Viernes, 20 de enero de 2017

| 2006/07/22 00:00

Los ricos también lloran (en otra parte)

La filantropía en Estados Unidos está grabada en su cultura política y en el imaginario de los hombres de negocios. En Colombia, los nuestros, ni siquiera pagan impuestos.

Los ricos también lloran (en otra parte)

No se había repuesto el mundo de la noticia de que Bill Gates dejaría en pocos años su empresa Microsoft para dedicarse por completo a la fundación que él y su esposa crearon, cuando conocimos el anuncio del multimillonario Warren Buffett de entregar el 85% de su fortuna para causas benéficas.

Ni Buffett ni Gates se han caracterizado precisamente por ser unos excéntricos bichos raros del mundo de los negocios, sino que representan exactamente todo lo contrario: el capitalismo yankee de ricos y poderosos, acumuladores de fortunas, ambiciosos y expansivos. Al menos eso era lo que todos creíamos cuando nos hablaban del primero y segundo hombre más ricos del mundo. Viejos paradigmas que alimentan la fantasía de muchos anti-capitalistas que sostienen que todos los ricos son inhumanos, salvajes en la consecución de sus propósitos y ruines en el trato con el proletariado.

Y no niego que en el mundo contemporáneo hay muchos ejemplos de esta clase de explotación. Hace unos años fue producido un documental llamado ‘La Corporación’ (The Corporation), dirigido por Mark Achbar y Jennifer Abbot, que en tres capítulos de una hora se internaba en el mundo empresarial norteamericano para mostrar cómo ciertas compañías modernas irrespetaban todas las normas medioambientales, abusaban de las jornadas de los empleados y sacaban provecho de los países subdesarrollados para elaborar sus productos pagando por la mano de obra precios ridículos y beneficiándose del resto de las ganancias.

En efecto, varias denuncias en este sentido han recaído sobre íconos empresariales modernos de la talla de ‘The Coca-Cola Company’, ‘Shell’ o ‘Nike’, pero lo cierto es que, de un tiempo para acá, la preocupación por la responsabilidad social, efectiva y generosa, ha venido en aumento entre los empresarios más influyentes del mundo.

Lo curioso de toda esta historia es que mientras en el resto del planeta se asombran con el caso Buffett, los norteamericanos entienden la donación como una más –por supuesto importante y grandísima– dentro de un sistema de filantropía gringa que hace parte de su propia cultura desde tiempos inmemoriales.

No digo que suceda con todos, pero hay una muestra significativa de multimillonarios estadounidenses que han hecho cosas similares a lo largo de la historia. Andrew Carnegi (aunque escocés, pero vivió toda la vida en Estados Unidos), antes de morir, en 1919, había donado, en dólares de hoy, más de 3.000 millones, y John D. Rockefeller, en 1937 había entregado 6.200 millones en dólares actuales para instituciones como la Universidad de Chicago, lo mismo que George Soros, donante de más de 2.000 millones de dólares invertidos en distintas causas de carácter social.

Es como si desde pequeños soñaran con ser ricos, amasaran sus fortunas, hicieran y deshicieran con el poder que alcanzaron, para luego entregar todo aquello que lograron atesorar, no a sus hijos ni a sus nietos, sino al miserable mundo que no tuvo lo que ellos.
La mayoría de las investigaciones científicas –las más importantes y útiles– ha sido financiada con herencias o contribuciones de ciudadanos adinerados que ponen sus fortunas al servicio de estos fines. Así mismo, los programas de becas de las universidades estadounidenses se sostienen con recursos cuyo origen está en la caridad o la filantropía de acaudalados magnates.

Hasta los ex Presidentes en Estados Unidos aspiran terminar sus períodos, no para seguir inmiscuidos en los tejemanejes de la política, sino para crear fundaciones que lleven sus nombres y que apoyen causas sociales en el África o en los países de América Latina.

Rara costumbre que por desgracia no se repite entre nuestros ‘ex’, como tampoco se repite entre los hombres de fortuna colombianos la idea, que sí parecen tener los norteamericanos, de acumular para retribuir.

No existe en Colombia un antecedente, ni lejano ni cercano, de donaciones parecidas a las de Buffett o Rockefeller. De hecho, ni siquiera hay personas en las altas esferas de poder de las compañías nacionales que no sean familiares del accionista mayoritario, cuando en las empresas gringas los segundos a bordo suelen ser ejecutivos que por sus méritos han logrado ganarse la confianza de los dueños.

Esos son nuestros contrastes. Mientras en Estados Unidos Buffett dona 37.000 millones de dólares de su fortuna, en Colombia es admitida por el Tribunal de Cundinamarca una acción popular instaurada por el abogado Francisco Vergara, que busca demostrar cómo el empresario Julio Mario Santo Domingo evadió 1.200 millones de dólares de impuestos por la venta (fusión, como le dicen ellos) de Bavaria; una suma con la que el gobierno se ahorraría esta y la próxima reforma tributaria.

La filantropía en los Estados Unidos está grabada en su cultura política y en el imaginario de los hombres de negocios. En Colombia, los nuestros, ni siquiera pagan impuestos.

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