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Opinión

  • | 2006/12/08 00:00

    Los paras y el gatopardismo

    QUIENES ESTABAN ATERRADOS PORQUE SE SUPIERA LA VERDAD DE LOS TENTáCULOS PARAS MONTARON ESTE APARATOSO Y CONFUSO ACTO DE FUERZA

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El gatopardismo es un mal de las sociedades atrasadas, dominadas por un lado por la antigua casta de los terratenientes (con ese aire señorial que da ser el dueño de la tierra), y por el otro por el poder de la mafia. En estas sociedades el Estado es débil y debe pactar con ambos poderes, sin lograr dominarlos, y más bien se deja dominar en parte por esos poderes factuales. Esa era la situación

de Sicilia hace un siglo y medio, y hace 100 años, y hace 30. Y también esta es la situación de buena parte de Colombia, cogobernada entre los viejos ricos propietarios de la tierra y los nuevos ricos mafiosos y terratenientes (en donde caben los narcotraficantes típicos, pero también los atípicos, es decir, autodefensas y guerrillas).
Un conocido politólogo define así el gatopardismo: “Es la actitud de quienes, calladamente opuestos al cambio, paradójicamente, promueven el cambio para que, justamente, nada cambie”. La expresión viene de una magnífica novela siciliana, El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Allí uno de los personajes, Tancredi, pronuncia la célebre frase: “Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi”, es decir, “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”. Y poco después lo confirma de distinta manera otro personaje, don Fabrizio: “e dopo sarà diverso, ma peggiore”, o sea, “y después será distinto, pero peor”.

Una de las pocas cosas que a mí me parecían buenas del gobierno Uribe era que al fin el Poder, aquí, parecía poderoso: había un tipo al mando que inspiraba respeto y no se le podía mamar gallo. Pero qué va, todo es la misma pantomima de poder, que se resuelve en burla, en acomodamientos, en “se obedece pero no se cumple”. Actos simbólicos de aparente poder donde el gobierno muestra los dientes, pero los muestra, precisamente, para que nada cambie, para que todo siga igual que antes. Para que las estructuras de la propiedad de la tierra y del poder corrupto permanezcan intactas.

Esto del encarcelamiento súbito de la cúpula de las AUC es un típico ejemplo de gatopardismo. Un escándalo que parece revolucionar el proceso de paz con los paramilitares, un cambio de actitud que lanza el mensaje de que el gobierno al fin se ha puesto los pantalones, un cambio aparente que revuelve al país entero, una crisis violenta que acapara todos los titulares y de paso desvía la atención del único cambio verdadero que se estaba fraguando: desenmascarar no a los bandidos (que ya no tienen máscara y tienen razón al decir que les están incumpliendo los pactos), sino a los políticos, a los militares y a los dueños de las tierras, que son quienes verdaderamente contrataron, dirigieron y auspiciaron a los grupos paramilitares. Es necesario sacrificar a los comandantes nominales, para proteger a los comandantes en la sombra, los que velarán desde el poder para que nada cambie, para que todo en el fondo siga igual.

Escribo esto el 7 de diciembre y es difícil saber adónde conducirá el conejo que el gobierno les puso a los líderes desmovilizados de las autodefensas. ¿Veremos el tamaño de su fuerza, su capacidad de intimidación violenta, volveremos a los años del chantaje de Pablo Escobar mediante actos de terror? El proceso de paz parece al borde de un aborto sangriento y podríamos sumirnos nuevamente en una guerra de mediana intensidad con varios grupos terroristas y con muchos muertos. El viejo frente de las Farc, y un nuevo frente con los jefes paramilitares que se sienten humillados y ofendidos, hasta que los liquiden. El más poderoso cartel de la droga enfrentado al Estado.
Pero, sobre todo, la verdad de fondo olvidada, no dicha, la limpieza necesaria, postergada o silenciada. El país, se nos dirá, tiene que marchar unido como una sola mano contra todos los facinerosos de distinto origen. Pero ya nadie hablará de los facinerosos que sólo aparentemente no matan y que se escudan detrás de las corbatas, las buenas maneras y los limpios uniformes verdeoliva, en el Congreso y en los cuerpos armados.

Quienes calladamente estaban aterrorizados de que al fin en Colombia se supiera la verdad de los tentáculos paramilitares, los que no querían que se supiera hasta dónde están incrustadas las mafias y las autodefensas; quienes se aterraron de que los bandidos quisieran al fin revelar los nombres de sus cómplices y sus asesores dentro del poder civil, en el estamento militar y dentro de la clase terrateniente, montaron este aparatoso y confuso “acto de fuerza”, esta revolución aparente, este supuesto cambio absoluto, estas acciones que tendrán en vilo al país durante meses, para que ese momento de verdadero cambio nunca se dé y se olvide. Puro gatopardismo de la peor especie.
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