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Opinión

  • | 2016/11/11 20:00

    Los pobres blancos de Trump

    El candidato republicano les ofreció la esperanza que han anhelado por décadas.

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Mi esposa tenía la razón. En noviembre de 2015 me dijo sin tapujos: “Donald Trump va ser el próximo presidente de Estados Unidos”. No le hice caso. Aún no se había votado en primaria alguna y todos los medios y expertos pronosticaban el inminente descalabro del magnate de finca raíz. Lo miraban con desprecio y minimizaban sus posibilidades. Esta semana le pregunté a mi señora por qué estaba tan segura de su predicción. “Por lo que vimos en Pensilvania”, me contestó. El mismo estado que fue definitivo para la victoria de Trump en el colegio electoral.

Hace unos años atravesamos en carro Pensilvania de extremo a extremo. Allí conocimos a los “americanos reales”, como los describió la entonces candidata a la vicepresidencia Sarah Palin en 2008. Son lo que en Colombia llamaríamos la clase trabajadora, pero que en Estados Unidos son rotulados despectivamente como “rednecks” (cuellos rojos) o “white trash” (basura blanca). Viven en una región que desde finales del siglo diecinueve - primero como productora de petróleo y luego de carbón y acero, hasta los años 80- fue uno de los motores de la economía estadounidense.

Con el tiempo se agotaron las reservas, llegó la globalización y los avances tecnológicos dejaron por fuera a la industria del acero y las regulaciones ambientales debilitaron a los mineros. Queda muy poco de esa prosperidad en Pensilvania. Son pueblos melancólicos, con casas, de esas de cercas blancas que uno ve en las películas sobre la década de los 50, pero sin los niños alegres jugando en las calles. El abandono es evidente.

Me acordé recientemente lo que me dijo un hombre de aproximadamente 30 años con quien me topé en un desayunadero durante nuestro viaje. Me preguntó de dónde era. Le contesté: “Colombia”. “Que bien -me respondió-. Me encantaría conocer el mundo. Pero yo nunca saldré de aquí”.

Su desesperanza no es única. Una encuesta encontró que mientras los hispanos y afroamericanos creen que sus hijos tendrán más y mejores oportunidades que ellos, los blancos trabajadores opinan lo contrario. No es una situación nueva. El cantante Billy Joel la describió perfectamente en 1982: “Esperamos aquí en Allentown, por la Pensilvania que nunca encontramos, por las promesas que nos dieron nuestros profesores, si trabajábamos duro… Es duro desalentar a un hombre bueno, pero hoy no me voy a levantar”.

La pobreza de los blancos en Pensilvania es desgarradora. Es diferente a la nuestra, no es miseria económica sino penuria del espíritu. El sueño americano es historia patria. En un muy reciente y extraordinario reportaje en The New Yorker, el periodista George Packer explica cómo esta población se convirtió en una minoría sin “cimientos: desorganizada, desatendida, sin voceros. Son americanos que se hunden en solitario”. Hasta que apareció Donald Trump, un hombre que habla su lenguaje. Que transmite, sin pena de ofender, sus angustias.

Bernie Sanders, quien compitió contra Hillary Clinton, entendió este fenómeno pero no pudo convencer a su partido demócrata de que la pobreza no sólo azotaba a los afroamericanos ni a los pueblos del tercer mundo sino también a los blancos. Para Clinton, la mitad de los seguidores de Trump eran “deplorables”, según comentó en un evento privado con donantes de su campaña.

La victoria de Trump desnudó la existencia de dos Estados Unidos: uno de élite que habita en las dos costas y en las grandes ciudades y otro rural como el que conocí en Pensilvania. El primero quiere imponer sus valores -ambientalismo, globalización, matrimonio gay-; el segundo, avanzar económicamente sin perder sus tradiciones. Packer cita a una viuda de 70 años quien se queja: “yo quiero comer lo que quiero comer y que ellos (le élite) me digan que no pueda comer papas a la francesa o coca cola, ¡ni pensarlo! Quieren decirme lo que debo pensar. He pensado por mí misma toda mi vida”.

Dicen que el miedo le ganó a la esperanza en las elecciones de Estados Unidos. Es al revés: Trump ganó porque ofreció esperanza a un grupo olvidado.

En Twitter Fonzi65

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