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Opinión

  • | 1994/11/28 00:00

    LOS ROBOS DE ANTES

    Las autoridades declararon sospechoso a todo aquel que tuviera billetes de dos, cinco o 10.000 pesos

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LA MANIA DE ROMPER CON TODAS las tradiciones ha contaminado sectores tan variados, que ha llegado incluso a afectar hasta los asaltos bancarios. Todo lo que ha rodeado el robo del siglo al Banco de la República en Valledupar lo demuestra, tanto por parte de quienes cometieron el robo como por aquellos encargados de descubrir a los ladrones.

Lo único en lo que seguimos igualitos es en la manía de llamar robo del siglo a todo aquel que supera en monto o en espectacularidad al anterior, a pesar de que los hechos van demostrando que en este país, aunque falte poco para que se acabe el siglo, siempre será mucho más lo que falta por ver que lo que se ha visto.

Cuando estabamos chiquitos los ladrones solían robar por las noches en las joyerías o los almacenes utilizando el llamado sistema de ventosa, lamentablemente desaparecido de la jerga delictiva nacional. Consistía en que los ladrones abrían un hueco en una marquesina o un tejado, y mediante un lazo se descolgaban hasta el interior del lugar. Subían luego el botín en bolsas hasta el techo, para luego desaparecer de la misma forma en que entraban o, en no pocos casos, por la puerta principal.

Eso ya se acabó. Seguramente la mejoría en la calidad de las construcciones o el aumento de la codicia por parte de los cacos hizo que ese mecanismo artesanal desapareciera, para ser reemplazado por otros mucho más sofisticados. El robo de las armas del Cantón Norte por el M-19, a través de un túnel y en las narices de las Fuerzas Militares fue tal vez el primer caso en que los ladrones no solo salieron con un tremendo botín sino que, de paso, le lanzaron un escupitajo al Estado en plena cara. Después vendrían otros.

Un robo en Cartagena del que tengo una vaga memoria, el de los topos de Pasto al Banco de la República, los del banco prendario del Banco Popular, el de los 13 y medio millones de dólares del escándalo Chase Manhattan-Soto Prieto y el de la Caja Agraria de Bogotá, fueron todos ejemplos de audacia, malicia, éxito y, también, insulto a la majestad del Estado.

Pero este último de Valledupar, el quinto o sexto robo del siglo de las últimas decadas, tiene todos los ingredientes anteriores y muchos más. Porque aquí no solo se superaron todas las marcas en audacia, botín y afrenta al Estado, sino que se rompieron todas las normas clásicas de este tipo de asaltos.

Para empezar, y a juzgar por el rumbo de las investigaciones, los ladrones son los policías, contraviniendo de plano la clásica ecuación de ladrones y policías. A la hora de escribir estas líneas hay cuatro oficiales de la Policía detenidos, se habla ya de la complicidad de los vigilantes, y se espera que en breve caigan otros personajes del bando de los buenos.

Pero como si lo anterior fuera poco, también se está acabando con la tradición de que, una vez cometido el delito, se iniciaba la persecución de los ladrones por un equipo de detectives, secretos y suspicaces, que buscaban cautelosamente las pistas con mayor o menor éxito, según el caso. Ahora no.

Esta vez las autoridades hicieron un concienzudo análisis de las circunstancias en que sucedió el hecho, y después de enterarse de la forma física del cuerpo del delito, declararon sospechoso a todo aquel que tuviera billetes de dos, cinco o 10.000 pesos.

El país es pobre, es verdad. Pero gente con billetes de esos hay tantos, que resultaron insuficientes la Policía, el DAS, la Dijín y el Ejército para controlar a tanto sospechoso, y hubo que pedirles ayuda a los cajeros de los bancos, a los encargados de los mostradores del comercio y a los mayoristas de Corabastos. El espectáculo no pudo ser más lamentable. En pleno capitalismo se determinó que había que hacerle mala cara a los billetes, y el resultado de la operación fue que se provocó una histeria colectiva alrededor de la plata. Hay divergencia de opiniones acerca de lo que esta actitud significó para el comercio, pero hay quienes sostienen que se pudo haber perdido más plata con la medida que la que se robaron los bandidos.

Uno no puede pedirles a los ladrones que no sigan robando. Sería una falta de seriedad. Lo que si se les ruega a las autoridades es que cuando estos casos se presenten, se comporten de acuerdo con la tradición. Como en los robos de antes.
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