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Opinión

  • | 2003/03/01 00:00

    LOS NOMBRES DEL LEVIATAN Discurso e ideología del conflicto armado

    El académico Fernando Estrada elaboró el documento 'Los nombres del Leviatán, discursos de la guerra en Colombia', con el cual pretende hacer entender el conflicto armado por el que atraviesa el país. Lea una síntesis del autor y conozca su obra completa.

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Los esfuerzos empleados para comprender la guerra en Colombia requieren destreza analítica. El duro realismo con el que chocan las teorías se vuelve desafiante y los investigadores hacen y rehacen sus elaborados trabajos sobre una superficie áspera. El realismo parece comprender una virtud. No representa solamente una negación de la libertad, como bien lo sostiene Michael Walzer, sino que supone también la negación del sentido del argumento moral. La guerra lleva consigo sus propios sistemas de valoración, de cálculo, de medida.

Walzer dice argumento moral, pero se puede alegar lo primero sin modificación alguna del tema. La guerra parece negarle lugar a lo humanitario, la guerra es irracional, se dice. En Colombia los guerreros presentan este tipo de realismo. El 'Mono Jojoy' repite que "sólo los fusiles imponen el respeto". Todo ello parece sugerir que la repetida manifestación de las violencias generadas por el conflicto armado proviene brutalmente, sin más, de ciegos motivos. Porque la guerra parece justificarlo todo. Pero no. Nadie queda satisfecho con semejante respuesta. La reivindicación de un acto violento va siempre con su discurso. Guerra y discurso son caras de una moneda. Esta es mi tesis principal.

Si la guerra sólo verifica las acciones de acuerdo con los intereses de sus protagonistas, si sólo refleja los temores encontrados y las intrigas, entonces hablar de derechos humanos, justicia o paz, no sería más que pura retórica. Los diálogos sobre la posibilidad de una negociación y los reclamos por condiciones mínimas de justicia no podrán referirse a un motivo sensato. Nada tendrá más sensatez que el disparo de un fusil. En una guerra de extremos, las ventajas las obtiene el experto en Clausewitz. La guerra es la perpendicular de los absolutos.

Visto así, el conflicto armado colombiano comprende una incomunicación enajenante. No hay diálogos porque las palabras no tienen referencias claras, ni definiciones ciertas o implicaciones lógicas. Se aplica a la perfección una receta ya prevista por Thomas Hobbes en el Leviatán, en el sentido de que el lenguaje que se utiliza por parte de los guerreros "siempre se utiliza con relación a la persona que usa las palabras", algo que expresa los apetitos y miedos de la persona y nada más. Con los argumentos de justificación, que pueden ser tan variados como quienes los sustentan, se teje una condición relativa de los valores. Cada amigo como cada enemigo corresponde a la medida de mis intereses. Matar es asunto de conveniencia.

Este aspecto central de la guerra en Colombia ha pasado hasta ahora inadvertido, aunque se hayan adelantado estudios preliminares sobre el vocabulario del conflicto. Estos trabajos de diccionario no tienen el alcance teórico necesario para colocar los discursos de la guerra en una perspectiva analítica, en un contexto más universal de mundos en disputa, cosmovisiones e ideologías en pugna. Que la guerra se define también en los discursos, que los guerrilleros y paramilitares son retóricos, que se requiere desarrollar una pragmática del lenguaje para comprender la hondura de los engaños y trampas, es lo que he desarrollado en la investigación. Concebimos la guerra como una compleja red de acciones combinada con argumentos y estratagemas retóricas. La guerra en red del discurso y las ideologías que se trafican con la palabra.

Una cita de Thomas Hobbes parece confirmar nuestra tesis. Dice el pensador moderno con respecto a los nombres de las virtudes y los vicios, de su "significado incierto".

Porque uno llama sabiduría a lo que otro denomina miedo; y uno crueldad a lo que otro cree justicia; uno prodigalidad a lo que otro considera magnanimidad (?) etc. Y, por consiguiente, estos nombres jamás pueden ser el fundamento de ningún razonamiento

"Jamás", diremos en Colombia, hasta que un comandante paramilitar o insurgente, que funge como autoridad lingüística en variadas ocasiones, fije los significados del vocabulario que se debe usar. "Secuestro" puede ser una palabra "tipo" para identificar en concreto este principio. En pueblos y municipios, en regiones campesinas e indígenas, en comunas y ciudades, la guerra impone un "jamás" hobbesiano que torna más difícil hallar la salida del laberinto. Unificar este lenguaje resulta un desafío analítico de primer orden. Las autoridades de la guerra determinan las unidades de conveniencia para los significados de un hecho y los hechos sumados estarán condicionados por una ideología con un lenguaje peculiar. Cómo desentrañar las lógicas propias de la red discurso-guerra en Colombia. Mi investigación responde a este problema.

