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Opinión

  • | 2011/01/31 00:00

    Los nuevos godos

    El 'nuevo victorianismo' no es más que un eufemismo para referirse a un temperamento nada novedoso, y mucho menos neutral, el de los mismos godos de siempre.

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El último número de la revista Arcadia, en su editorial, trae una sugestiva reseña del perfil que algunos sociólogos occidentales han venido a llamar el ‘nuevo victorianismo’. Siguiendo a Arcadia, se trata de “(…) un conservadurismo ingenuo, que no se reconoce como tal”, y cuyos representantes, las nuevas generaciones, no son ni pragmáticos, ni dogmáticos en exceso. “(…) Es que no son excesivamente nada”, enfatiza el editorial, tan solo buscan gozar de seguridad y prosperidad.
 
Arcadia aclara que no busca criticarlos, sino “(…) consignar el asombro que produce en el mundo de la cultura, en las generaciones adultas, esa precoz ambición de orden y capacidad de consumo que parece ser un rasgo definitorio de este tiempo”. Creo que la revista peca de neutral. De una neutralidad que, en su derecho, asume, pero que de un modo poco acertado atribuye al mundo de la cultura y de las generaciones adultas e, incluso, a los mal llamados ‘nuevos victorianos’.

Más que de asombro, es este un perfil que bien entendido no deja de ser motivo de preocupación –un entendimiento del que, valga decirlo, el mundo de la cultura no puede estar al margen–. De un lado, porque el ‘nuevo victorianismo’ no es más que un eufemismo para referirse a un temperamento nada novedoso, y mucho menos neutral: los mismos godos de siempre. De otro, porque en efecto es este el temperamento que caracteriza cada vez más a nuestra juventud.

Hablamos de jóvenes que, sin despeinarse, buscan resolver su vida en el menor tiempo posible. No se comprometen con nada más que con sus propios proyectos: una profesión próspera, un matrimonio ‘feliz’, una vivienda óptima y cuanto objeto consideren necesario para llevar una vida cómoda. Muchos preguntarán: ¿y qué hay de malo en tan mesurados y nobles objetivos, no son acaso lo que todos queremos? Si bien creo que la pregunta es justificada y que, en cierta medida, parece ser este el proyecto de vida que todos deseamos, pienso que sí hay algo de malo aquí.

De una u otra manera, la gran mayoría de nuestros padres hizo parte de la revolución de mayo del 68. Ya viejos, sin embargo, hasta los más bohemios terminaron sucumbiendo a lo que se enfrentaron: la sociedad de consumo. No se han cansado de repetirles a sus hijos, una y otra vez, que espabilen, que el mundo no es nada fácil. Los han educado insistiéndoles en la necesidad de mesurarse en su comportamiento y de resolver sus vidas a la mayor brevedad posible. No debería ser motivo de sorpresa, entonces, que sean los mismos hijos quienes, hoy, resulten más conservadores que los adultos. Es obra de las generaciones adultas, en gran parte, la obra de muchos espíritus liberales –arrepentidos, en algunos casos, fracasados, en otros– y, por supuesto, de los viejos conservadores.

Es cierto, sí, que la mesura es una virtud, no un vicio. Pero una mesura integral y no una que, como es el caso aquí, tan solo lo es en el gasto y en todo aquello encaminado a mantenerse a flote dentro del sistema. Porque si bien Arcadia señala que los nuevos victorianos no son “excesivamente nada”, yo creo que sí lo son, por lo menos, en un aspecto: su interés propio. Los nuevos godos (para llamar a las cosas por su nombre), no son nada asépticos, no piensan más que en ellos mismos y, así, más que un vicio es esta supuesta mesura uno de los peores males de nuestro tiempo.

Por supuesto que debe ser motivo de preocupación el egoísmo exacerbado y anacrónico de las nuevas generaciones. Exacerbado, digo, porque siendo el interés propio el motor principal del capitalismo, quien realmente quiera vivir bien dentro del sistema no puede hacer más que entregarse de lleno a ese interés. Anacrónico, porque no deja de ser paradójico que en una época caracterizada por el inminente peligro de la escasez e, incluso, de la carencia natural la consciencia social sucumba frente a la individualidad.

Es obra nuestra. Preocupados por la prosperidad de nuestros hijos, los hemos educado para que, en política, no se desenvuelvan más que en el oportunismo, y para que se desentiendan de la consciencia social justificándose en que es este el estribillo propio de los peligrosos ‘mamertos’. Los hemos convertido, así, en personas cobardes y resignadas, sin mayores iniciativas para hacer de éste un mundo mejor.

Nunca dejará de ser claro que todos queremos vivir bien, y que no es posible hacerlo generando miseria alrededor. Para algunos, sin embargo, como los nuevos godos, cada vez es menos claro que el bienestar propio implica el bienestar ajeno.

Twitter: Julian_Cubillos
 
*Magíster en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia y profesor Catedrático de Humanidades de las universidades del Rosario y Jorge Tadeo Lozano.
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