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Opinión

  • | 2015/03/08 07:30

    Los pecados de la Corte Constitucional

    Por su amor a la atención mediática, los magistrados perdieron el norte. Es hora de que regresen a lo esencial: interpretar la Constitución.

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El lamentable espectáculo de un magistrado de la honorable Corte Constitucional acusando a su colega de solicitar un soborno es apenas la  gota que rebosó la copa en el desajuste institucional del sueño de los constituyentes en 1991.

Ya no queda nada de la aspiración de que ésta fuera la Corte de cortes. Que sus integrantes fueran unos sabios cuya única responsabilidad fuera defender la Constitución y con ella a la República de Colombia y los derechos de sus millones de ciudadanos.

Irónicamente, las semillas de la coyuntura actual fueron sembradas en el mismo texto de la Constitución, cuando se impuso un límite de ocho años al período de los magistrados. Se pensó que replicar el modelo gringo de jueces vitalicios era improcedente y tampoco tuvo acogida la alternativa de prolongar los mandatos a 15 ó 20 años.

Así, la Corte en vez de representar el fin prestigioso de la carrera de un jurista pasó a ser apenas un eslabón más. Es difícil medir si la temporalidad de ese cargo fue uno de los catalizadores del mayor pecado cometido por los integrantes de la Corte en estos 24 años. Pero no dudo que fue un factor. Me refiero a la decisión de acudir al comunicado de prensa como el vehículo preferido para informar a la sociedad colombiana de sus fallos. Esta práctica, además, se fue acompañando con entrevistas radiales y televisivas para “explicar” la providencia.

En otros países desarrollados, los magistrados le huyen a las cámaras y hablan sólo con sus sentencias. Dejan la interpretación a otros. Es diciente, por ejemplo, que en Estados Unidos los nombres y los rostros de la Corte Suprema son casi clandestinos para la opinión pública. El anonimato es visto como un símbolo de  independencia y dignidad.

En Colombia, hace rato se perdió ese decoro. No es gratuito que tres ex magistrados salieran del tribunal a buscar la gloria en la política.

Esta fascinación de la Corte por los medios degeneró en otros dos pecados: la filtración de las ponencias a los medios y la divulgación del comunicado sin haber escrito aún el fallo. El primer pecado, por el cual nunca aceptarán su culpa, contamina los procesos. El segundo, en el cual su responsabilidad es innegable, es incluso más dañino para la confianza y credibilidad de la institución. El comunicado genera un hecho político, mas no el jurídico, ya que sólo conociendo el texto de la sentencia las personas afectadas por la decisión pueden actuar. Y la demora en redactar las providencias, que  en algunos casos supera un año, también despierta suspicacias sobre si el producto final fue influenciado por las reacciones que produjo el comunicado inicial.

Algunos dirán que ha sido precisamente esa transparencia mediática la que convirtió a la Corte en una de las instituciones más respetadas en el país y en el exterior. Que esa tradición de adoptar decisiones a espaldas de la opinión pública es del siglo pasado. Pero esa no es su labor. Su función, para lo que le pagan a los magistrados, es defender la Constitución. Nada más. Los titulares no deberían importar.

Tampoco es recomendable que sus despachos sean frecuentados por abogados demandantes como parece haber pasado con el señor Palacio detonante del escándalo actual. Esto no ocurriría si  los magistrados no hubieran cometido, tal vez, un pecado capital: olvidar su esencia. Es incomprensible que el tribunal constitucional de los colombianos dedique horas y días a resolver un caso como el de Fidupetrol. Por dedicarse a asuntos insignificantes para el futuro de la Nación, terminar en lo que terminaron.

Tal vez en lugar de preocuparse de tantos temas de particulares, la Corte podría aprender de su similar estadounidense que para el período 2014-2015 sólo examinará 69 casos, en un país de 300 millones de habitantes. Honorables señores de la Corte Constitucional, humildad para arrepentirse y retomar el rumbo y foco para no olvidar su esencia.

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