La guerra es el reino de la incertidumbre, decía Clausewitz, o únicamente un ejemplo extremo de la anarquía de los lenguajes que se emplean para su justificación. Esto es más veraz en Colombia, y lo es sobre todo en una época en la que las posibilidades de acercamiento entre el gobierno y la guerrilla son más lejanas. En medio de una severa escala de acciones y ataques con "carros bomba", "bicicletas bomba" "pipetas bomba", cuando el discurso sobre la seguridad ciudadana del presidente Uribe encuentra el momento más crítico de réplica en el sur del país, en el departamento de Arauca. Incertidumbre es lo opuesto a seguridad y protección.

Que se comprende mejor el accionar de la guerra en la guerra o que sólo podremos explicar lo que han dicho los insurgentes y paramilitares si somos capaces de ver a través de sus "justas pretensiones", traduciendo su discurso e ideología al campo más contundente de los fusiles y la dinamita. Cuando los insurgentes insisten en que su causa es justa, sólo quieren decir lo que han repetido, que no quieren ser siervos del poder sino sus portadores. Raúl Reyes, lo repitió en Buenos Aires para el diario El Clarín: "No queremos ser parte del Estado, somos Estado". Nada parece indicar que otra cosa piensen los miembros del Ejército de Liberación Nacional.

Los hechos duros de la guerra poseen fuerza disuasiva porque se afianzan en una común experiencia de duelo y de pérdida. Y las experiencias de dolor conllevan al desacuerdo moral: los duelos, los daños y la barbarie se tornan exasperantes. Sin embargo, todo este realismo patético resulta incapaz de abordar en su hondura la experiencia que el conflicto armado, así como incapaz de explicar su naturaleza definitoria y distintiva. El caso se ilustra en mi investigación con afirmaciones de insurgentes y paramilitares alrededor del secuestro y la pesca milagrosa o la ley de tributación de las Farc. Si Hobbes viviera en Colombia escribiría más o menos así: "Y uno (llama) secuestro a lo que otro llama retención", "Uno llama guerra a lo que otro cree la paz". Por supuesto que no se trata en absoluto de una discrepancia de significado sobre las palabras.

Siguiendo una renovada práctica de la filosofía del lenguaje los problemas de entendimiento entre los seres humanos están relacionados en la manera como conectan las palabras con el mundo. Tema que rodeó parte de la obra de Thomas S. Kuhn. ¿Cómo interpretar lenguajes que corresponden aparentemente a mundos distintos? No muy lejos, ¿Cómo es posible el diálogo frente a un conflicto si las personas dicen cosas diferentes frente a objetos semejantes? En nuestro caso el supuesto no es engañoso. De no haber existido significados compartidos, no habría podido darse ninguna clase de debate sobre los temas y problemas del país. Extensivamente, con todos sus aciertos o desaciertos, los procesos de negociación política de la guerra parten de un reconocimiento implícito sobre el poder. Se trata de una división del poder político, que apunta, cierto, a unos problemas de inequidad social, de venganzas, de intereses, de estrategias. Colóquense cuantos adjetivos se quiera, el problema del poder está justificado con unas ideas y con unos discursos. Discursos sin los que nada de lo anterior resulta comprensible.

No es necesario proseguir en esta línea de análisis. Pero hay una respuesta obvia que contraponer a los defensores a ultranza de un conflicto y una guerra absoluta entre colombianos; una réplica relacionada con la posición de las mujeres y los niños en la guerra. Esto significa acaso el despliegue de unos términos morales ineludibles ("inocencia", "humillación", "compasión"), no es tan sólo el significado de las palabras. El problema principal no son las definiciones sino las descripciones y las interpretaciones. Guerrilleros o paramilitares, civiles o militares comparten un vocabulario moral y también participan con él en diversas instancias de la vida pública o privada. Las discrepancias surgen cuando se trata de hallar un consenso para aplicar las palabras a los casos concretos. La guerra pervierte los significados y los significados pervierten la guerra.

En los procesos de negociación y los diálogos las diferencias resultan como parte de los distintos intereses y las fuerzas en contraposición, los temores, las intrigas, los rumores. Pero también existen otras causas que nos ayudan a explicar los complejos y disparatados modos en que los agentes de los numerosos conflictos (incluso en el caso de tener intereses similares: Farc-ELN) buscan justificar su propia posición frente al país, defender sus concepciones y sus propias formas de comprender las realidades del país. Esto significa que la lucha por sus intereses provoca una postura moral y política. Quiere decir también que en la justificación ideológica de sus causas existen dificultades de percepción e información (que generalmente se producen en la guerra como en la política), de modo que no es de extrañar que surjan controversias en torno a los "hechos sucedidos".

