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Opinión

  • | 2011/08/13 00:00

    Los mensajes a la guerrilla

    Ojalá estas viejas insurgencias no dejen pasar esta otra oportunidad que les brinda la historia.

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Menudean los mensajes a la guerrilla. Menciono algunos. La carta de Medófilo Medina a Alfonso Cano diciéndole que las Farc no han sido un factor de cambio en la guerra, pero pueden serlo en la paz. La de Francisco Galán al ELN, señalando que antes de acudir a una mesa de negociación tienen que definir con claridad su intención de abandonar las armas. La petición de liberación de los secuestrados de Piedad Córdoba a las Farc. El llamado del presidente Santos a los insurgentes para que se vengan a la vida civil a contribuir con las reformas.

Veo que estas personas tienen la esperanza de que recibirán una respuesta positiva a sus admoniciones. Sus razones tendrán. Quizás han visto señales de una guerrilla convencida de que llegó la hora de la reconciliación. Quien más me sorprendió fue Santos. En su corta alocución televisada, habló como si ya tuviera una propuesta seria de negociación de parte de los jefes guerrilleros y quisiera señalarles un lugar en la vida política colombiana.

No soy tan optimista. He examinado uno por uno los pronunciamientos de los dirigentes de las Farc y del ELN en los últimos meses y no veo que ellos registren con claridad los cambios que están ocurriendo en el país. Solo en algún pronunciamiento, Cano se refirió a la Ley de Víctimas y a la restitución de tierras como una esperanza para la reconciliación.

Hablan como si aún estuviéramos en el gobierno de Uribe. No perciben el cambio de ambiente. No se dan cuenta de que se está fraguando una dura lucha entre un sector de la dirigencia nacional que quiere avanzar en la modernización del Estado, frenar un poco la corrupción e intentar algunas reformas económicas y sociales; y otro sector que persiste en sus nexos con la ilegalidad y se niega a transformaciones elementales de la vida nacional.

Quiero equivocarme en esto. Pero me preocupa que las Farc, habida cuenta de algunos pequeños éxitos militares, vuelva a ilusionarse con la recuperación de su fortaleza estratégica; y que el ELN sueñe con un nuevo protagonismo militar en las fronteras y en las zonas de explotación minera y petrolera aprovechando el boom de este sector económico. No sería la primera vez que la guerrilla va tras una quimera.

Las guerrillas aún no tienen el realismo suficiente para darse cuenta de que una decisión sincera de terminar la guerra y firmar una paz duradera contribuiría a aislar a la extrema derecha que, apelando a la violencia ilegal y a las relaciones con las mafias, se apoderó de enormes riquezas y del poder político en muchas regiones del país. La misma que produjo el tenebroso baño de sangre que contabiliza hasta el momento más de 170.000 muertos y 35.000 desapariciones.

En medio de un verdadero proceso de paz podrían dedicar sus fuerzas a la organización de las víctimas y de los campesinos que acudirán a la reparación y a la restitución y distribución de tierras. La gran movilización social que se desatará con ocasión de las transformaciones agrarias serviría de cobijo para un ingreso decoroso de las guerrillas a la vida civil.

Un compromiso sincero de paz, en estos momentos de protagonismo de las víctimas y de exaltación de la reconciliación, no exonera a los guerrilleros de acudir a las instancias de verdad, justicia y reparación, pero servirá para que la sociedad mire con ojos generosos su ingreso a la vida civil. En las últimas semanas se ha empezado a hablar de una nueva legislación para la paz, y una señal cierta de negociación ayudaría mucho para que el gobierno y el Congreso consagren normas que faciliten el proceso.

¿Perciben esto los jefes guerrilleros? Quienes han firmado las cartas parecen entender que algo está ocurriendo en el seno de las organizaciones guerrilleras. El propio presidente Santos ve alguna luz en este sentido. Ojalá sea cierto. Ojalá estas viejas insurgencias no dejen pasar esta otra oportunidad que les brinda la historia.
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