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Opinión

  • | 2001/11/05 00:00

    Los pantalones de Pastrana

    Lo taquillero hubiera sido ceder a la opinión pública y los militares. Pero frente a la prórroga Pastrana ha mostrado coherencia de estadista

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Para el momento de escribir esta columna (viernes) al país lo había invadido el indignado presentimiento de que la zona de despeje iba a ser prorrogada a pesar de las recientes atrocidades de la guerrilla.

Muy pocas voces se escucharon a favor de dicha prórroga. Salvo por la posición casi solitaria y muy valiente de los dirigentes conservadores Carlos Holguín y Roberto Gerlein —más meritoria aún si se tiene en cuenta que se hizo pública durante el superdebate de la semana pasada del senador Germán Vargas que no dejó piedra sobre piedra en la zona de distensión—; salvo también por un confuso editorial de El Tiempo del jueves que sostenía que “no pero que sí”; y salvo por las sensatas palabras del candidato Luis Eduardo Garzón, casi todo el resto del país consideraba escandalosamente inadmisible que se prorrogara la zona de despeje en las mismas condiciones actuales, como si aquí no hubiera pasado nada.

Pero era más que obvio que el Presidente lo iba a hacer, contra los deseos de la opinión pública y contra la furia de los militares. Y que lo iba a hacer con la misma terquedad que lo ha caracterizado en los peores momentos de este proceso, cuando todo ha parecido perdido y el Presidente resuelve echar para adelante. Así fue cuando las Farc condicionaron el proceso a la expulsión del Batallón Cazadores y Pastrana lo aceptó. Así fue también cuando las Farc sacaron de la zona hasta el último representante de la rama judicial y Pastrana lo aceptó; y así fue cuando las Farc ‘mamaron gallo’ con la comisión de verificación internacional, y Pastrana lo aceptó. En cada uno de esos incidentes parecía que mantener vivo el proceso era imposible, pero la terquedad del Presidente continuó imponiéndose. Vuelve a suceder ahora, mientras una opinión pública muy enemiga de Pastrana lo acusa de no tener carácter ni pantalones frente a los abusos de Marulanda y sus secuaces.

Pero a mí, con mucha pena, me parece todo lo contrario. Que a Pastrana le sobran pantalones. Puede que lo que le falte en muchas ocasiones sea criterio. O conocimientos —hay quienes sostienen incluso que es el Presidente menos preparado de la historia de Colombia—. O que le falte disciplina personal, como dice el ex presidente Gaviria. Puede que hasta no tenga la razón en la terquedad que le mete a salvar la zona de despeje contra el clamor nacional —porque, eso sí, al 99 por ciento del país, en el que me incluyo, le “saca la piedra”—. Puede, sí, que en eso esté equivocado, y que la historia termine juzgándolo por haberse dejado ‘bailar’ de ‘Tirofijo’. Pero lo que a Andrés Pastrana si no le falta son pantalones. O, para utilizar una palabra poco utilizable por una dama, cojones.

Lo fácil y taquillero hubiera sido haber cedido a las presiones de la opinión pública y de los militares. Pero frente al tema de la prórroga, que es probablemente la materia más trascendental de la historia contemporánea de Colombia, Pastrana ha demostrado una fortaleza y una coherencia de estadista. Estos atributos son frecuentes en la personalidad de los grandes líderes políticos, condición de la que nadie en Colombia se atrevería a graduar por estos días al Presidente.

Los pantalones de Pastrana no garantizan que dicha prórroga no resulte siendo un fracaso monumental. Sin embargo las razones que lo inspiran son muy respetables: no hay guerras eternas, pero lo que sí ocasionaría romper la zona de distensión sería un retraso de muchos años en el proceso de deseternizarla.

Sólo un hombre de pantalones se atrevería a tomar una decisión tan impopular, mientras al mismo tiempo no sólo tiene que aguantarse a toda la clase política recriminándolo violentamente por la situación que atraviesa el país, sino además aguantarse la convivencia con su grupo social, actualmente compuesto en su mayoría por fanáticos de Alvaro Uribe. Casi todos aquellos que lo apoyaron en las elecciones de hace tres años hoy componen las filas del uribismo y se refieren al Presidente en los términos más irrespetuosos posibles. La última muestra de humor bogotano ha sido la de poner a circular un ‘mail’ en el que aparece el personaje de la telenovela El Inútil con la cara de nuestro Presidente.

Vuelvo y lo repito: aguantar una presión más grande que la de ‘Tirofijo’ —frente a la cual se acusa al Presidente de carecer de carácter— es enfrentar a una opinión pública frustrada que pide a gritos la guerra, y la recuperación de la zona de distensión: eso implica carácter de sobra.
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