Como se demuestra en mi investigación, en el caso de la guerra en Colombia, se cuenta con variadas ilustraciones para ratificar este juicio. Existen notables diferencias, incluso en el peso concedido a determinadas acciones, el secuestro, por ejemplo; el tributo, otro ejemplo. La política, la promesa, la declaración, y así hasta insignificantes aspectos descriptivos de las condiciones de la vida en común se vuelven de pronto motivo de graves desacuerdos. ¿Quiénes son "realmente" los jóvenes que custodian una escuela en la zona declarada para las negociaciones? ¿Policías? ¿Ejército? ¿Jóvenes bachilleres? La interpretación que dio, por entonces, el secretariado de las Farc los identificó como "una amenaza de naturaleza militar", y los diálogos no se iniciaron hasta que los jóvenes bachilleres no desalojaron la escuela. Existen compromisos y obligaciones que entran en conflicto y fuerzan un violento antagonismo pese a que las partes en una mesa de negociaciones sean capaces de comprender el fundamento de las posiciones del otro. Basta recordar los discursos de Sabas Pretelt o de Jorge Visbal ante los miembros del secretariado. Todo esto es significativo para tener en cuenta el fracaso de las negociaciones: es algo que convierte la moralidad y la política en un mundo de querellas a veces inspiradas por la buena fe como en un mundo proclive a la ideología y a la manipulación verbal.

En cualquier caso como ha quedado demostrado en los recientes diálogos con las Farc, las posibilidades de manipulación son limitadas. Tanto si el insurgente habla de buena fe como si no es así, no puede decir simplemente lo que le parezca. El discurso moral o político, como dice Walzer, es coercitivo: una cosa lleva a la otra. Quizá fuera la razón por la que, mientras el gobierno Pastrana evidenció precipitud en numerosos casos, la insurgencia se mostró casi siempre discreta. Una guerra que se considere injusta no es, parafraseando a Hobbes, una guerra que se desapruebe. Si la causa paramilitar no recibiera desaprobación por una mayoría de colombianos, Carlos Castaño no estaría alegando la necesidad de su continua lucha contrainsurgente. De este modo, cuando los actores del conflicto armado en Colombia afirman la causa justa de su lucha, afirman también que han sido atacados o que han sido víctimas ("A mí me forzaron a meterme en la guerra", subrayó Carlos Castaño, ante Claudia Gurisatti en el programa La Noche de RCN Televisión)

Cada una de estas aserciones posee sus propias implicaciones, lo que nos prepara progresivamente para entender la esfera discursiva en la que se desenvuelve el complejo tejido de la guerra y la política que le sirve de sustento. Esta aproximación contrae necesariamente el asunto de la guerra a un sustrato específico que, aquí creemos, es significativo para determinar incluso los fracasos en su negociación.

Si queremos comprender el discurso de la guerra en Colombia no es preciso que su traducción se realice sólo por los intereses de quienes participan en ella: la justificación de la misma está más allá, en la forma como insurgentes o paramilitares se refieren con sus acciones al mundo real. Qué sea una justificación de un acto de guerra no es cosa sólo de los guerreros, hace parte también de la responsabilidad compartida que tenemos para comprenderla los ciudadanos comunes.

Los nombres del Leviatán no es un titulo caprichoso. En la obra seminal de la teoría política moderna: El Leviatán, Thomas Hobbes sugiere pensar el problema del poder político y el Estado desde un juego estructurado de metáforas e imágenes. La arquitectura de la política va precedida de una imaginada metáfora original, la condición natural de los hombres es su comportamiento egoísta. Cada uno sólo procura su bienestar y las ventajas que pueda conseguir de los demás. La definición de principios importa muy poco, todo es motivado por el impulso, los deseos, la voluntad de poder. Esta voluntad llevada a sus últimos confines es la condición de supervivencia. Si el afán es conservar la vida, los demás pueden ser una amenaza. En realidad, enemigos, y no hay lugares intermedios, a los enemigos se les aniquila. La muerte se vuelve una necesidad generalizada de la condición natural. La relación con el mundo es directa, importa sólo aquello que mantiene las defensas de la vida. Los nombres y las palabras para llamar a los objetos y a los demás hombres, son meramente convenciones caprichosas. Los nombres corresponden a un desorden natural de la realidad y, ésta misma se evapora.

* Director del Seminario Problemas Colombianos Contemporáneos UIS

Escuela de Economía

Enero de 2003

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