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Opinión

  • | 2011/11/21 00:00

    Los indignados: de aquí y de allá

    La indignación se extiende por Europa y llega al Nuevo Mundo: de norte a sur. Sin embargo, esta vez el sur le da una lección al norte, en claridad conceptual y metodológica, en menos tiempo.

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De tarde en tarde la gente se indigna. Cada cual lo hace a su manera, cuando a su alma se le llena la copa: grita, roba o mata para robar, llora o se suicida. Otros más conscientes juntan sus almas y le dan vitalidad al alma colectiva de una sociedad. Unas veces el alma colectiva obra en la coyuntura, y otras, sueña con procesos estratégicos de más largo aliento, en la búsqueda de un mundo mejor, de una vida más digna. El martes 30 de noviembre de 1999, fue una de esas tardes, cuando 25.000 manifestantes salieron a las calles de Seattle, Estados Unidos, respaldados por sindicatos y ambientalistas, a protestar ante la asamblea de la Organización Mundial del Comercio –Omc–, constituida en ese momento por los ministros de hacienda de los 135 países miembros de ese organismo internacional. Cuatro meses y medio más tarde, el 16 de abril de 2000, en Washington, 6.000 personas protestaron contra la asamblea semestral del FMI y el BM. Y nueve meses después de la protesta de Washington, la indignación fue contra el Foro Económico Mundial realizado en Davos, Suiza, en enero de 2001. Ese devenir de protestas dio origen al Foro Social Mundial, en Porto Alegre (Brasil) en el mismo momento en que los indignados rechazaban en Davos los estragos del mercado global.

Doce años y medio después de lo Seattle, los indignados aparecen, el 15 de mayo de 2011 en la Puerta del Sol de Madrid. La indignación se extiende por Europa y llega al Nuevo Mundo: de norte a sur. Sin embargo, esta vez el sur le da una lección al norte, en claridad conceptual y metodológica, en menos tiempo. Todavía los indignados de Europa y Estados Unidos no saben claramente qué quieren ni para donde van con su indignación. “Los cientos de manifestantes que desde hace unas semanas acampan en un sector público de Wall Street no se ponen de acuerdo sobre qué exactamente les molesta del estado actual de cosas”, escribe desde Nueva York, Adriana La Rotta (El Tiempo, 13Nov/20011). En cambio en Chille y en Colombia los estudiantes saben por qué se indignan y para donde va su indignación: la defensa de la educación pública gratuita y de excelente calidad.

Los estudiantes han escrito mil y una epopeyas: en Europa, en la primavera de 1968; en Estados Unidos, para luchar contra la guerra de Vietnam; en la Plaza de Tiananmen, contra el autoritarismo chino. Ahora, en un proceso dialéctico, entre la exigua minoría de privilegiados que todo lo tienen, y la inmensa mayoría de excluidos, los estudiantes de Europa, Estados Unidos, Latinoamérica y de todo el mundo, volverán a tomar partido por las causas justas. Empero, los estudiantes colombianos, en cuarenta y cinco días de luchas pacíficas, les dieron una lección de ciencia política aplicada, no sólo a sus compañeros generacionales del planeta, sino a los raquíticos partidos políticos y a los ineptos gobernantes de aquí y de allá. De su organización, coherencia conceptual y perseverancia, no tenemos sino que aprender. Nuestros jóvenes indignados están graduados de lúcidos estrategas. Tendremos que pedirle que, por favor lideren la errática reforma judicial, la recuperación de las tierras para los campesinos y el proceso de paz. Y a los de allá, habría que aconsejarles que busquen la indignación donde la dejaron Espartaco y de los héroes de la Comuna de París. La historia les enseñará para donde andar y conducir el alma colectiva de los pueblos.

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