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Opinión

  • | 2017/03/09 10:03

    Periodistas de la guerra

    El desmadre en la información se produce cuando el periodista le pone tarifa a la divulgación de una noticia o, por el contrario, pide prebendas para no hacerla pública.

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El título no alude a los “corresponsales de guerra”, aquellos periodistas que llevan a cabo la valiente cobertura de los conflictos bélicos en cualquier parte del planeta, sino a los que, en buen “costeñol”, llamaríamos “carboneros”. El término equivale a la expresión “echarle más leña al fuego”, o “más gasolina a la candela”. Una sentencia bíblica afirma que “en la viña del Señor hay de todo”. En el periodismo también. En este negocio de la información encontramos periodistas serios y periodistas muy serios. Los hay “lentejos” y los que reciben amenazas por no aceptar sobornos en forma de contratos publicitarios. Hay de los que piden abiertamente prebendas para favorecer con la información a los dueños del poder y los que son perseguidos y asesinados por denunciar irregularidades en los contratos administrativos y no dejarse sobornar.

Según el Centro de Memoria Histórica, entre 1977 y el 2015 fueron asesinados en Colombia 153 periodistas. El mismo informe nos dice que entre 1986 y el 2004 el país ocupó el deshonroso primer lugar en la nefasta lista mundial de asesinatos contra comunicadores de medios, al lado de países como Afganistán, Rusia, Irak, Sierra Leona y la antigua Yugoeslavia. En este horroroso panorama, por supuesto, no se incluyó a los que huyeron de sus ciudades, regiones e incluso del país para proteger sus vidas y las de sus familiares, ni mucho menos a los que están al servicio de algún poder político o económico.

Para algunos analistas de medios, el asunto puede ser estrictamente económico; para otros, es sólo ético. En realidad, la venta de un servicio involucra invariablemente una contraprestación. Los casos de corrupción periodística en Colombia han ido siempre de la mano de los casos de corrupción administrativa y política. No olvidemos que las empresas de comunicación buscan, más allá de la misión informativa, un lucro, pues detrás de los grandes medios están las grandes empresas económicas. Para Gonzalo Guillén, la gran mayoría de los periodistas involucrados en escándalos de corrupción están "especializados en el cubrimiento de noticias judiciales, el área en la que hoy se debaten en Colombia casi todas las actividades de la vida nacional: desde la política, la justicia y las artes plásticas, hasta la banca, la minería, la medicina, la música, la arquitectura, la aviación, el comercio exterior y la prostitución, pasando por la educación, la investigación científica, la pedofilia y, por supuesto, el periodismo”.

Hay que recordar que la venta de un servicio no es mala en sí misma, pues se inserta en el juego que alimenta la economía. Oferta y demanda son las caras de una misma moneda y la base que sostiene el capitalismo. El desmadre se produce cuando el periodista le pone tarifa a la divulgación de una noticia o, por el contrario, pide prebendas para no hacerla pública. Por eso, resulta sumamente sospechoso que algunos periodistas de medios nacionales sean dueños de abultadas cuentas bancarias en reconocidos paraísos fiscales. El asunto resulta sospechoso porque el periodismo en general no es una profesión que pueda hacer rico a alguien. La corrupción, como lo aseguró Guillén, no sólo está comiéndose por dentro al país y sus instituciones, sino también al periodismo, dejando un feo cascarón en su lugar. El recordado escándalo de Panamá papers permitió ver apenas la punta del gigantesco iceberg, y la noticia alcanzó el espacio que se suele dar a las rectificaciones: un minúsculo recuadro en la parte baja de la última página del periódico. La generalidad fue un escueto registro de 900 colombianos, sin nombres, involucrados en esa ola de evasión de impuestos donde lo relevante, según Noticias RCN, lo constituyó la aparición del cuñado de Gustavo Petro en el oscuro listado, a pesar de que el exalcalde no tuviera nada que ver con los negocios de su pariente, pero omitió los nombres de Darío Arismendi y de un grupo de periodistas cercanos.

Lo anterior deja clara la evidencia de una prensa que se dejó contaminar, una prensa fácil que, en vez de denunciar los hechos de corrupción, recibió por debajo de la mesa, o por encima de esta, los favores de los políticos, empresarios y negociantes inescrupulosos. Tanto es así que una nota publicada en El Tiempo afirma que en el Concejo de Bogotá este tipo de prebendas no se otorgan por iniciativa de los concejales sino por la presión que ejercen muchos de los periodistas que cubren las sesiones de esa corporación.
El asunto se hace mucho más complejo cuando nos enteramos de que estos señores son los mismos que, desde sus distintas tribunas de opinión en diarios y revistas del país, e incluso en sus programas de televisión, “carbonearon”, o atizaron el fuego, contra el proceso de paz con las FARC, intentando que todo acabara antes de empezar. Son los mismos que promovieron la salida de Petro de la Alcaldía de Bogotá y seguramente serán los mismos que acompañen al uribismo en la próxima recolección de firmas para echar atrás lo acordado en La Habana.

Twitter: @joaquinroblesza
Email:robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.

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