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Opinión

  • | 1992/03/02 00:00

    LOS POBRES INVISIBLES

    No ha sido derrotada la "pobreza absoluta" de los tiempos de Virgilio Barco: es que no se la menciona

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SE HA DADO CUENTA DE QUE YA NO HAY pobres?- observaba un sagaz periodista en el momento del coñac. Y miraba uno en torno y, efectivamente, no se veía ninguno.
Comensales normales de un restaurante normal de Bogotá, ante sus huevos cocotte con langostinos del Pacífico o su lomito tres cuartos a la salsa bernesa. Se oían fragmentos de conversaciones en las que no figuraba ningún pobre; "Ocho millones la fanegada con agua"; " en obra negra, 120 millones de entrada"; "con la comisión que se gana por fuera en dólares, el tipo queda hecho". A la puerta, discretamente armados en torno a los Trooper blindados, unos cuantos guardaespaldas. Todo normal. Pero pobres no.
Ni siquiera los niños habituales que cobraban vacuna por no robarse los limpiavidrios de los carros.
Pero que no se vean pobres en los restaurantes del norte de Bogotá, que ni siquiera figuren en las alegres estadísticas del Ministro de Hacienda, que ya no salgan ni en foto en los periódicos cuando los arrastran las inundaciones en Tumaco o los masacran los sicarios en Córdoba, no quiere decir que no haya pobres en Colombia, sino simplemente que ya no se habla de ellos. No ha sido derrotada la "pobreza absoluta" de los tiempos de Virgilio Barco: es que no se la menciona. No han desaparecido las "condiciones objetivas de la subversión" de los tiempos de Belisario: es que ya no interesan. Pero la una y la otra siguen intactas, y son una misma cosa. Y, lejos de atenuarse siquiera con el neo-liberalismo entusiasta del actual Gobierno, se han agravado. Hay más pobres que nunca: en Medellín, bajo las ruinas sin estrenar del metro faraónico, donde se refugian los vendedores del rebusque ambulante; en los Llanos, sobre los recién descubiertos yacimientos de petróleo que atraen a los millares de nuevos desempleados de la apertura industrial; en Montería, donde se hacinan los desarraigados de la violencia agraria. Y también hay más ricos, claro está: los unos de la corrupción, los otros de la ilegalidad, los otros de la apertura: los restaurantes están llenos, y ni miran en la carta los precios (aunque hay que ver que precios).
Lo mismo pasa en todas partes. Es la secuela del neo-liberalismo económico triunfante, tanto en el Chile de Patrició Aylwin como en la Rusia de Boris Yeltsin. El Londres de John Major está volviendo a parecerse al que describió Dickens, con niños descalzos en las esquinas y financistas avaros en los palacetes, y el Washington de George Bush es un blockhaus de mármol sitiado por los negros sin techo y sin empleo, como en los días del asesinato de Lincoln. Es que, como lo comentaba un capitalista ilustrado a Jorge Restrepo en El Tiempo, "ahora sí se vino el capitalismo de verdad ".
En el capitalismo de verdad, finalmente imperante en todo el mundo, se crea mayor riqueza, pero la riqueza se concentra más: y en consecuencia se multiplican los pobres. Porque ya el egoísmo del fuerte que constituye el motor esencial de la acumulación capitalista, a la vez su principal virtud económica y su principal crimen social, no está dulcificado por el miedo de los capitalistas al estallido de la Revolución. Ya no hay Revolución: de ella no quedan ni sus promesas ni sus vicios: ni los sindicatos ni los campos de concentración.
Estamos de vuelta en 1847, cuando Marx no había publicado todavía su famoso "Manifiesto"; y es un 1847 en el que, por añadidura, Marx está muerto, y el capitalismo puede desplegarse en toda su pureza y su dureza, sin atenuantes morales que enturbien su racionalidad económica.
Por eso ya no hay pobres: es decir, nadie habla de ellos. Para el capitalismo de verdad, los pobres son un estorbo, como el bagazo de la caña molida y exprimida de miel. Reciclarlos -salvo en las funciones, necesarias pero forzosamente minoritarias, de soldados, camareros y guardaespaldas- resulta demasiado costoso. Son desechables, y por eso se pueden matar en las esquinas. Así no es necesario ni siquiéra verlos.
Pero los pobres, comprensiblemente, se defienden: se niegan a desaparecer sin algún pataleo, simplemente porque su existencia sea superflua para el capitalismo. De ahí viene buena parte de la nueva violencia que ha venido a sustituir en Colombia, aumentándola, a la vieja violencia "institucional" de las guerrillas revolucionarias que se han desmovilizado en los últimos años. Ya no hay Revolución. Pero tampoco existe otra esperanza. Y por eso la violencia no disminuye, sino que simplemente adopta nuevos nombres. El M-19, el EPL, el PRT, ya no intentan organizar con objetivos políticos a los desesperados de la miseria urbana. Pero en cambio ellos mismos empiezan a generar espontáneamente núcleos armados, como esas bandas de las comunas orientales de Medellín que no pudiendo ya llamarse, por sustracción de materia, "revolucionarias", se llaman a sí mismas "milicias anti-inflacionarias". Esos son los pobres que no queremos ver.
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