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Opinión

  • | 2016/01/18 14:27

    Los liquidadores

    A "Los liquidadores" colombianos, a pesar de que los siguen eligiendo, se les está acabando su tiempo político.

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Víctor del Árbol primero fue seminarista y luego se hizo policía. Como policía le tocó trasladar a peligrosos reos, dirigir tráfico, intervenir en riñas callejeras, asistir a levantamientos de cadáveres y escoltar a políticos como Jordi Pujol, el expresidente de la Generalitat de Cataluña, imputado por un fiscal anticorrupción por blanqueo de capitales. Víctor del Árbol acaba de ganar el codiciado Premio Nadal 2016 con la novela «La víspera de casi todo».

«La gente cree que a los poderosos los mueve el afán de dinero y eso es mentira, el dinero cuando tienes mucho, deja de tener sentido. Los mueve el afán de impunidad, el sentirse por encima de la ley y de la justicia, del bien y el mal», expresó el escritor barcelonés al periódico ‘El Mundo’ de España. La descripción de Víctor del Árbol cae como anillo al dedo a los que desde ahora paso a llamar: «Los Liquidadores». Se trata de una rosca política, empresarial y financiera que se ha atornillado al poder y forrado de dinero a costillas del patrimonio social de la república.

«Los Liquidadores» han sido los mayores destructores de propiedad privada urbana en Colombia. El presidente conservador Misael Pastrana, padre de Andrés, creó en 1972 una trampa financiera llamada UPAC (Unidad de Poder Adquisitivo Constante) en la que quedaron atrapados miles de colombianos. Trecientas mil familias perdieron sus viviendas en la más grande operación de expropiación urbana de la historia de Colombia. Entre 1998-99, según la prensa local, hubo más de dos mil suicidios relacionados con esta tragedia. En 2002 cerca de veinte mil viviendas fueron entregadas a los bancos, al tiempo que se adelantaban unos 150 mil procesos hipotecarios.

«Los Liquidadores» han sido los mayores destructores de propiedad rural en Colombia. El presidente liberal, César Gaviria, inventó en 1990 la llamada «Apertura Economica». El país producía entonces 20 millones de toneladas de alimentos y exportaba 3 millones. La apertura arruinó a los algodoneros del Cesar, a los arroceros de Tolima, Huila y llanos orientales, a los cafeteros del Eje y Nuevo Eje, a los medianos y pequeños productores de leche, cereales, frutas y hortalizas. Millares de agricultores empobrecidos se fueron a la selva para sembrar coca y producir cocaína. Se trató de una operación de liquidación de la agricultura y de liquidación moral del campesinado.

«Los Liquidadores» han sido los mayores destructores de empresas estatales rentables. Según los anales del Estado y fuentes periodísticas, durante los ocho años del gobierno presidido por Álvaro Uribe fueron liquidadas, vendidas y reestructuradas 464 entidades de capital público. Paquetes accionarios de Ecopetrol, Telecom, bancos estatales, empresas de servicios públicos regionales y otras entidades fueron enajenadas sin ninguna muestra de pudor «patriótico». Uribe cerró los hospitales en los que atendían a los pobres y abrió las puertas a la despiadada sanidad privada que luego desfalcaría varios millones de dólares de las arcas públicas a través de EPS (Empresas Prestadoras de Salud) que no eran más que tapaderas de organizaciones criminales.

«Los Liquidadores», liquidaron la navegación a gran escala por los ríos de Colombia y liquidaron la red de ferrocarriles. Liquidaron los tranvías y los autobuses eléctricos. Liquidaron el sistema de vivienda social. Liquidaron los bancos agrícolas y los organismos encargados del mercadeo de alimentos. Liquidaron la Seguridad Social. «Los Liquidadores» están liquidando el patrimonio cultural del país tales como el Carnaval de Barranquilla. «Los Liquidadores» están liquidando los vestigios arquitectónicos de las ciudades para reemplazarlos por parqueaderos y horrorosos centros comerciales.

El «debate» sobre la venta de Isagen es otra tomadura de pelo. Un «debate» cínico porque todos los gobiernos tienen las manos untadas. A «Los Liquidadores», a pesar de que los siguen eligiendo, se les está acabando su tiempo político. Hacen parte de una generación de políticos que no merece seguir gobernando porque sólo han pensado en sí mismos. Allí está «La Franja Amarilla» que, describe William Ospina en su premonitorio ensayo, esperando las palabras correctas, la gente adecuada y la organización apropiada para conectarse con el cambio y vivir el destino a su manera.


Yezid Arteta Dávila
En twitter: @Yezid_Ar_D
Blog: https://yezidarteta.wordpress.com/author/yezidarteta/

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