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Opinión

  • | 1996/09/02 00:00

    LOS PARTIDOS PARTIDOS

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Dentro de dos años la situación política que va a encontrar el país en las elecciones presidenciales va a ser la más enredada de la historia reciente. No parece aventurado, a pesar del tiempo que falta para eso, afirmar que el liberalismo y el conservatismo estarán divididos de manera irremediable. Tras el tema de la vicepresidencia está escondido el gran debate entre fracciones del liberalismo. Como siempre en Colombia, lo que se habla en el discurso público es una cosa y lo que se quiere decir, otra. Las diferencias entre el presidente Ernesto Samper y el vicepresidente Humberto de la Calle no son pequeñas. Ellos no se quieren, pero el cariño no es definitivo en política. Desde la campaña electoral era un secreto a voces que no había química entre los dos compañeros de tiquete electoral. La razón era clara. Durante la campaña para escoger al candidato liberal se vio que la diferencia de contenido de los programas de cada uno de los dos liberales era gigantesca, y además el tono de ese enfrentamiento fue muy duro. Pero eso fue apenas el comienzo. Desde el día de la elección, y a medida que se iba metiendo el país en el tema del proceso 8.000, para las personas cercanas al Presidente (y supongo que para el propio Samper) De la Calle hacía parte de la conspiración. Eso enfrió aún más la relación entre los dos hasta dejarla en la temperatura actual, varios grados bajo cero. El hecho de que para la gente haya sido más atractivo como espectáculo el de la relación entre vicepresidente y presidente bajo la óptica de si el segundo cae y el primero toma su puesto, ha ocultado una realidad mucho más cierta: hay dos corrientes irreconciliables en el liberalismo, lideradas por Samper y por De la Calle. Y esa división es tan honda que podría llegar a romper al liberalismo para las próximas elecciones. La clave, a mi juicio, para saber si el liberalismo se rompe es la suerte que corra la segunda vuelta electoral. Si el Congreso, de clara mayoría samperista, elimina esa etapa, es casi seguro que no hay consulta liberal, pues las alianzas tendrían que hacerse para la primera vuelta. Si esto ocurre, lo previsible es que haya una tendencia a que se agrupen todos los precandidatos liberales, a excepción de Horacio Serpa, para atajarle a este último el impulso que llevaría al samperismo a la reelección. Ahí es donde entra también la división conservadora, porque los sectores conservadores que están hoy con el gobierno respaldarían la opción de Serpa desde el comienzo. La carta del ex presidente Misael Pastrana al foro ideológico conservador de la semana pasada es apenas el abrebocas que muestra el tono en el que el debate se va a llevar a cabo bajo la carpa azul. La pregunta es si el frenesí antisamperista de los demás sectores es tan fuerte como para hacer que personas como Andrés Pastrana o Noemí Sanín se le junten a De la Calle, Carlos Lleras y Juan Manuel Santos y configuren entre todos el bloque alternativo. Es posible que resulten obligados a ello por un asunto de pura supervivencia política. No sería raro que así sucediera. Es más: si las cosas siguen como van, sería casi inevitable que se diera una situación política como la descrita arriba. De ser así, las pasadas fueron las últimas elecciones en las que se enfrentaron, a la manera clásica, un conservador y un liberal por la Presidencia. El nuevo esquema sería el de coaliciones bipartidistas en los dos bloques, en una especie de frentes nacionales antagónicos. Hay que esperar un poco más, pues el proceso 8.000, único factor que podría variar el esquema, todavía tiene fuerza suficiente como para jugarle malas pasadas a varios políticos importantes, entre ellos Horacio Serpa y el propio Ernesto Samper.
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