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Opinión

  • | 1990/02/12 00:00

    Los límites de Londoño

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El problema no es, como le oí decir a mi amigo Gossaín hace un par de días en la radio, que al Canciller no lo quieren en Colombia porque no tiene doble apellido. Ni tampoco, como afirmaba un reciente editorial de El Siglo, que el Canciller se presente mal trajeado a los grandes foros de la diplomacia internacional. No. Un Canciller de apellido sencillo, vestido de Everfit, había podido lucirse en el gobierno Barco de no haberse obsesionado con una política antigringa que influyó en el fin del pacto cafetero, que nos ha tenido jugando al Chapulín Colorado frente a Panamá y que por poco desencadena un delicado operativo naval y aéreo de los EE.UU. en costas colombianas.
El coronel Londoño es un hombre bueno, sencillo, trabajador, que sabe de límites, hace diariamente jogging, se ganó su cargo ascendiendo en la carrera diplomática pero que no ha dado pie con bola, diplomáticamente hablando. Veamos:
·Venezuela. La historia se encargará de demostrar que la forma como el Canciller encaró el diferendo con Venezuela nos hizo retroceder varios años en la solución de este viejo conflicto. Aceptando que lo hizo guiado por la legítima preocupación de que los canales diplomáticos para acudir a La Haya estaban a punto de agotarse, inspiró la aplicación unilateral del Tratado de 1939, con lo que se produjo la airada reacción venezolana y la amenaza de invasión a nuestras costas en la Guajira. Los venezolanos nos sacaron corriendo a la corbeta Caldas del paralelo de Castilletes. ¿Y en qué estamos ahora? Otra vez en las conversaciones directas, como lo estabamos antes del incidente, sólo que sin poder navegar en aguas sobre las que reclamamos soberanía. Y sin posibilidad de ponerles un plazo fijo a dichas conversaciones, por que nuestro gobierno ha aceptado que el diferendo con Venezuela no es un problema prioritario.
· El café. Dos años antes de que se rompiera el pacto, los expertos en café ya sabían lo que nos corría pierna arriba. EE.UU. había manifestado su disgusto por la duplicidad de los mercados cafeteros; el café suave no estaba abasteciendo oportunamente los mercados, y Rosembaum, el delegado gringo ante la OIC, jamás había ocultado su espíritu de manifiesta hostilidad hacia el pacto. Todo esto requería un urgente manejo diplomático, no en Londres, sino en Washington. A pesar de ello duramos un año sin embajador en EE.UU. (para no hablar de Londres y de París). Y a partir de ese momento nos embarcamos en una política de abierta hostilidad hacia EE.UU. como veremos a continuación que nos dejó sin argumentos a la hora de salvar el pacto cafetero.
.La moción de censura. Cuando EE.UU. atacó en el golfo Pérsico a un par de aviones libios, antes de que el gobierno norteamericano tuviera oportunidad de esgrimir la tesis de la actitud defensiva, nuestro embajador ante la ONU, Enrique Peñalosa, recibió instrucciones del Canciller para votar una moción de censura contra EE.UU. en el Consejo de Seguridad, lo que equivalía a quedar de aliados de Kadafi, que es el jefe del terrorismo en el mundo. Mientras Argentina y Brasil, más diplomáticos, se abstuvieron, Colombia se convirtió accidentalmente en abanderada de la moción, dizque para moderarla. Nos quedamos con el pecado y sin el género, pero obviamente de enemigos de los EE.UU.
. Panamá. Colombia, ante la extrañeza del Grupo de los Ocho fue el primer país latinoamericano en reconocer al Presidente Solís Palma, títere de Noriega, cuando el General derrocó a Eric de Valle en mayo de 1988. Luego, cuando Noriega se robó las elecciones, el Canciller se dedicó a desayunar en Washington con los embajadores del continente ante la OEA, muchos de los cuales hoy lo culpan de la línea babosa que asumió ese organismo. Tan babosa, que, en últimas, ni presionó lo suficiente a Noriega para irse, ni lo suficiente a los gringos para abstenerse de invadir a Panamá. Y ahora resulta que Colombia no ha reconocido el gobierno del Presidente Endara, porque estamos aplicando una tal doctrina Estrada, según la cual no se reconocen los gobiernos sino los estados. Y Solís Palma, ¿qué?
·El bloqueo. Curiosamente, el operativo naval y aéreo que los EE.UU. planeaban en costas colombianas lo paró la prensa. No la cancillería colombiana. Aquí la noticia la dio el jueves en la noche el Noticiero Nacional. Cuando el Canciller vino a pronunciarse el lunes sobre el asunto, y eso porque una cadena radial lo pescó en la isla de San Andrés, la presión continental era tan grande, que el gobierno norteamericano ya había parado el avance de la flota naval.
Aunque Bush, para disculparse, alegó que la prensa habla hablado equívocadamente de bloqueo, la verdad verdad fue que el operativo sí existió, que quedó temporalmente suspendido y que definitivamente los canales diplomáticos entre EE.UU. y Colombia no funcionaron en este episodio. ¿Será que a los EE.UU., en relación con Colombia, les ha faltado interlocutor?
Pienso que el error fundamental de la diplomacia a la Londoño ha sido uno. No haberse dado cuenta de que para que Colombia ejerza una política de independencia frente a los EE.UU., no hay necesidad de tratar a los gringos como enemigos.
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