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Opinión

  • | 2000/04/17 00:00

    Los idos de marzo

    Se han ido en este marzo luctuoso, como en los 'Idus' de Julio César

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Los que se han marchado del país en este mes de marzo nos han estremecido como si fuera la hora llegada. Se fue Pacheco, un hombre profundamente arraigado a lo nuestro y respecto del cual no cabe decir que busca mejores oportunidades económicas. Puede tenerlas, y ojalá, pero no se marcha por eso. Y se fue Pacho Santos, el muy inquieto cuasi director del periódico El Tiempo.

Ambos amenazados por la violencia de la extrema izquierda, como bien hubiera podido ser de la extrema derecha. No hay apenas diferencia de métodos y ninguna de las dos corrientes que se disputan el poderío militar y la mejor silla en la mesa de negociaciones ha dado muestras de humanidad, mucho menos de caballerosidad en el ejercicio de las armas. Son francotiradores, tienen asesinos a sueldo, asaltan caminos y lanzan bombas o colocan minas para daño personal, y al mismo tiempo impersonal, de los pobladores desprevenidos que las transiten.

Se van y es algo que conmueve. No faltarán quienes piensen por primera vez en liar bártulos. Pacheco fue consciente de ello: “Si un hombre como él se va —habla en tercera persona— es porque ya no hay solución”. Santos, poco más o menos, ha dicho lo mismo. Y reconoce que se ha mostrado perplejo en su decisión y que no sabe si ha sido la más acertada.

El derecho a vivir es el primero. Se dice, no sin mordacidad, que cada cual es dueño de su miedo. Frase injusta que equivale a endilgarles cobardía a quienes son perseguidos inicuamente y a exigirles un valor del que carecen sus críticos. Valor para morir en cualquier esquina. Al llegar al trabajo, como Jaime Garzón, o al salir de trabajar como Guillermo Cano; al descansar en su casa de campo, como fue plagiado Guillermo Cortés o al regresar de ella, como fue asesinado Jaime Pardo Leal; en acto multitudinario, como Luis Carlos Galán o a bordo de un avión, como Pizarro, el candidato; en carrera de persecución entre la oficina y la casa, rodeado de escoltas, como el ministro Rodrigo Lara Bonilla, valiente y desafiante como pocos, o rumbo al aeropuerto, como fue herido el corajudo Carlos Mauro Hoyos, para ser ultimado más tarde “sin su madre, su novia y su Retiro”.

Se han ido en este marzo luctuoso, como el de Julio César. Pacho volverá más pronto, porque no cabe en el pellejo. Ya que se dio a liderar un movimiento caudaloso (que no es cualquier séptima papeleta, aunque tenga la tontería esa de las cinticas) en protesta por el secuestro, debería estar aquí y debería ser protegido al extremo. Si pone a salvo su vida, nadie va a reclamárselo. El mismo ha dicho que está llamado a la acción y que para ella es requisito indispensable permanecer vivo. Argumento incontrastable.

Pero el gobierno debería brindarle la mayor protección, como la de los ministros y la del propio jefe del Estado. Ya veo a mi general Tapias diciendo que no tienen los medios para proteger a cada persona, como no los tienen para cada metro del tubo o para cada torre de energía. El derrotismo televisado de nuestros comandantes y policías aterra y a cualquiera le hace colocar tres camisas más en la maleta de viaje.

En resumen, desalienta que se vayan, pero nadie tiene derecho a impedírselo. En cuanto a los que se quedan, ni siquiera por valentía, sino por fuerza de los hechos, mejor que no asistan “en procesión de flagelantes” a las zonas de distensión (la expresión es de Caballero) y que prefieran morir a tener que pagar rescate por su propia vida trabajada. Rescate que se termina pagando con el producto de ese mismo trabajo. Con lo que acabarían financiando una revolución criminal, que nunca debió ser injusta y cruenta en la consecución de sus fines sociales.

Decir ahora que Santos es enemigo del proceso (es decir, de la paz) por sus campañas clamorosas en contra del secuestro no tiene presentación. Aunque es cierto que tales campañas del ‘¡No más!’ no parecieron tanto un grito de paz, cuanto de guerra (no más secuestros, está claro). Pero si protestar el secuestro es ir contra la paz, como parece sostenerlo uno de los comandantes de la guerrilla, habría que reconocer que tan infame comercio con la libertad y la vida humana es una financiación legítima de la revolución o de la guerra o como se llame. Lo que resulta escandaloso.

Sólo queda por saber con quiénes, en últimas, hará Colombia la paz, de cara a una comunidad internacional, celosa del derecho humanitario. Y cómo va a borrar la sangre de las manos de algunos negociadores de paz.
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