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Opinión

  • | 2011/07/18 00:00

    Los nombres de la derrota

    Se cerró para Colombia la Copa América con un resultado más que previsible para los que en este país no tragan entero.

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Se cerró para Colombia la Copa América con un resultado más que previsible. Tal vez no para quienes se vieron campeones por haberle ganado a Bolivia y Costra Rica. Tal vez tampoco para los que de entrada menospreciaron al rival, desconociendo que este si había jugado un grupo serio.

Previsible sí para los que en este país no tragan entero, para los que tienen memoria y para los que vienen viendo cómo Hernán Darío Gómez, salvo su discutible paréntesis ecuatoriano, viene del timbo al tambo desde que llevó a la mejor generación de futbolistas colombianos –que ya tenía dos mundiales encima-, a aprender en Francia 98.

Bolillo no juega, la incapacidad es de los jugadores. Bolillo no tiene la culpa de que el goleador de la Europa League desvíe una pena máxima o de que “Neco” Martinez -el otro villano de turno- no haya sido fundamentado para salirle a una pelota. Bolillo no tiene la culpa de que los avances de sus laterales sean infructuosos, ni tampoco de la mala suerte, del estado de la cancha, de que la Copa América sea solo un escalón hacia les eliminatorias o de que simplemente seamos “de malas”.

Bolillo, al parecer, no tiene la culpa de nada, y por risible que suene pueden buscarse otras mil excusas fáciles –y que podrían sonar coherentes- para justificar un fracaso que tiene nombres propios, aunque se hagan los de la vista gorda quienes llevan más una década inflando el globo del fracaso del fútbol colombiano, mientras se dilapida una generación, que sin ser brillante podría dar muchas satisfacciones.

Esos nombres, por supuesto no son los de Falcao García o Neco, a quienes Bolillo sería capaz de defenestrar – si lo llega a necesitar- con tal de aferrarse al puesto, y quienes ante la falta de carácter y dignidad de su técnico, lamentablemente, terminarán siendo los únicos sacrificados de toda la debacle.

Tampoco es el de Dayro Moreno, a quien se ha responsabilizado de no poderle ganar a Argentina. Ni siquiera es Teófilo Gutiérrez, de quien se atisban rumores de vestuario que no deben sorprender a nadie, pues ya sus carencias como profesional fueron ampliamente conocidas luego de su paso por el fútbol turco.

Los nombres, en cambio, son los de Hernán Darío Gómez, quien con un equipo lleno de individuales ostensiblemente superiores a las peruanas no logró imponer un planteo –y ni siquiera hacer unos cambios oportunos- que le permitiera cerrar un partido sobradamente ganable en los 90 minutos.

Los nombres son los de Francisco Maturana, quien con la arrogancia que lo caracteriza, -que a estas alturas ni siquiera se ve odiosa sino ridícula- cree que puede ser Manager de las selecciones nacionales, cuando hace muchos años ni siquiera es capaz de dirigir un equipo dignamente, sin tener siquiera el gesto de grandeza de dar un paso al costado.

Los nombres son los de la dirigencia nacional que siguen buscando la salvación en quienes dieron algunas alegrías al país hace 20 años, sin darse cuenta de que el fútbol ha cambiado y evolucionado, que los árbitros ya no visten siempre de negro, Yugoslavia y la URSS ya no juegan, el Pibe se retiró y “El Patrón” se murió.

Y entre todos, Luis Bedoya, quien desde hace años, con su magnífica forma de eludir cada uno de los episodios en su fracasada gestión, viene haciendo méritos en el concurso por la cara más dura del país. Tan dura que hasta puede que Santos lo termine nombrando embajador en Roma.

Pero ante todo, la culpa es de todos nosotros, de todo un país poco exigente, de un país que toca el cielo con las manos por ganarle a los juveniles de Costa Rica, por empatarle un amistoso a México en Miami, o por no hacer el ridículo contra España jugando debajo de los palos.

La culpa es de un país que vive con la eterna esperanza de que todo está en camino de mejorar cuando va de mal en peor hace 15 años. Pero ante todo de un país que cree que la clave del éxito está en la suerte y el verso más que en la planeación y el trabajo serio. Después de todo el trabajo es para los bobos. Que trabajen los bobos como Markarián.

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