o compañero. Pero el tipo no denuncia nada. El orgullo no lo deja y teme por su imagen de hombre exitoso.

Hace poco escuché unas historias muy complejas en relación con el comportamiento de las mujeres una vez se han visto afectadas por un proceso de divorcio. Dos connotados profesionales de la salud habían sido demandados por sus respectivas exesposas ante la Fiscalía por acceso carnal violento de sus propias hijas cuando eran menores de edad.

En uno de los casos, el papá demandado fue a dar la cárcel por seis meses, luego de los cuales quedó libre al comprobar que detrás de la falsa denuncia había una esposa herida por el divorcio, llevándola a manipular a sus hijas para que declararan en contra de él. Para reforzar la versión, presentó varias fotos de las niñas en una bañera con su papá, calificándolas de imágenes pornográficas.

En el segundo caso, los hechos guardaban exactamente el mismo patrón: un proceso de divorcio complicado, una dolorosa ruptura afectiva y una venganza llevada hasta los estrados judiciales con los mismos argumentos y similares pruebas que el anterior. Cuando escuché esa historia, la víctima estaba esperando una decisión judicial.

No faltan también las historias de hombres que viven bajo el control absoluto de sus mujeres, hasta el punto que sus ingresos son administrados con tal rigurosidad por sus esposas que día a día reciben sólo los pasajes para ir al trabajo y regresar a casa, sin la menor oportunidad de tener libertades económicas para sus gastos.

Insisto, no justifico la agresividad contra las mujeres, pero el maltrato físico y sicológico se da en doble vía y esa perspectiva no se puede perder en cualquier debate al respecto. Y recurro a la reiteración para evitar ser mal interpretado. Considero que la discusión debe abrirse y es importante visibilizar los maltratos de los que son objeto algunos hombres para determinar que las víctimas no son únicamente las mujeres.

Lo que sucede es que este tipo de historias de maltrato familiar contra los hombres solo se conoce en cerrados círculos de amistad por un asunto cultural ligado al machismo y al orgullo masculino que les impide hacer públicas las agresiones y denunciarlas penalmente. Creo que también influye en esa decisión el temor de enfrentarse a un feminismo radical que apenas ve una parte del problema y es incapaz de ver de manera integral el fenómeno de la violencia intrafamiliar y el de las parejas.

Por último también quieren evitar la exposición al ridículo. Varios de ellos se han imaginado en una Inspección de Policía y en una Unidad de Reacción Inmediata de la Fiscalía denunciando a su esposa o su novia porque le infringieron maltrato físico y sicológico, y lo único que les viene a la cabeza es una risa irónica de los funcionarios. Por eso mejor padecen en silencio su maltrato.

*Periodista y docente universitario.
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