Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2000/08/21 00:00

    Los ricos también lloramos

    El secuestro, el exilio forzoso, la inseguridad cotidiana.

COMPARTIR

El secuestro, el exilio forzoso, la inseguridad cotidiana. Son muchos y muy reales los padecimientos de los ricos colombianos. También lo son los de los pobres: el exterminio, el desplazamiento forzoso, la inseguridad cotidiana. Son peores los de los pobres. No sólo porque la pobreza lo empeora todo (la mala salud, la mala educación, el mal trabajo, la mala vida), sino sobre todo porque los padecimientos de los ricos son culpa de los ricos, y en cambio los de los pobres no son culpa de ellos mismos. También los padecimientos de los pobres son culpa de los ricos. Por “ricos” entiendo aquí, simplificando, claro, esa minoría de colombianos (digamos medio millón de personas, contando a los niños) que maneja el país, lo usa y abusa de él: los dueños y los administradores de Colombia. “Pobres” estoy llamando a todos los demás. Aritméticamente, por supuesto, y social y económicamente, yo mismo me cuento del lado minoritario y privilegiado de los ricos: si no, ni escribiría en esta revista, ni me dejarían escribir en ninguna parte, ni sabría escribir. Pero esa pertenencia de clase no me impide ver que son, que somos, los ricos los que causamos los padecimientos de los pobres; y que los que sufrimos nosotros mismos —el secuestro, el exilio, la inseguridad— son consecuencia directa de la reacción natural de los pobres ante los padecimientos que les infligimos los ricos. Creo que sólo cuando todos los ricos entiendan esto podrán empezar a mejorar en Colombia las condiciones de vida, tanto de los ricos como de los pobres. Por eso me esfuerzo por explicárselo a mis lectores, que en su inmensa mayoría son ricos. Los pobres no tienen con qué comprar esta revista para ricos, así que no leen la explicación. Ni necesitan leerla: la conocen en carne propia.

Llamo “reacción natural” de los pobres contra los ricos a lo que los portavoces de los ricos, en la prensa o la política, han solido tergiversar llamándolo “el embeleco de la lucha de clases”. O sea, la defensa propia de los pobres: contra los ricos que los explotan, los oprimen, o simplemente los suprimen cuando les resultan innecesarios; y contra el Estado (palabra excesiva: el aparato de gobierno) que los ricos tienen a su servicio para mantener a raya a los pobres, o, directamente, para perjudicarlos, ya sea por provecho económico o por simple placer.

Esa defensa propia de los pobres se puede manifestar de manera individual y cruda: el desechable hambreado y drogadicto que rompe a varillazos el parabrisas de un carro en un semáforo para arrancarle un collarcito de perlas a una señora bien. O de manera más elaborada, colectiva e indirecta: la guerrilla que secuestra a uno que parece rico para comprar con el rescate armas con las cuales defenderse del aparato de gobierno de los ricos. En ambos casos, sí, de manera ilegal. Porque así lo imponen los ricos (y su aparato), que al pobre individual le niegan el trabajo, y a los pobres en su conjunto les impiden por la fuerza toda organización política o sindical; y en los dos casos, cuando protestan, los exterminan a tiros. Dicen entonces las señoras de los ricos: “Huy, sí: esos puentes de la 26 eran muy inseguros, por los desechables, que eran muy violentos: A mi cuñada una vez…”. Sí: pero ¿acaso eran seguros esos puentes para los desechables? Y dicen los yernos de los ricos: “Ah, sí: ese Urabá antioqueño era muy inseguro, por los sindicatos bananeros, que son de la guerrilla. A mi suegro una vez…”. Sí: pero ¿era seguro Urabá para los sindicalistas? Que se lo pregunten a los desechables asesinados por la policía, o a los sindicalistas asesinados por los paramilitares.

La lucha armada, individual o colectiva, es el único recurso de defensa propia que en Colombia les hemos dejado los ricos a los pobres: el único en el que no son sólo ellos, sino también nosotros, los que ponen víctimas. La violencia empezó de nuestro lado, desde la Conquista de hace 500 años, y no ha cesado desde entonces (ni la ha alterado el hecho de que en el intervalo haya habido pobres que se han vuelto ricos, y ricos que se han vuelto pobres: es una lucha de clases, no de personas). Y también de los horrores de violencia les hemos dado ejemplo los ricos a los pobres: desde los secuestros y los descuartizamientos de la Conquista y la Colonia hasta las “detenciones-desapariciones” que todavía hoy el actual gobierno prohíbe que sean llamadas delitos. No nos extrañemos de que esa violencia, y también sus horrores, haya dejado de ser unilateral (de arriba hacia abajo) y se haya vuelto bilateral (también de abajo hacia arriba).

Nos sorprendemos ahora, los ricos, de la nueva ofensiva militar de las Farc. ¿No dizque hablaban de paz? Sí, claro: pero si hablaban de paz era porque estaban en guerra. Si no fuera así no hubiéramos empezado a hablar con ellos.

Todo esto es elemental. Pero los ricos parecemos empeñados en no saberlo.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1850

PORTADA

El hombre de las tulas

SEMANA revela la historia del misterioso personaje que movía la plata en efectivo para pagar sobornos, en el peor escándalo de la Justicia en Colombia.